Herbert y los obsequios del Diablo VIII

VIII

Caminata nocturna

Llegó a casa, rendido. No cenó, no se duchó, ni siquiera cambió de vestimenta. Se dejó caer sobre la cama, con el uniforme puesto, incluso los zapatos y entregó todo su ser al sueño.

Experimentaba los goces que otorgaba una buena decisión, tomada con firmeza, sin dar espacio al arrepentimiento. Fue difícil, pero al fin; Herbert había renunciado a su empleo.

La despedida le causó pesar. Se había hecho muy amigo de la mujer encargada de la boletería. Cherry; una viuda de 45 años, madre de dos hijas, con un extraño y alegre sentido del humor, como si se esforzara en mostrarse contenta siempre, a pesar de que todo estuviera cayéndose a pedazos.

Cherry lo sacaba de quicio en ocasiones. Su hija mayor se había casado hace un año y la menor se encontraba en edad prudente para comprometerse. Insistía en que Herbert se casara con la muchacha y formaran una hermosa familia. Sin embargo, contraer matrimonio no formaba parte de sus planes, tampoco lo había pensado. Ni siquiera la conocía.

A pesar de todo; Cherry era una de las personas más gentiles que había conocido y despedirse de una amiga nunca es grato. Prometió que la visitaría cada semana y ella le apretó las manos con cariño, como lo haría una madre.

Dicha situación agregó algo de peso a la jornada, una molestia emocional que lo agotaba más rápido de lo normal. Herbert se encargó de no pensar en ello más de lo necesario y ocuparse en resaltar para sí mismo el gran paso que había dado al renunciar a la estación de trenes.

Ahora se encontraba dormido como un tronco. Los mosquitos se alimentaban con su sangre y él no sentía los piquetes. Una rata exploraba la habitación en busca de cualquier migaja que calmara su apetito. La vieja lámpara quedó sin aceite, la llama que iluminaba el lugar se extinguió. Dos hombres lo veían dormir allí mismo y él no se percataba de nada.

***

– No importa qué tan oscura sea la noche, no puedes esconderte de éste par. -dijo uno de ellos, señalando sus ojos rojizos y brillantes.

– No recuerdo haber dicho que me escondía. -respondió el otro, cuyos ojos resplandecían con tonos azules.

El primero se acercó a la ventana, corrió la cortina y la luz plateada que ofrecía la luna llena se metió a la habitación, sin pena alguna, iluminando el rostro de Herbert.

– ¿No te preocupa que vaya a despertar?

– No lo hará. Es más; creo que necesitará ayuda para hacerlo en la mañana.

El de la ventana sacó una nuez de su bolsillo y la arrojó con ligereza, aterrizando ésta sobre la nariz de Herbert quien ni siquiera se movió.

La rata, con el atrevimiento propio de un roedor, trepó a la cama y comenzó a olfatear las piernas al durmiente.

– Ese animal podría morderlo y transmitirle la peste.

– ¿Y eso qué? El muchacho es inmortal.

Elí y Luzbel conversaban a la par que observaban atentos a la rata caminando sobre Herbert. El animal vio con alegría a la nuez y corrió tan descuidadamente sobre el muchacho que éste pareció sentirlo. Giró a un costado y la rata, del susto, se lanzó al piso.

Elí se puso de pie, recogió la nuez y la dejó en el suelo. El roedor se acercó, temeroso, a inspeccionarla. Luzbel, impaciente como siempre, se agachó y susurró al animal:

Sigue perdiendo el tiempo y se convertirá en un árbol cuyas raíces harán un hoyo en tu enorme barriga.

La rata, capaz de comprenderlo al parecer, tomó la nuez ante los encendidos ojos de Luzbel y desapareció en la oscuridad.

– Y bien, -dijo Luzbel, poniéndose de pie- ¿qué haces aquí?

– Esperándote. -respondió Elí, con una sonrisa- Ahora me toca a mí preguntar; ¿qué haces tú aquí?

– Quiero darle algunos detalles sobre la vasija al muchacho. Ya sabes cómo soy, no me gusta que se desperdicien los talentos de mis creaciones…

– Dijiste que no habría trucos.

– ¡Y no los habrá!

– Por eso estoy aquí. -repuso Elí, levantándose- Quiero asegurarme. ¿Qué tienes planeado?

Luzbel tomó asiento en la cama, a centímetros de los pies de Herbert y permaneció observando las suelas de sus zapatos llenas de polvo y sonrió.

– Daremos una caminata nocturna.

– ¿Vas a despertarlo? -preguntó Elí, señalando a Herbert con los ojos.

– No lo necesitamos despierto. ¿Recuerdas lo que hicimos con el padre Fleng? Salió bien con ese hombre enemigo de la decencia, pero con Herbert saldrá mejor.

– Tienes razón. La muerte no será problema, pero ¿cómo evitarás que despierte a mitad de camino?

– Cruzaremos la puerta.

– Es arriesgado, pero qué más da.

Elí se acercó a Herbert. Intentó ponerle una mano en la cabeza, pero Luzbel lo detuvo.

– Ambos sabemos que vas a cambiar de apariencia apenas entres allí. Como buen hermano que soy te sugiero que tomes el rostro más interesante que se te venga a la mente.

– No era necesario, pero agradezco la sugerencia.

Luzbel sonrió, satisfecho. Sabía que Elí tomaría la apariencia de la persona que él quería. Ambos pusieron la mano sobre la cabeza de Herbert y desaparecieron al instante.

***

Herbert seguía a un gato horroroso a lo largo de un pasillo húmedo con puertas a los lados. Tenía el pelaje gris, sucio y enmarañado. La vejez hacía que se le cayera un mechón con cada paso. Rasguñaba el piso de madera con sus garras amarillentas al descubierto y daba una mirada de odio a todo lo que tenía cerca, con sus ojos verde olivo, casi tan grandes como manzanas.

El gato desapareció de pronto. El pasillo había llegado a su fin, dejando al descubierto una escalera cubierta por una alfombra vieja, con dibujos extraños que no comprendía, en tonos dorados y violetas. Herbert bajó las escaleras con cuidado, topándose con el gato monstruoso escalones más adelante.

El animal le inspiraba temor. Destilaba un aroma fétido que le provocaba ardor en las fosas nasales; pero lo tomó en brazos de todos modos. El gato no se negó a ser levantado, permaneció quieto, ni siquiera respiraba.

De repente; la pesadilla movió sus hilos y el felino comenzó a desmembrarse en los brazos temblorosos de Herbert. Primero la cola, después las patas traseras y continuó con las orejas. De súbito; lo arrojó al piso. Intentó gritar, pero el único sonido que salió de su garganta fue algo parecido a lo que se oye al golpear dos objetos de metal.

– ¡Qué horrible gato tienes ahí! -exclamó una voz que él ya conocía.

El extraño de pies descalzos, mejor conocido por Herbert como Satanás, se encontraba allí mismo, sacando nueces de su bolsillo.

– ¡Buenas noches, Herbert! Ha pasado tiempo, ¿no lo crees? -saludó Luzbel, agitando un brazo en el aire.

Herbert permaneció quieto. No parpadeaba; tenía la vista clavada en el recién llegado, quien iba acercándose a él paso a paso.

– ¡Vamos, muchacho! No te asustes. Puedo ser un sujeto agradable. ¡Te lo demostré años atrás!

Luzbel no obtuvo respuesta. Herbert seguía paralizado, por lo que no se le ocurrió mejor idea que arrojarle una nuez a la cabeza para que reaccionara.

Y funcionó a la perfección.

– ¡Sa… Satanás! -exclamó apenas.

– ¡El mismo! Pero mi nombre real es Luzbel. Ustedes me han puesto muchos nombres y, para serte franco, no me gustan.

El nombre verdadero pareció tranquilizarlo un poco, también el recordar que se encontraba en un sueño. Se rascó la cabeza en el sitio donde había aterrizado la nuez. Esta vez fue él quien se acercó a Luzbel, dando vueltas a su alrededor, observando cada detalle disponible a la vista.

– No tengo cola, si eso buscas. Es mejor que de los cuernos no te enteres. -rió, observando cada pedazo del gato revolcándose en la alfombra.

– ¿Qué haces aquí? -preguntó Herbert.

– Quiero que demos un paseo. -dejó de sonreír, no así de mirar al gato- Hay que salir, esa cosa está poniéndome nervioso.

– Pero ¿a dónde?

– Ya veremos en el camino.

Luzbel se dirigió a la puerta que tenía detrás y se detuvo antes de abrirla. El semblante de su rostro se endureció, tomó a Herbert por los hombros y lo puso en frente.

– Presta mucha atención a esta puerta, a cada detalle que posea. Necesitarás de ella para regresar al mundo real.

Herbert soltó una carcajada sin poder evitarlo, pero se disculpó de inmediato. Sueño o no, ofender al Diablo tenía sus riesgos y él prefería evitar cualquier malentendido.

– Estamos en el mundo de los sueños, si no me equivoco. -dijo con seriedad- Hasta ahora no he tenido problemas al momento de abrir los ojos.

– Es más amplio de lo que crees. Ésto de aquí, -señaló Luzbel con indiferencia- es como mirar una tienda desde fuera de la ventana. No sabes cómo es en realidad hasta que cruzas la puerta. Pero como ya sabes, este lugar no es una tienda y te darás cuenta cuando estemos dentro.

Herbert posó los ojos en la puerta, con la angustia rondándole.

– ¿Qué pasaría si no recuerdo cómo es la puerta? -preguntó, preocupado.

– No podrás despertar.

Aquellas tres palabras bastaron para que Herbert comprendiera todo. Era un sueño peligroso y dependía de él continuar con ello.

Ante la mirada asqueada del Diablo, Herbert tomó la cola larga e inquieta del gato. Vio con incomodidad cómo se retorcía en sus manos y se dirigió a la puerta. La ató al picaporte, como una cuerda, y éste emitía un rechinido con cada movimiento desesperado del rabo enredado.

– Si por algún motivo se me olvida cómo es, la peste y el movimiento me servirán de guía.

– Eres listo, muchacho. -rió Luzbel- Te será de ayuda, pero seguirá siendo un dolor de cabeza. Ya lo verás.

Abrió la puerta y salió. Herbert lo siguió, pero se detuvo de golpe, ya fuera de la casa siniestra, al ver lo que se mostraba frente a ellos.

Un gigantesco campo de tréboles, verdes y morados, se expandía ante sus ojos. Miles de puertas flotaban sobre sus cabezas, moviéndose lentamente en aquel cielo oscuro, negro en su totalidad. No había fuente de luz alguna, pero de igual manera era posible ver las puertas flotantes, el campo y al muchacho que se encontraba allí, agachado, acechando a lo que fuera que estuviera entre las hojas.

– ¡Corre, Herb! ¡Trae el frasco! ¡Qué bello ejemplar! -gritó el joven de repente, dando saltos de alegría.

Antes de darse cuenta; Herbert se encontraba corriendo en medio del campo, con un frasco de vidrio en las manos. Luzbel siguió sus pasos con lentitud. La puerta detrás de ellos se había cerrado y, poco después, desapareció.

El muchacho tenía las manos juntas, con un par de guantes de algodón cubriéndolas. Una rana se hallaba prisionera en aquellas manos blandas. Permanecía quieta, pero el joven estaba ansioso y apuraba a Herbert, quien corría despavorido, como si alguien peligroso lo persiguiera.

Al llegar hasta él, Herbert abrió el frasco y la rana, de aspecto extrañamente colorido, fue depositada dentro. El joven se sacó los guantes y los guardó en el bolsillo del pantalón. Secaba el sudor de su frente con un trozo de tela color café. Herbert por otro lado, enjugaba sus lágrimas con la manga de su camisa.

Ese cabello rubio, los ojos de un castaño muy claro, un pequeño lunar en medio de la barbilla, mejillas coloradas por el calor. Herbert lo conocía. Frederick era tan querido por él como un hermano. La muerte se lo había llevado en medio de un trágico accidente hace años.

Y ahora lo tenía allí mismo, alegre y vivaz como en los viejos tiempos.

– ¿Qué pasa, Herb? La rana está viva, no tienes por qué llorar. -dijo Frederick, golpeando el frasco con el índice, incitando al anfibio a moverse para dar peso a sus palabras.

– La rana no, pero tú sí. -respondió Herbert con tristeza.

– ¿Y eso qué? Al menos no me veo cinco años más viejo.

Frederick soltó una carcajada. A Herbert lo asaltaba la nostalgia con cada cosa que hacía el aparecido; una sonrisa, un parpadeo, los guantes en su bolsillo, la cacería de ranas.

El joven Garamond fue siempre muy apuesto, pero su hobbie no lo ayudaba a ser el muchacho más popular de la ciudad. Sentía una extraña fascinación por las ranas, las estudiaba; cosa que a la mayoría de las personas causaba pavor y repugnancia. Es más; lo último que había hecho antes de morir fue buscar ranas en la vieja cantera.

– Esto es mejor que mirar por la ventana, ¿no lo creen?

Luzbel sonreía de oreja a oreja, pero al observar que Herbert tenía zapatos, cambió su sonrisa por una mueca de incomodidad.

– ¿Por qué sigues teniendo eso cubriéndote los pies? -señaló con disgusto- ¿Es que te da miedo sentirte vivo?

Herbert se sacó los zapatos con rapidez. Ya descalzo, sintió con deleite las hojas humedecidas de los tréboles, la frescura del suelo y la blanda arena entre sus dedos. Dio unos pasos más hacia adelante y una roca puntiaguda le hirió el pie izquierdo.

– ¿Verdad que se siente bien?

– ¡Pero si acabo de hacerme un agujero en el pie! -gritó Herbert, adolorido, tapándose la herida con la mano.

– Nada mejor que el dolor para recordarte que estás vivo y que formas parte de una de las tantas realidades que existen.

Al verlo saltando en un pie; Frederick se le acercó. Hizo que tomará asiento sobre las hojas y con un suave roce de su mano sobre la herida, ésta sanó por completo.

– El Frederick que conocí sentía cierta fobia por la sangre humana. -comentó Herbert, extrañado, a Luzbel.

– ¿Quién dijo que era Frederick? -respondió a su vez el joven acomodándose sobre las hojas.

El frasco desapareció. También la rana.

Luzbel tomó asiento al lado del muchacho. Herbert los observaba con atención; ¿cómo que no es Frederick? ¿Se están burlando de mí? pensó él, pero sus pensamientos se vieron interrumpidos de pronto:

– No exactamente. -se adelantó Luzbel- Supuse que si quería hablar contigo sin problemas, un rostro conocido y querido sería de gran ayuda. La aparición de mi hermano fue muy oportuna.

Herbert recordó entonces que también hace años, Luzbel le había leído la mente, por lo que ya no le fue extraño que lo hiciera de nuevo.

– Me llamo Elí. -se presentó con una sonrisa cálida.

– ¿Eres un demonio o algo parecido?

– De hecho; soy Dios.

La lengua se le paralizó por completo, al igual que todo su cuerpo. El miedo se apoderó de él. Recordarse a sí mismo que se trataba de un sueño no surtía efecto. Elí se le acercó de rodillas, tomó sus manos y dijo:

– No tengas miedo. No te castigaré por tener asuntos con mi hermano. Ni siquiera me molesta.

De un momento a otro; Luzbel pareció inquietarse. Sentía una especie de hormigueo muy molesto en el pecho. Lo frotaba con disimulo utilizando su pulgar izquierdo, de arriba abajo, intentando comprender el origen de aquella sensación.

Algo andaba mal, pero ¿qué? Luzbel no lo sabía y, el no saberlo, lo exasperaba. Hizo un esfuerzo tremendo para que su molestia no fuera evidente y habló, con toda la tranquilidad de la que era capaz en ese instante:

– Tu Dios no te condenará por haber tratado conmigo, así que relájate y explícame cómo es que han pasado cinco años y aún no has hecho uso de la riqueza que te obsequié. No moldeé la vasija con mis propias manos para que la escondas y se cubra de polvo.

Elí regresó a su lugar de inmediato. Con sólo escucharlo, notó que algo lo agobiaba, pero no podía preguntárselo hasta que culminara la charla y Herbert regresara al mundo real.

– Lo cierto es que no se me ocurre una manera no llamativa de usarla. -repuso Herbert, sintiéndose algo estúpido.

– Justo como pensé…

El hormigueo desapareció. En su lugar; fuertes punzadas se manifestaron por todo su cuerpo. Luzbel se llevó una mano temblorosa en el pecho; algo no está bien, algo no está bien repetía su mente preocupada y aturdida.

Revisó con impaciencia sus bolsillos y sacó un puñado de nueces que compartió con su hermano y Herbert; quien no comprendía el repentino actuar del Diablo.

Cada uno tomó una nuez, pero el único que no se lo llevó a la boca en ese instante fue Elí, quien no despegaba los ojos de su hermano.

– Vas a comprar la panadería de los Mendell. -dijo Luzbel, sin más preámbulos- Pagarás con el oro de la vasija…

– ¡Eso sería una locura! -interrumpió Herbert.

– ¡Locura sería que no utilizaras las riquezas que posees! Comprarás el establecimiento y dirás al Gobernador por qué tienes ese oro. El hombre está desesperado por venderlo a quien presente un buen proyecto para seguir recaudando impuestos de ese sitio.

– ¿¡Cómo lo…!?

– Sé muchas cosas, Herbert. No deberías sorprenderte. Además, quiero que hables de la vasija con tus padres también. Querrán saber cómo harás para comprar el negocio de los Mendell.

Al oír aquello; a Herbert se le abrieron los ojos de tal forma que estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.

– Abrirlos así no es buena idea, no en este lugar. Aquí sí se te saldrán los ojos. Puede que no sea doloroso, pero podría ser muy molesto y algo asqueroso para ti. -comentó Elí, haciendo que Herbert los cerrara y sacudiera la cabeza con impaciencia.

Incluso con las punzadas dolorosas recorriendo su cuerpo; Luzbel consiguió soltar una carcajada tras el comentario hecho por Elí.

– Por último; -prosiguió Luzbel- hay dos cosas que la vasija no puede darte y debes saber: seres vivos y todo lo que lo supere en tamaño. Así que pensar en algo más que el oro te será de utilidad en…

La frase no logró terminarse. Luzbel desapareció de pronto. Elí se puso de pie y ofreció su mano a Herbert con una expresión preocupante en el rostro.

– Hay que salir de aquí.

– Pero ¿qué fue lo que acaba de pasar? ¿A dónde se fue? -preguntó Herbert, estupefacto.

– A sus dominios. Supongo que el Infierno requiere de su presencia con urgencia.

Herbert tomó su mano y Elí lo ayudó a levantarse. Alzó la vista a las puertas flotantes y notó con nerviosismo que todas eran iguales.

Se echó a correr por todo el campo, con la mirada en las puertas, esperando ver alguna con el picaporte sacudiéndose.

– Para avanzar debes tener la mirada al frente. ¡Si intentas hacerlo viendo hacia arriba, sólo conseguirás rasguñarte las rodillas con cada tropiezo que tengas!

Apenas lo oyó; Herbert cayó, estrellando su rostro en la tierra húmeda del campo. Se levantó de inmediato y Elí apareció a su lado en un segundo, sin haber movido un solo músculo para acortar la distancia entre ellos.

– Este lugar tiene sus mañas. Olvídate de la puerta y caminemos.

– ¿Podré despertar llegado el momento?

– Sí.

Elí le ofreció la nuez que su hermano le había convidado. No pudo comerla mientras lo veía padecer en su interior. Herbert la tomó, dio las gracias y la guardó en su bolsillo.

Si quería regresar al mundo real, debía olvidarse de la puerta, no pensar en ella ni un segundo. Sabía que sería algo complicado, ya que al repetirse a sí mismo que no pensara en la dichosa puerta, hacía lo contrario.

Se dio un manotazo en la frente para sacudirse las ideas. Lo hizo tan fuerte que sonó igual a un aplauso. Notó cómo Elí lo miraba, incluso podía leer en sus ojos un ¿perdiste la cabeza acaso?

Comenzó a pensar en su frente caliente y en lo roja que debía estar por culpa de aquel impulso suyo de golpearse. La puerta dejó de preocuparlo y Elí sonrió al darse cuenta.

La caminata llevaba largo rato. Herbert observaba el campo con todos esos tréboles en una mezcla colorida. Su pecho experimentaba el peso de la nostalgia y su rostro volvía a humedecerse.

Las mejores tardes de su vida transcurrieron en el campo, a 500 metros detrás de la casa de los Garamond, un lugar húmedo, con muchos tréboles, tristemente ninguno de cuatro hojas pero sí con raíces jugosas y de agradable sabor.

Comenzó a preguntarse por qué, después de todos esos años, la tristeza por la muerte de Frederick había llegado hasta él de repente.

– Es normal lo que te sucede. -habló Elí de pronto- Estuviste a punto de perder la razón por un tiempo. Una parte de tu mente se durmió, la que sabía que tu mejor amigo había muerto, la que sentía el dolor de la pérdida. En este lugar nada permanece dormido, lo que es gracioso ya que para entrar aquí, un humano debe dormir.

Herbert asintió con la cabeza, sin sorprenderse de que Elí también supiera leer la mente. Recordó la época en la que decía que, si tuviera la oportunidad de charlar con Dios frente a frente, le preguntaría todo cuanto pudiera.

Ahora lo tenía al lado, con el rostro de su mejor amigo muerto y sin la menor idea de qué preguntarle. Tras pensarlo por varios minutos, al fin pudo hacer una pregunta:

– Hace rato, cuando Sat… Luzbel desapareció, dijiste que debíamos salir de aquí, como si algo malo pudiese pasar. También él me lo dio a entender antes de entrar. ¿En verdad es tan peligroso el mundo de los sueños?

– Lo es. -respondió, buscando la forma más sencilla de explicarlo- En este lugar todo es posible. Lo real se mezcla con la ilusión tan perfectamente que uno ya no puede diferenciarlos. Perderse aquí es fácil.

– Si es tan peligroso; ¿por qué escogieron venir aquí conmigo?

– Era necesario hablar sin ser interrumpidos por cualquier factor externo, como personas ruidosas o ratas exploradoras.

Notó con curiosidad cómo Elí se esforzaba en ahogar lo que parecía una mueca graciosa. Hasta podía asegurar que rió por una milésima de segundo.

– Frederick… ¿está en un lugar mejor? -se aventuró a preguntar Herbert.

– Podría decirse que está en un punto medio. Está descifrando los trucos para llegar a la cima, eso es bueno.

Herbert tenía pensado decir algo, pero un rechinido lo obligó a guardar silencio. A tres metros sobre su cabeza; el picaporte de una puerta bailaba salvajemente. Imaginó el rabo podrido del gato y sintió escalofríos.

La puerta que lo llevaría al lugar donde todo había empezado se hallaba flotando en lo alto, alejada de las demás puertas. No podía alcanzarla, lo que representaba un problema.

No pudo ocultar la preocupación de su rostro y Elí rió, sin poder evitarlo.

– Estás en el mundo de los sueños. Baraja tus opciones, Herbert.

Pensó en cómo sería llegar hasta ella flotando y, emocionado, notó cómo iba dejando el campo bajo sus pies. Al llegar a la puerta, Elí había desaparecido y, con él, también se había ido Frederick. Recordó las advertencias que había recibido sobre aquel sitio, giró la perilla y se vio una vez más frente a frente con el horrible gato, con su fetidez anterior semejante a las osamentas.

Con asco desenredaba la cola de la perilla y se preguntaba cómo lo pudo hacer antes sin haber vomitado.

– Tienes el estómago vacío. ¿Qué hubieras vomitado?

Elí se hallaba sentado en la escalera.

Escucharlo de repente lo asustó. Dejó caer el rabo y, con horror, vio cómo se deslizaba por la alfombra hasta llegar al gato para ocupar su lugar habitual.

– ¿Cómo llegaste aquí? -preguntó, con el corazón retomando su ritmo poco a poco.

– No necesito de una puerta para moverme por estos lugares. -dijo Elí, poniéndose de pie- Ya es hora de que despiertes.

– Lo haré, pero antes me gustaría saber algo. Luzbel parecía esforzarse demasiado en lucir confiable, pero tú… ni siquiera lo intentaste.

– No hacía falta, Herbert. Tú ya confías en mí.

Elí tomó al gato en brazos. Mechones de pelo gris y muerto caían al suelo a medida que el animal se retorcía en un vano intento por liberarse.

– ¿Sabes? Despertar de una pesadilla puede llegar a ser más intenso de lo que uno cree… Hasta luego, muchacho.

Antes de que Herbert pudiera reaccionar a sus palabras; Elí arrojó al gato directo a su rostro.

Abrió los ojos en la penumbra de su dormitorio. Se llevó las manos al rostro, palpando cada centímetro de él y, aliviado, notó que no tenía rasguños, sólo algo de sudor. Se incorporó, miró por la ventana. El sol aún no asomaba. El reloj cucú, colgado en la pared, marcaba las 4:20 de la mañana.

Algo había cambiado. Recordaba haber visto la ventana cubierta por la cortina cuando llegó de trabajar y ahora se hallaba descubierta. Sin embargo, aquel detalle era insignificante en comparación a lo que vio en ese instante.

Grande fue su sorpresa al verse descalzo, con los pies húmedos, con restos de tierra entre sus dedos y una nuez en el bolsillo.

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La madre

Son cinco los gatitos que maúllan. Exploran hambrientos una gran extensión de tierra roja, antiguo hogar de una vecina. Los problemas económicos y las deudas la habían orillado a vender el terreno a un hombre que pagó en efectivo sin titubear. Cien millones de guaraníes, billete sobre billete. Cuando la propiedad pasó a ser suya, trajo consigo un par de tractores que arrasaron con todo, dejando un pedazo rectangular de arena roja y los despojos de tres ejemplares de ficus que antaño daban sombra y alivio en días calurosos.

De allí salieron los gatitos, de entre las raíces muertas de los ficus. El hambre y la ausencia materna guían sus pasos al exterior, a la vista de la gente, fuera de la seguridad que aquellos despojos pudieran brindarles.

No puedo afirmar con exactitud si la gata los parió allí mismo. No sería la primera vez que dan a luz en lugares extraños. También existe la posibilidad de que fueran abandonados allí mismo.

No me gustan los gatos. Los detesto. Soy más amiga de los perros y las aves. Carezco de la compañía de ambas especies. Siendo sincera, las aves son mis favoritas. Los mininos las cazan; supongo que es una de las razones por las cuales los odio, aunque tengo una extraña manera de hacerlo. No les deseo ningún mal, pero no los quiero conmigo ni deseo que vengan a restregarse contra mí como hacen todos ellos. Me sacan de quicio. Sin embargo, no me veo capaz de dañarlos de algún modo.

Podría decirse que es algo así como una mezcla entre odio y tolerancia. No los molesto, no me molestan. Un acuerdo simple y razonable.

Comienzan a dispersarse apenas me ven caminar a unos metros cerca de ellos mientras voy a la despensa. Tiemblan con cada paso que dan, maúllan con insistencia.

Uno de ellos, blanco y en los huesos, posa sus enormes ojos sobre mí cuando emprendo el camino de regreso y, por un instante, siento una opresión en el pecho.

Ruego que no me sigan. Líneas atrás dejé claro que los felinos no son de mi especie favorita en este planeta, aunque no mencioné que tampoco a mi madre les agrada, ni a mi hermana, ni al resto de la familia. No era de esperarse que tuviera deseos de llevarlos a la casa y darles la atención que necesitan. El desagrado hacia ellos no es el problema; acostumbro a alimentar a los animales que se acercan a mí si tengo algo que ofrecerles, sin discriminación…

Aunque con los mosquitos no tengo opción, son unos caraduras insaciables.

… el hecho es que apenas puedo cuidarme sola. Tengo veintiséis años, pero soy demasiado torpe y lenta. Si estoy viva se lo debo a la suerte y al ángel de la guarda que siempre está sobrevolando a mi alrededor. Decir que es eficiente sería poco.

Los pequeños no siguieron mis pasos, para alivio mío, pero llegando a casa mi mente me recuerda al gato blanco, a sus ojos enormes que parecían decirme algo que no pude comprender. Minutos más tarde pienso en que intentaba pedirme comida o esperaba a que tuviera noticias de su madre y la inquietud regresa, oprimiendo mi corazón una vez más.

Hay cinco gatitos en la calle digo a mis padres. Sus rostros expresan disgusto: vendrán a molestar en cualquier momento dicen ellos. Mamá se levanta del sillón y va a mirarlos. No sale a la calle, permanece unos segundos mirando desde el portón, hasta que se lleva las manos a la cara en un gesto de asombro: ¡Pasaron caminando como si nada bajo el auto de Don Tito! exclama y el auto pasa lentamente frente a ella.

Mamá regresa al sillón y cuenta cómo tres de esos gatitos salieron vivos luego de haber pasado debajo del auto en movimiento. Tienen suerte, compren un cartón de bingo que termine en… ¿qué número juegan en la quiniela cuando sueñan con gatos? pregunto y se echan a reír. De las risas por mi comentario estúpido, pasan a charlar sobre las personas que tienen animales a su cargo y no los cuidan como deben, dando por hecho que aquellos gatitos habían sido abandonados por sus dueños irresponsables.

Los maullidos se oyen cada vez más cerca de la casa. La vecina, cuya casa se construyó pegada a nuestro muro hace años, sale con una caja de cartón y los recoge uno a uno.

Se los lleva. La hija toma la caja. Los acaricia a todos y les dice que son la cosa más linda que había visto. ¡Que no te oiga Arthur! me escucha decirle del otro lado de la muralla, refiriéndome al dálmata que vive con ellos, y la oigo carcajear. Quizá dejen alguno y encuentren un hogar para los otros. Me tranquilizo, aunque pienso que en un futuro para nada lejano, discutiré una vez más con un gato por dejar sus desperdicios en mi patio.

Y la madre de los pequeños sigue desaparecida.

Horas después durante el almuerzo; un gato asoma la cabeza por la puerta desde afuera. Me ve comer y los maullidos no se hacen esperar. Papá se levanta de la mesa y lo ahuyenta. Alcanzo a ver lo suficiente antes de que se marche. La delgadez de su cuerpo resalta la hinchazón alrededor de sus pezones.

No es gato. Es una gata.

La madre por fin apareció.

Papá la espanta, pero ella regresa poco después. El hambre y sus crías la motivan lo suficiente para seguir insistiendo. Ella vuelve a mirarme y lo único que puedo hacer es dejar parte de la comida en mi plato.

Te convidaré de mi plato y te irás le digo con los ojos. Comeré, te daré las gracias y me iré imagino que me responde. Mamá entiende lo que pasa y, en lugar de reprenderme por alimentar animales que no me servirán de alimento algún día, me deja abandonar la mesa para dar de lo mío a la gata madre que mendiga con la mirada. Al convite se unen mi papá y mi hermano, con la condición de que deje la comida fuera de nuestra propiedad.

Salgo con mi plato y los restos de la carne que formaba parte del almuerzo familiar al patio. Hago un gesto a la gata que me sigue y no entiende el por qué hecho la comida del otro lado de la muralla, bajo la planta de banana que mamá plantó en el baldío el año pasado.

Ahora tienes que salir si quieres comer le digo en voz alta, sin pena. Nunca he tenido problemas para hablar con los animales como si fueran una persona más, aunque mi hermano menor odia que lo haga. La primera vez que me oyó dirigirme a un animal me dijo que dejara de hacerlo porque parecía una loca. Era gracioso, porque quien sentía vergüenza era él aunque fuera yo quien quedara como la desquiciada de la familia.

¿Por qué estaría mal hablar con quien tenga oídos, aunque sea un animal? No espero una respuesta de su parte, sólo que me escuchen. Y lo hacen, de eso no tengo dudas.

La gata me observa, confundida. Le repito que debe saltar del otro lado para llegar a la comida, pero sigue sin entender la idea. Señalo la muralla, la gata mira en esa dirección y luego regresa sus ojos a mi rostro.

Odio a los gatos. No los quiero cerca, no me gusta que se restrieguen contra mí, no deseo cargarlos. Pero no me deja opción. Los perros del vecindario olfatearán la carne en cualquier momento y la gata se habrá quedado con el estómago vacío.

La cargo con cuidado e incomodidad. Pienso que sus senos cargados de leche podrían estar causándole dolor, como pasa con las madres humanas. Puede que no sea así, pero arriesgarme no forma parte del plan. La pongo sobre el muro y le muestro la comida señalando abajo. Te apuras o te ganarán los perros le digo y ella salta.

Agarra la presa con más carne, la que dejé yo, y se aleja. Yo la sigo hasta el portón y veo con tristeza cómo va hasta las raíces muertas de los ficus.

Días atrás; el cadáver de un recién nacido fue abandonado una caja, herido con un puñal en el cuello. Hoy, una gata no halla a sus crías y de inmediato se pone a maullar, levanta la cabeza, los busca, los llama. Arriesga la vida buscando alimento para saciar el hambre suyo y la de sus pequeños.

A este paso, lo único que puedo esperar de nuestra especie es que nos pongamos a caminar en cuatro patas, regresar a las cavernas, raspar piedras, descubrir el fuego por accidente, quemar todo y morir quemados.

La gata regresa frente al portón. Tus hijos están allí le digo, señalando la casa de al lado. Pero ella, por desgracia, sigue sin comprender. Sólo maúlla y sigue mi dedo con los ojos.

Imagen tomada de internet.

Herbert y los obsequios del Diablo VII

VII

El tronco y la gallina.

– ¿De dónde salieron todas estas cosas?

– Del mercado, ¿de dónde más podrían salir?

– ¡Hablo en serio, Herbert! ¡Son muchas cosas! Con esto podríamos sobrevivir un mes sin preocuparnos por pasar hambre. ¿Acaso robaste un banco?

– ¡Jamás haría algo así, mamá! Compré estos víveres usando mis ahorros.

Herbert no mentía. En verdad utilizó todos sus ahorros en alimentos. Y lo hizo sin culpa. Desde que la tuberculosis arrasó con cientos de personas y su padre había quedado sin empleo como muchos otros; habían hecho algunos recortes en los gastos de la casa. Incluso llegaron a reducir las tres comidas diarias a dos para que el salario de Herbert alcanzara lo suficiente en lo que su padre conseguía un trabajo; de manera que la crisis económica familiar no fuese tan dura.

– ¡Qué bella imagen es para los pobres un refrigerador lleno! No creo que volvamos a ver algo así en nuestra casa…

– ¡No digas esas cosas, Eloise! Hay que agradecer a Dios y a Herbert por estas maravillas.

Una mueca se dibujó en el rostro del muchacho. No podía saberse si estaba sonriendo o si lloraría en cualquier momento. El sudor le bajaba por las sienes haciéndose camino hacia su cuello y sintió unas ganas tremendas de darse un baño.

Fue hasta su habitación y la vio, más o menos escondida como la dejó desde que la trajo hasta su casa. En la oscuridad que reinaba bajo su cama se hallaba la vasija, el seguro económico de la familia, un obsequio particular de un personaje cuya reputación inspiraba temor a los seres humanos.

La sacó de su pésimo escondite y la observó. Desde que se pinchó el dedo con el metal afilado de su interior fue capaz de leer las inscripciones que había en ella. En un primer momento no les dio importancia; eran simples garabatos a sus ojos, pero de camino a su casa descubrió que eran una advertencia:

Sólo el dueño de esta vasija puede obtener sus riquezas.

Que ninguna mano ajena siquiera una pepita de oro se atreva a tomar, pues sólo miserias podrá hallar… A no ser que el dueño desee una parte obsequiar.

Que nadie toque lo que es tuyo y la abundancia permanecerá contigo.

Recordó cómo se le erizaron los vellos de la nuca cuando leyó los últimos versos, como si el mismo Luzbel se los susurrara al oído.

La advertencia era muy clara: todo se iría al demonio si alguien se la robara. Debía encargarse de ocultarla en el mejor lugar posible, un sitio donde ni Dios podría buscar. No sabía dónde estaba aquel lugar, pero estaba cien por ciento seguro de que no era debajo de su cama.

Se sacó los zapatos y los calcetines, se echó una toalla limpia al hombro y fue a darse la ducha que su cuerpo pedía con insistencia.

La vasija llevaba escondida bajo su cama alrededor de tres semanas. A un lado guardaba la primera carga de oro y piedras preciosas en el interior de una bolsa de arpillera. No había sido capaz de echar mano de sus riquezas, pero sus ahorros se acabaron por completo con la compra de víveres de hace un momento y deseaba con toda su alma renunciar a su trabajo en la estación de trenes.

Debía pensar en muchas cosas y por alguna extraña razón la ducha ayudaba bastante a las personas a lograrlo. Herbert se preguntó si las grandes mentes de la humanidad tuvieron sus mejores ideas mientras se daban un baño.

Esconder la vasija en el sitio más discreto posible era la prioridad. Ya pensaría luego en cómo utilizar esas riquezas sin levantar sospechas. No podía enterrarla en cualquier pedazo de tierra ni tenerla dentro de la casa donde su madre echaba el ojo a cada rincón cuando hacía la limpieza mensual a profundidad. Hasta entonces se encontraba segura en su dormitorio, pero el día del aseo general se acercaba y tenía la certeza de que hallaría la vasija en cualquier momento y haría preguntas que él no podría contestar sin ponerse nervioso.

También existía otro detalle que lo emocionaba: la inmortalidad. Aún no la había puesto a prueba, pero ahora se encontraba en el baño, solo bajo la ducha. Su navaja de afeitar brillaba sobre el lavabo a la luz de la lámpara de aceite que colgaba en la pared. ¡Nunca se le había presentado un escenario tan tentador! Podía cortarse las venas, rajarse la garganta con un movimiento rápido e incluso abrirse el pecho de un tajo.

La oportunidad de comprobarlo estaba ahí, al alcance de su mano, en la privacidad que puede ofrecer el baño familiar a las diez de la mañana. Salió de la ducha y tomó la navaja. Observó con asombro los destellos del filo a la luz naranja de la vieja lámpara y de repente recordó, fuerte y claro, las palabras del Diablo antes de marcharse de su casa:

Nunca olvides que te lo advertí.

Luzbel le había puesto muchas objeciones antes de ceder a su deseo, pero siempre manteniéndose en la ambigüedad. Era como decir Puedes bañarte en ácido, aunque no te lo recomiendo.

“No lo hagas porque ser inmortal no es lo que crees”. ¿Qué significa ser inmortal, además de tener la capacidad de vivir por siempre? ¿Qué implica? La gente que Herbert amaba y amaría a lo largo de su existencia moriría y él los vería morir sin poder evitarlo. Experimentaría el dolor de perder a un ser querido una y otra vez, pero lo superaría en algún momento.

La inmortalidad da tiempo para eso y mucho más.

Sin embargo; ahora, entre las cuatro paredes del baño familiar, Herbert revivía lo sucedido aquel invierno y veía con más claridad que el Diablo sabía algo que él no podía siquiera imaginarse y que sólo se limitó a persuadirlo a desistir de aquel pedido, a lanzar advertencias sin mencionar jamás la verdad absoluta que Él conocía.

Su mente debatía entre probar su inmortalidad ahora o cualquier otro día. La mano le temblaba, impaciente, y la navaja cayó al piso mojado. No recordaba que su cerebro hubiese dado la orden de abrir la mano para dejar caer la navaja y, más calmado, la levantó y la dejó sobre el lavabo, donde estaba desde un principio.

Interpretó aquello como una señal divina. A pesar de haber hecho un trato con el Diablo, Dios no le había dado la espalda. Con dicho pensamiento en la cabeza; desistió de realizar tan peligrosa prueba. Secó su cuerpo, se vistió y salió a toda prisa.

Camino a su dormitorio se preguntó si la inmortalidad trae consigo mucho dolor, tanto emocional como físico. Se preguntó si aquello era lo que Luzbel se guardó para sí, esperando a que él lo descubriera por sus propios medios y así enseñarle una lección de vida.

Herbert rió y su padre lo oyó desde la cocina.

– Nuestro hijo está contento. -comentó Samuel Corbel.

– Sí y es extraño. Creo que está ocultando algo.

– ¡Deja de preocuparte sin razón, Eloise! El muchacho está contento y hay que estar alegres también. Estuvo a punto de perder el juicio cuando el pequeño Frederick murió…

– Frederick no era ningún pequeño. Murió en edad adulta.

– No esperes a que empiece a llamarlo de forma diferente ahora que ya no está. Ese muchacho y Herbert crecieron juntos, siempre lo llamé pequeño. No parecía molestarle… ¡Pero no era eso lo que tenía qué decir!

– Sí, querido, ya sé a qué te refieres. Pero sé lo que te digo; esconde algo. Las mujeres sabemos de esas cosas…

– ¿Intuición femenina? ¡Bah! Eso habrá llevado a la hoguera a más de una mujer en siglos pasados.

– ¡Lo acabas de decir! En siglos pasados. Pero ¡qué más da! En algún momento notarás lo extraño en Herbert y me darás la razón.

El Diablo quiere darme lecciones de vida pensó Herbert y se echó a reír una vez más. Estaba totalmente seguro de ello. Su alma experimentó cierta satisfacción al descifrar la advertencia de Luzbel, al menos en un cincuenta por ciento. Rogó por que la lección no fuese tan dura cuando llegara el momento de aprenderla.

Se dejó caer sobre su cama y apenas tocó el colchón; su padre comenzó a llamarlo:

– ¡Herbert! ¡Nos faltan más leños para la cocina!

¡Y yo que me he dado una ducha! ¡Me ensuciaré de nuevo! se dijo para sus adentros mientras se calzaba las botas para salir a buscar algo de leña del depósito.

Al salir, una brisa fresca lo rozó y supo de inmediato que llovería ese día.

El depósito consistía en una precaria construcción con techo de paja y paredes de madera. El piso era un empedrado bien hecho con las rocas que antaño Herbert y su padre habían recogido cerca del lago. No era un granero, aunque sí parecía uno. No había heno ni semillas allí dentro. Lo utilizaban para guardar leña, herramientas y algunos cachivaches cuya forma de hacerlos desaparecer era un verdadero enigma.

Eran pocos los leños, pero suficientes para la cocina. Se encontraban apilados en una esquina sobre un pedazo de lona, no muy lejos de la puerta. Mientras los tomaba, Herbert pensó en que pronto tendría que salir a buscar más para que no faltase en algún momento.

Un ruido se oyó de repente fuera del depósito. Herbert dejó los leños y salió, esperando a que el ruido se repitiera y pudiera seguirlo. Luego escuchó un cacareo y, a continuación, un alarido.

Herbert observó con asombro cómo una gallina intentaba meterse por la fuerza dentro del hueco de un viejo tronco seco mientras un enjambre de abejas se lanzaba al ataque.

El tronco llevaba décadas en el terreno de los Corbel. En sus años de vida había sido un hermoso y extraño naranjo de gruesas dimensiones, hasta que un día comenzó a marchitarse sin razón aparente. Samuel Corbel no pensaba cortarlo. Tenía la esperanza de que podría reverdecer y dar naranjas como antes, pero nunca pasó. El naranjo murió y aún así seguía allí, con las raíces aferradas al suelo, el tronco seco, las ramas partiéndose con el viento y como hogar de un enjambre de abejas.

No las habían exterminado porque Eloise decía que eran insectos útiles y no daban problemas. Pero ahora estaban furiosas y matarían con sus aguijones a la pobre ave.

Los Corbel no tenían gallinas. La que estaba dando pelea a las abejas, con seguridad, pertenecería a algún vecino. El por qué se encontraba allí en semejante situación era un misterio que podía resolverse con sólo echar una mirada a distancia prudente, claro.

El tronco tenía un hueco a centímetros sobre las raíces. Lo que fuese que estuviera dentro, era lo que motivaba a la gallina a seguir allí a pesar del peligro. La colmena se encontraba más arriba, dentro de un hueco más alargado y las abejas zumbando con rabia por todas partes.

Herbert iba acercándose a pasos cortos, temeroso de convertirse también en víctima de aquel enjambre, pero decidido a ver qué había dentro del hueco. Escuchó los zumbidos y descubrió, sin poder creerlo, que a medida que avanzaba, las abejas lo ignoraban.

Las abejas parecían no verlo. Chocaban contra su persona y seguían volando como si nada. Gracias a ello pudo llegar hasta el tronco y la gallina sin sufrir picadura alguna.

Herbert no intentó preguntarse el motivo de tan inesperada reacción de aquellos insectos. Dio por sentado que cualquier cosa extraña y fuera de lo común que llegara a pasar en su vida, sería por la marca que Luzbel le puso en la frente. No le daría vueltas.

Notó con tristeza que la gallina recibió algunas picaduras en la cara y que su párpado derecho estaba tan inflamado que su ojo permanecía oculto. Se agachó y vio a cuatro pollitos dentro del hueco, piando, asustados pero intactos, sin ningún aguijón clavado en su carne. Tomó con cuidado a los pollitos y se los guardó en el bolsillo del pantalón. Llevó a la gallina en brazos cerca de la casa del vecino y la dejó allí, con sus crías. Su dueño sabría qué hacer con ella y sus heridas.

Al regresar a su casa; observó el hueco en el tronco. Era espacioso y húmedo. Metió las manos y empezó a cavar hasta que se dio cuenta de que había hecho un agujero en el hueco de un árbol y soltó una carcajada.

Esta profundidad es suficiente. Una tapa de madera y algo de tierra no estarían de más pensó, midiendo el hoyo con el brazo.

Alzó la vista y vio la colmena. Las abejas estaban más tranquilas. Con gran satisfacción había encontrado el escondite perfecto para la vasija y sus misteriosos tesoros.

¿Quién en su sano juicio metería las narices en un tronco que sirve de hogar a un enjambre de abejas de humor inestable?

***

La octava visita

– Pero ¡qué gran sorpresa! ¡No te esperaba tan pronto!

Bruno sonreía de oreja a oreja. Elí lo observaba con ojos brillantes, ojos de niño asombrado… Literalmente. Es bueno recordar que Elí acostumbra tomar la imagen de sus visitantes para mantener oculta su apariencia verdadera.

– Por fin te vi… -dijo Bruno, muy emocionado.

– Y lo sigues haciendo. Me tienes frente a ti. -rió Él.

– ¡Vi tu imagen real!

Elí y Gabriel se miraron en silencio. Ambos empezaron a reír de pronto. Bruno no comprendía lo que pasaba.

– Soy algo descuidado cuando recibo visitas familiares… ¡Qué más da!

Cambió su fachada en un instante. El niño tenía ante sí al Dios a quien rezaba cada día, en su forma verdadera y, sin pensarlo, se lanzó a sus pies mientras lloraba, dichoso.

Gabriel observaba atónito cómo el niño abrazaba los pies de su Padre sin que Él se lo impidiera.

Elí se agachó un poco y ayudó a Bruno a ponerse en pie. Le secó las lágrimas con sus manos y notó los moretones que tenía.

– La vida allá en la Tierra fue dura, pero ya puedes estar tranquilo.

Llenó la copa con el agua del Eunoé que Gabriel le había traído en la jarra de arcilla. No era algo nuevo para Bruno, después de todo era su octava visita a ese lugar. Bebió el contenido de la copa en un parpadeo, sin titubear y esperó.

El dolor intenso, el ardor que causaba la arcilla saliendo a través de sus ojos, oídos y boca y la agonía que traía consigo la purificación lo obligaron a lanzarse al suelo y a retorcerse sin poder evitarlo.

No duró demasiado. La arcilla que había expulsado era de color marrón, muy diferente de la de Lucas que era negra en su totalidad. Tampoco era abundante y Bruno suspiró aliviado de que aquella tortura terminara mucho antes de lo que esperaba.

– ¡Tenemos a un pequeño bribón!

– Pero no creo que lo haya sido a propósito, Padre.

– Eso nos lo dirá él mismo. Y bien, Bruno ¿qué pasó contigo? ¿por qué te convertiste en un ladrón?

– El hambre y el abandono obligan a uno a robar para no morir con el estómago vacío. -comentó mientras se acomodaba en el césped- No tuve adultos que se hicieran cargo de mí.

– ¿Fuiste abandonado?

Elí tomó asiento frente al niño que asintió con la cabeza a modo de respuesta.

– Eso es triste. No sabría decirte si nosotros también lo fuimos. A estas alturas no es un secreto para ti que Vernath y Luzbel son mis hermanos. Siempre hemos sido nosotros tres y lo seguiremos siendo.

Elí dibujaba el símbolo del Infinito en el aire, moviendo su dedo índice como si estuviera dirigiendo una orquesta. Bruno miraba absorto sus movimientos hasta que la curiosidad hizo que preguntara:

– ¿No había otra cosa más con ustedes? ¿Algunas indicaciones, como lo siguiente por hacer?

Gabriel estaba interesado en la conversación. Se dejó caer sobre el césped y posó su mirada atenta al rostro tranquilo de su Padre.

– Los tres despertamos con una semilla en las manos y la idea de crear vida, fija en nuestra mente. Más que una idea, era una misión. Teníamos los conocimientos y el poder necesario para hacerlo. Y lo hicimos.

– ¿Y las semillas? ¿Las plantaron?

– ¡Claro que sí! Fue lo primero que hicimos cuando terminamos de crear la Tierra. Árboles así no pueden verse ni imaginarse en el mundo de los vivos hoy en día. La semilla de Luzbel germinó y fue conocida como el Árbol del Bien y del Mal. Vernath es dueña del Árbol del Conocimiento y mi árbol es el de la Inmortalidad. Los tres crecieron juntos hasta que decidimos crear a los humanos. Luego de lo que pasó con Adán y Eva, tuvimos que cambiarlos de lugar. Cada quien se llevó su árbol a sus dominios… Pero tendremos todo el tiempo del mundo para conversar acerca de los misterios de la creación. Ahora nos corresponde hablar sobre lo que fue tu vida allá en la Tierra.

– Pues pregunta lo que quieras que no tendré reparos en responder.

Elí, con una expresión seria en el rostro, manteniendo fija la mirada en los ojos de Bruno, pronunció gravemente:

– Conoces mejor que cualquier alma mi proceder en este lugar. Sabes que me gusta conversar con quienes logran llegar hasta aquí, también que hago preguntas cuyas respuestas verdaderas conozco a la perfección, todo como parte de una prueba de sinceridad, por así decirlo. Vamos a dejar de lado tanto protocolo, contigo no hace falta. ¡Ocho veces en la entrada del Paraíso! ¡Pasemos a la última pregunta!

El niño no pudo evitar soltar una carcajada. La última pregunta siempre era la misma:

– ¿Quieres saber si odié a mi madre por haberme abandonado a mitad del mercado? Confusión y tristeza causó en mí aquel hecho, pero me apresuré en buscar una manera para sobrevivir con sólo cinco años en el mundo de los vivos. La necesidad no me dio tiempo para pensar siquiera en odiarla.

– Cambiemos el tiempo de la pregunta, ¿la odias ahora que sí tienes tiempo?

– Podría odiarla, pero ambos sabemos que no sirve de nada. Odié a quienes debía odiar en su momento y lo sabes por mis visitas anteriores. He vivido ocho vidas y no fueron en vano, aunque sí fueron muy complicadas.

– ¡Buena respuesta! -aplaudió Elí.

Ambos se pusieron de pie y notaron que Gabriel había desaparecido. Elí sacó una copa distinta a la primera. Era una copa de piedra cuyo color negro despertó recuerdos en Bruno, memorias de sus vidas pasadas, cuando varias veces quedó a merced de la oscuridad de la noche al encontrarse sin un hogar que lo protegiera o la vez que, siendo Arístides, estaba tan enfermo que no podía abrir los ojos por culpa de la fiebre.

– Gabriel se ha ido, pero dependerá de ti si quieres que regrese a llenar esta copa. ¿Te quedarás esta vez o irás por el noveno trago del Leteo?

– Debo confesar que, en un momento de idiotez, mientras estaba en el Purgatorio sentí ganas de conocer el Infierno, pero la Señora Vernath me reprendió severamente por mi insensatez. Para mí fue lo más cercano a tener una madre, así lo sentí y le estoy agradecido. Ocho vidas fueron suficientes para poder conocer tu verdadera forma, aunque haya sido por un descuido. ¿Nueve vidas? ¡No estoy tan loco!

Elí rió a gusto por la espontaneidad del niño y su sinceridad, hasta que se vio interrumpido por una inocente pregunta:

– ¿Cómo es el Paraíso?

– Es un lugar fantástico. Es lo que tú quieras.

– Si quiero un castillo con un perro de tres cabezas que juegue conmigo siempre, ¿sería posible?

– Pruébalo por ti mismo. -respondió, haciéndose a un lado, invitándolo a hacer una prueba.

Y apenas terminó de pronunciar la última palabra; Bruno le dio las gracias mientras se alejaba corriendo.

Pero Elí apenas lo oyó. Una serie de ladridos alegres, en tres diferentes tonos, acabó con el silencio del lugar, haciendo que la voz del niño se perdiera por completo.

Obs.: el dibujo fue hecho por mí, parece de pre escolar, pero lo hice yo.

Herbert y los obsequios del Diablo VI – Paraíso

VI – Elí y el Paraíso

– ¿Aquí puedo lanzarme a descansar? ¿El suelo no va a tragarme? -preguntó, tembloroso.

– Descúbrelo tú mismo.

El hombre, de unos sesenta años, aún bajo los efectos del miedo, se lanzó al suelo cubierto por el mejor césped que había visto. Las rodillas seguían chocando una contra la otra mientras temblaban. Lloraba, no sabía por qué, pero no podía evitarlo.

Mientras el recién llegado regaba el césped con sus lágrimas; Aquel que lo había recibido lo observaba, imperturbable. Un joven, cuyo rostro deslumbraba de belleza, se le acercó con una jarra de arcilla en las manos, repleta de agua cristalina. Sacó una copa tallada en madera de entre sus blancas ropas y la llenó de agua.

-Me lo regaló mi Hermano. Es sorprendente cómo se mantiene durante tanto tiempo la frescura del agua en este tipo de material. -comentó y le ofreció la copa- Debes de estar muy agotado. Trepar árboles de ese tamaño no es fácil. Bebe, te sentirás mejor.

El hombre levantó la cabeza, se incorporó y, al ver con mejor atención el rostro de aquel quien le sostuvo la mano en el momento justo en que la punta de su árbol se quebraba, se frotó los ojos con fuerza, como si acabara de despertar.

– Yo… ¡Yo te conozco! -gritó, señalándolo.

– ¿Acaso quieres sacarme un ojo con ese dedo? -preguntó, bajándole el brazo- No es la primera vez que ves esta cara.

El que lo había ayudado a no caer al Purgatorio una vez más, tenía su rostro.

El hombre, bebió el contenido de la copa en tres tragos grandes, intentando comprender lo que estaba sucediendo. No pasó mucho tiempo cuando, de repente, sintió punzadas en la cabeza.

Algo estaba escurriéndose a través de sus ojos. Se llevó las manos al rostro sin pensarlo demasiado. Una pasta negra se dejó ver y, a continuación, las punzadas torturaban todo su cuerpo.

La pasta negra no sólo se le escapaba de los ojos, también por la nariz, los oídos y manaba por su boca como una fuente de petróleo que caía con violencia, ensuciando el bello césped a su alrededor mientras se retorcía de dolor en una agonía que no deseaba ni al peor de los hombres.

– ¡Un suicida! -exclamó, recogiendo la copa que había caído, observando con atención aquel espectáculo macabro.

El joven que lo acompañaba tomó asiento a su lado y preguntó:

– ¿Crees que sea suficiente para abrir una entrada? ¿Caerá, Padre?

– No lo sé. Sólo nos queda observar hasta que termine.

Un enorme charco negro y espeso se formó bajo el hombre, que seguía retorciéndose, ahogándose con aquella pasta que no cesaba de salir.

No era posible saber cuánto tiempo había pasado cuando el hombre dejó de moverse. La cosa negra ya no lo asfixiaba. El joven se puso de pie, tomando de la mano a su Padre, ayudándolo a levantarse.

– Parece que tendremos un nuevo inquilino. -dijo el joven, con suave voz, sonriendo.

– No te pongas ansioso, Gabriel. Aún faltan detalles para que eso se dé. Veremos qué decisión toma. -añadió Su Padre.

El hombre, saliendo del estado de inconsciencia, se puso de pie, sintiéndose extraño.

– No te asustes. Acabas de ser purificado. Eso que sientes es la Pureza de alma. Dicho de forma más simple; ahora estás limpio.

Mirando el charco negro; notó con asombro cómo desaparecía poco a poco; absorbido por el césped magnífico de aquel sitio.

– Eso… -señaló, temblando- ¿Todo eso salió de mí?

El hombre asintió con la cabeza, sonriendo al ver que el recién llegado había superado la primera prueba.

– Fue como vomitar agua sucia. ¿Qué es esa cosa?

– Arcilla negra. No me preguntes sobre eso que aquí no necesitas información semejante.

– Supongo que tienes razón. Estoy muerto, lo único que me preocupa es qué será de mí a partir de ahora. -sonrió con incomodidad- Pero ¿Quién eres? ¿Por qué tienes mi aspecto?

– Me llamo Elí. Tengo tu aspecto porque puedo. ¿Acaso no predican en el mundo de los vivos eso de los hizo a su imagen y semejanza? -guardó silencio unos segundos y, riendo, prosiguió- Aunque, pensándolo bien, creo que aquí lo aplico del revés.

El hombre al escucharlo, abrió los ojos, estupefacto, y se lanzó al suelo, de rodillas, agachando tanto la cabeza que su frente tocaba el césped.

– ¡Oye! -exclamó Elí, ayudándolo a incorporarse- ¡No hagas eso! ¿Quién crees que soy?

– Eres Dios, nuestro Señor. ¿O es que me estoy confundiendo?

– Así me dicen, pero no es necesario que te arrodilles ante mí. Hay diferencia entre el respeto y la sumisión y, aquí en confianza, prefiero lo primero.

– ¿De dónde salió tanta sangre y sufrimiento para quienes no siguieran tus indicaciones?

– No lo sé. -respondió, frunciendo las cejas- De la cabeza de alguien con mucha imaginación, supongo. Además, yo sólo les di algunas sugerencias para que su vida fuera más sencilla. Yo no he matado a nadie.

– Pero ¿en qué clase de mentira nos hicieron vivir durante tanto tiempo?

– En una muy reconfortante. Y seguirán haciéndolo, eso júralo.

– ¿Debo afligirme por esa situación?

– Claro que no. El chiste de morir es desprenderse de cualquier lazo que se tenga con el mundo de los vivos. Y lo sabes muy bien, de lo contrario no te hubieras suicidado. ¿Qué pasó, Lucas?

Lucas se rascó la cabeza, un poco avergonzado al verse descubierto. Comenzó a relatar sus motivos, pensando en que iría al Infierno por haber atentado contra sí mismo.

– Una enfermedad de los huesos no encontró mejor víctima que mi humilde persona. No daba la impresión de que mi salud mejorara y me vi forzado a dejar de trabajar. Llevaba viudo varios años. Mis hijos, que eran dos, estaban casados y tenían sus propios niños. Venían a visitarme cada mañana por turnos, traían algunas provisiones y por la tarde regresaban a sus casas. Dolorido como estaba, aún podía valerme por mí mismo para hacer ciertas cosas, como asearme y vestirme. Pero era cuestión de tiempo para que no pudiera moverme por completo. Me convertiría en una pesada carga para mis hijos.

– Morir antes de la decadencia absoluta te pareció mejor opción que ser una carga.

– Exacto. Aunque debo de ser sincero. Bebí medio litro de un veneno asqueroso no sólo para ahorrarles molestias; también para no dar espacio al odio en mi corazón.

– ¿Odiabas a tus hijos? -preguntó Elí, con asombro.

– No. -sonrió Lucas- Pero estuve cerca de hacerlo. ¿Qué pensabas que sentiría al oírlos discutir por quién me llevaría a su casa para evitarse tantos ajetreos, yendo y viniendo cada día? Esperaba que pelearan diciendo:

No te preocupes, hermano. Yo me lo llevaré a casa y lo cuidaré.

– ¡Qué dices, hermano! Yo me haré cargo de nuestro padre.

Pero fue distinto. Ninguno quería llevarme a su casa. Se lanzaban la responsabilidad de cuidarme, como una pelota que golpeaban con fuerza. Hay que ser agradecidos, en especial con los padres que no abandonaron a sus hijos en situaciones difíciles, al menos eso creo yo. Esa tarde pensé que había cometido un error con ellos, que en algún momento de sus vidas les fallé como padre, pero no sabía en qué y lloré, como nunca lo hice en mi vida, ni siquiera cuando su madre murió. Mientras lloraba en silencio, la discusión continuaba en la cocina y sus voces retumbaban en mi cabeza. Sentí que la tristeza estaba dando espacio a algo siniestro en mi interior, que crecía al escuchar a mis hijos, y antes de que me dominara, bebí toda la botella de la porquería esa que utilizaba para ahuyentar a las ratas de nuestros cultivos. Agonicé durante quince minutos para luego morir como una rata mientras mis hijos discutían.

Lucas rió un poco al terminar su historia y Elí apenas sonrió. Volteó la cabeza a un lado y regresó la mirada a Lucas segundos después.

– ¿Me mandarás al Infierno? -preguntó Lucas, algo resignado.

– ¡Claro que no! -rió Elí- ¿Sabes en dónde estamos?

– ¿En el Paraíso?

– No. Estamos en la entrada. El Paraíso está más hacia allá. -señaló a sus espaldas- Todos pueden llegar hasta aquí, claro, si terminan de trepar. Eso sí, no son muchos los que consiguen entrar. Algunos beben del Eunoé y la impureza de su alma es tanta que acaban creando un pozo que los lleva directo al Averno. Otros beben y no pasa nada, hasta que se les ocurre abrir la boca. ¿Puedes creer que intentan engañarme? Eso los hace caer de nuevo al Purgatorio. Y existen unos pocos que beben del Eunoé, vomitan cada partícula de impureza sin crear pozos al abismo y son sinceros, como tú. Esos pocos son los que pueden entrar al Paraíso, si es que así lo desean.

– O sea que ¿aquí tengo opciones? -preguntó, sorprendido.

– Siempre se tienen opciones. ¿Qué quieres hacer, Lucas?

Permaneció en silencio por varios minutos. Le gustaba la compañía, el césped, el aire, la tranquilidad. No estaba en su deseo el marcharse de allí, pero aún así, se atrevió a preguntar:

– ¿Regresar al mundo de los vivos es posible?

– Claro que sí, pero no en tu cuerpo anterior. Se empieza desde cero, en otro cuerpo, en otra familia, en otro lugar, con otra realidad y bebiendo del Leteo antes de partir. Olvidarás todo, incluso esta conversación.

Fijándose en el espacio gigantesco que se abría detrás de Elí; con ganas de explorar cada rincón de aquel Paraíso que se mostraba a sus ojos, posó la mirada, de repente, en una cabaña muy bonita ubicada en medio de un lago, como una pequeña isla.

– Me gusta la cabaña que veo a lo lejos. -comentó Lucas, con ojos brillantes de asombro.

– Es más hermosa de lo que parece.

– ¿Es tuya?

– Es de quien decida quedarse en ella.

– El lago es precioso. Incluso puedo verlo entre tantos árboles que lo rodean.

– ¿Qué quieres hacer, Lucas?

– Quiero quedarme. -respondió, sonriendo, con ojos humedecidos de lágrimas.

– ¡Pues qué esperas! -exclamó Elí- Vayamos a ver tu Paraíso.

Pero apenas empezaron a caminar; Elí se detuvo, quedándose quieto como una estatua. Lucas se echó a correr rumbo a la cabaña sin mirar atrás. Gabriel observó a su Padre, extrañado. Elí agitó la mano con suavidad, indicando a Gabriel que siguiera a Lucas con total tranquilidad.

Cuando los perdió de vista, retornó a su apariencia verdadera. Su cabellera blanca brillaba una vez más, su piel retomaba el color café claro y la juventud eterna de antes y sus ojos adquirieron la negrura de siempre en sus pupilas, formas de anillo alrededor de ellas, celestes y resplandecientes, semejantes a pozos abiertos cuyas profundidades nadie sería digno de observar.

– ¿Eso es todo? ¿Llega al Paraíso y lo mejor que se le ocurrió fue una cabañita flotando en un lago en medio del bosque? ¡Qué desperdicio! Espero que al menos consiga peces en aquel lago, de preferencia alguno que posea el rostro de sus hijos. Disfrutará cocinarlo.

– No te esperaba, Luzbel. -dijo Elí, sorprendido- ¡También Vernath! ¿Qué situación de urgencia los trae hasta aquí después de tantos milenios?

Un joven, parecido a Gabriel aunque con un aspecto más guerrero, apareció de pronto. Los saludó, inclinando un poco la cabeza con respeto.

– ¿Limpieza adelantada? -rió el joven, observando a Luzbel empapado por completo.

– ¡Estás de buen humor, Miguel! -respondió Él, asombrado.

– A todos aquí nos pone de buen humor verte en el Eunoé.

Miguel lideró la fila rumbo al Eunoé, donde Vernath y Luzbel debían purificarse para permanecer allí. Luzbel dejó escapar un suspiro de disgusto y Elí, sonriendo, dijo:

– No entiendo por qué te molesta tanto. Incluso yo debo pasar por este proceso cada vez que regreso de la Tierra o del Purgatorio. Recuerda que estamos en Territorio Sagrado.

– No tengo nada en contra de estar limpio, pero ¡¿excesivamente limpio?! Es desagradable para alguien que vive en la impureza absoluta.

Al llegar al cauce del Eunoé; Vernath se inclinó, sumergió sus manos en las aguas cristalinas y, Luzbel, viendo la oportunidad y sin intenciones de desaprovecharla; la empujó con el pie y ésta, perdiendo el equilibrio, cayó al agua, mojándose de pies a cabeza.

Luzbel se retorcía de la risa, contento por haberse podido vengar de su hermana, de la manera más simpática posible. Apenas podía respirar cuando sus carcajadas se tomaban una pausa.

Elí hizo un gesto a Miguel, quien comprendiendo a la perfección los deseos de su Padre, tomó a Luzbel en brazos y lo arrojó al río, lo que cortó con sus carcajadas de inmediato.

– Es divertido jugar a veces, pero no hay que llegar al abuso, ¿verdad, Elí? -comentó Luzbel, con una palidez en el rostro que mostraba su desagrado.

– ¡La purificación te vino de maravilla! -rió Vernath, salpicándole el rostro con las manos mojadas.

– Con eso es suficiente. ¡Salgan ya, que no es un balneario! -exclamó Elí.

– No estoy muy contento. Odio esta sensación de pureza extrema, así que iré al grano. -se quejó Luzbel- Necesito saber dónde está Azrael. La situación se ha tornado muy obvia. Hablaré con él y te recuerdo, Hermano, que no debes entrometerte.

– No lo haré, pero sabes cómo son las cosas con Azrael…

– ¿No sabes dónde se encuentra Tu Hijo? ¡Genial!

– Es el más independiente de mi estirpe. No necesita que vigilen sus acciones porque conoce a la perfección su trabajo. Ahora soy yo quien debe recordarles que es a la Muerte a quien buscan. Ustedes no encuentran a Azrael. Él los encuentra a ustedes.

– ¡No somos humanos! Es un mal chiste aplicar ese estúpido juego con nosotros.

– Tranquilo, Luzbel, no hace falta ser agresivos aquí.

– ¡Estar purificado me pone de malhumor!

– ¡Pues qué ser puro tan extraño eres!

– ¿Hace cuánto tiempo que no lo ves? -preguntó Vernath.

– Estuvo de visita por aquí ayer. Saben que no puede permanecer mucho tiempo en un mismo lugar sin que afecte todo a su alrededor.

– Pero aquí no tiene de qué preocuparse. Puede tomarse el tiempo que quiera sin miedo alguno de dañarlos.

– Lo sé. Lleva manejándose con ese sistema desde hace milenios. La costumbre es fuerte.

Mientras Los Hermanos dialogaban; Miguel guardaba silencio.

La naturaleza se conforma por dos fuerzas poderosas: la Vida y la Muerte: los mellizos Uriel y Azrael; cada cual actuando de acuerdo a lo que les corresponde, utilizando todos los medios a su alcance. Uriel podría ayudar, son mellizos, sienten su presencia todo el tiempo aunque estén lejos, pero antes de darnos una ubicación exacta, Azrael ya estaría viajando a otro lugar.

Podríamos hacer que él venga por sí sólo, pero ¿cómo? Nuestro Padre tiene razón. No puede encontrarse a la Muerte, ella es la que encuentra. ¿Podría forzarse un encuentro con Azrael?
¿Existirá alguna forma?

Así se encontraba pensando Miguel sin parpadear siquiera, en silencio absoluto, hasta que de repente exclamó:

– ¡Cosechadores!

– No, Miguel. Necesito a Azrael. Ya hablamos con Dante, tampoco sabe dónde está. Si él no lo sabe…

– No me refiero a los que están en plena labor. –interrumpió a Luzbel- Los cosechadores fueron humanos vivos en algún momento. Azrael está pendiente de ellos siempre. ¿Recuerdan cuántos cosechadores piensa reclutar?

– Creo que eran 12. –respondió Vernath.

– ¡Exacto! Hasta ahora tiene a ocho trabajando con él. Aún tiene lugar para cuatro.

– Eso no vuelve más fácil la búsqueda. –añadió Luzbel- Los designa al azar en diferentes épocas, al nacer. Podrían pasar años hasta que se le ocurra otorgar el título a otro ser humano.

– Ni hablemos de lo complicado que es detectarlos ya que ni siquiera saben acerca de lo que la Muerte les ha dado.

– No se pierde nada con buscar. –dijo Elí apenas Vernath terminó de hablar- Pero supongamos que hallamos a un futuro cosechador, ¿y después, qué? Con tenerlo en frente no aparecerá Azrael. Tampoco podemos decirle lo que será al morir.

Miguel sonrió. Miró fijamente a Luzbel, directo a los ojos.

– Azrael siempre cuida de sus futuros colaboradores. Alguien podría intentar algo, ponerlo en peligro, no sé. Azrael no tardará en ponerse en acción ante una situación semejante.

Si bien Miguel había propuesto algo poco bondadoso para ser alguien con alas celestiales; su plan era muy bueno.

– Planes como el que acabas de traer a esta reunión hacen que me pregunte si en verdad eres hijo de Elí. Tienes potencial para ser de los míos. –rió Luzbel.

– Todos aquí sabemos que no puedes matar a nadie en el mundo de los vivos. –contestó Miguel, justificándose.

– No puedo matar, pero sí cortar algunos dedos o quizás una oreja.

– Me sorprende que no estés oponiendo resistencia al plan, Elí. A éste loco podría pasársele la mano ¿y no dices nada? –observó Vernath.

– No necesito negarme. No pasará nada de lo que debamos lamentarnos.

– Si tú lo dices…

Elí no tenía de qué preocuparse. Una presencia que sólo Él podía sentir en ese momento, le daba la seguridad de que ni siquiera sería necesario buscar al futuro cosechador. Tan concentrado estaba en aquella presencia que ignoraba por completo al niño que lo estaba observando a lo lejos, sentado en el mismo lugar donde antes había estado Lucas. Lo miraba sólo a Él, porque a Vernath y a Luzbel ya los conocía.

***

– ¿Oíste eso, Hermano? –susurró una voz alegre y melódica, escondida en la copa de uno de los tantos árboles que rodean al Eunoé.

Escucho todo lo que oyes aunque no esté contigo, Uriel. –respondió otra voz dentro de su cabeza- Imagino que ya sabes lo que haré, ¿verdad?

– ¡Claro que sí! –rió Uriel- No dejes que te toquen. No es que vayas a salir lastimado… ya sabes a qué me refiero.

– Lo intentaré.

Herbert y los obsequios del Diablo VI – Purgatorio

VI – Vernath y el Purgatorio

Vernath recorría el Purgatorio a paso lento. A varios metros de ella, vio a algunos demonios simulando ser personas, situación que dejó pasar sin problemas para continuar su camino. Esos demonios engañaban a los incautos de distintas formas, ya sea “revelando” trucos para reducir el tamaño de los árboles que debían trepar o guiándolos a una supuesta cueva que se hallaba al final del bosque, donde existía un pasaje secreto al Paraíso o al Mundo de los Vivos o a donde quisieran ir.

Funcionaba a la perfección. Las almas podían ser mil en un sólo lugar, pero no podían verse unos a otros.

Gritaban al caer de los árboles. Aquellos gritos eran lo único que les recordaba que no estaban solos allí; también lo único que podían oír. Los demonios hacían de las suyas sin que los muertos se avisaran unos a otros sobre su presencia y sus engaños.

Lo cierto es que quienes creían en sus palabras, iban directo al Infierno de la manera más estúpida posible.

Esas criaturas grotescas formaban parte de la prueba cada tres años desde hacía milenios, con el visto bueno de Luzbel y Vernath. Resultaban muy útiles, pero como todos los demonios tienen sus mañas, Vernath los vigilaba sin que se dieran cuenta. Los demonios no podían llevar a ninguna de aquellas almas por la fuerza, sólo bajo engaños. Siglos atrás; dos demonios intentaron violar esa regla. Vernath los descubrió, convirtiéndolos en polvo negro con un chasquido de sus dedos delgados. Murieron sin entender qué les había ocurrido. Luzbel guardó silencio sobre el asunto; después de todo estaban en territorio ajeno y quisieron burlarse de la Dueña de aquellas tierras.

Además; Él hubiera hecho lo mismo en su posición, incluso peor.

Cuando llegó al bosque de árboles gigantes, se encontró con un niño, quien observaba con hastío el árbol que tenía frente a él. Subía a duras penas a la primera rama y permanecía sentado en ella hasta que ésta se rompía y caía de golpe, aterrizando sobre la hojarasca. El niño repetía ese proceso una y otra vez. Vernath lo veía, extrañada. Era la primera vez que se topaba con un niño rindiendo semejante prueba.

Con los niños muertos las cosas eran distintas. Al ser criaturas cuyas almas aún no han sido manchadas en su totalidad por el pecado ni han vivido lo suficiente, eran sumergidas directamente en las aguas del Eunoé, río que se halla entre el Purgatorio y el Paraíso, hasta que se purificaban completamente y Elí se los llevaba.

Parecía conocer el tiempo exacto del que disponía para permanecer de pie antes de que el Infierno comenzara a reclamarlo para sí.

Se le acercó muy despacio, sin hacer ruido y notó que estaba mojado de pies a cabeza. Pequeños moretones se dejaban ver en la cara y en las piernas.

Vernath decidió hacer algo que jamás pensó que haría: hablar con un muerto.

– ¿Temes a las alturas? -preguntó con voz dulce, para no asustarlo.

– No, señora. -respondió, sereno.

La rama se quebró una vez más y cayó sentado sobre el colchón de hojas. Permaneció tirado mirando a la copa del árbol, cansado. Vernath se acostó a un lado e hizo lo mismo, esperando en silencio a que el niño hiciera algún movimiento.

Pasaron diez minutos exactos y el niño se puso de pie, se sacudió las hojas que se habían pegado a sus andrajos, trepó la primera rama y permaneció allí, quieto, como un ave haciendo guardia.

– Pareces estar al tanto de cómo se manejan las cosas aquí, aunque te cuesta predecir el quiebre de la rama con exactitud. -comentó Vernath.

– ¿No me reconoce, mi señora?

Vernath se incorporó y lo observó por un buen rato. Su rostro experimentó un cambio. De pronto, la presencia del niño dejó de parecerle extraña.

– Si bien ahora llegaste con diferente identidad; ya estuviste aquí antes, con otro nombre y edad.

– Siete veces para ser exactos. -sonrió el niño desde la rama- La última vez que pisé sus dominios fue hace diez años.

– ¡Es cierto! Gael, Juana, Sigmund, Arístides, Khali, Sabine, Davide y ahora Bruno. Oficialmente son ocho.

– ¡Quién lo diría! La he visitado tantas veces y hoy por fin me ha dirigido la palabra. ¡La octava es la vencida!

– No he tenido intenciones ni motivos para conversar con los muertos, pero ya has estado aquí tantas veces que sabrás porqué me vi empujada a hablarte.

– Los niños son purificados de otra manera ¿verdad? Pero mi caso es distinto, mi alma tiene la mayoría de edad, por decirlo de alguna manera. Debo pasar la prueba como un adulto.

Vernath tomó asiento en la alfombra de hojas e invitó al niño a sentarse con ella:

– Ya te he dirigido la palabra. Si ya hablé, que valga la pena. Siéntate conmigo, es tu octava visita y vi que no tienes prisa por irte.

– Pero, señora. No puedo hacerlo por mucho tiempo. Antes de poder disfrutar de su compañía y agradable voz… me veré arrastrado a las profundidades.

– Te vas a sentar aquí.

Vernath se despojó de su manto negro y lo extendió en el suelo. El niño, sintiéndose más seguro, tomó asiento, muy agradecido:

– ¡Qué honor tan grande!

– Tan pequeño y ya eres un adulador.

– Adular fue de gran ayuda para Juana, Arístides y Sabine. Nos sacó de muchos apuros. No me siento orgulloso, pero sobreviví algunos años en aquellas épocas gracias a ello.

– Pero aquí es inútil.

Un leve temblor se sintió, acompañado por risas y gritos distantes. El niño se asustó y se puso de pie de un salto. Vernath rió.

– Ya lo sentí antes y sigo sin saber qué pasa. Me gustaría reír con usted, pero no puedo. -dijo el niño, mirando a su alrededor.

– No temas. Al parecer hay fiesta allá abajo. Lo que pase allí, no nos incumbe. -lo tranquilizó Vernath- Y bien, ¿qué clase de muerte te trajo hasta aquí esta vez?

El niño suspiró con pesar y respondió:

– No he tenido una infancia feliz. Mi madre me dejó abandonado en el mercado cuando cumplí cinco años. Desde entonces me vi forzado a mendigar para llevarme un pedazo de pan a la boca. No siempre conseguía algo, a veces pasaba días sin comer y no me quedaba otra opción más que robar frutas, mezclándome entre la gente del mercado. No puedo decirle cuándo fue; aquí no existe el día ni la noche, no sé desde cuándo estoy en sus dominios, pero le narraré el final de mi vida. Fue de esas ocasiones en las que el hambre me llevó a robar. Tomé una canasta repleta de pan mientras el dueño hablaba con una clienta. No tuve mucha suerte porque otro comerciante me vio y advirtió al dueño que dejó a la mujer hablando sola y se lanzó a perseguirme. No comí en varios días, no tenía energía suficiente para seguir corriendo. Arrastraba los pies en mi huida y tropecé. Lo último que recuerdo fue que caí al fondo del canal y que allí fui recibido por un niño muy pálido. Después me vi aquí, con el viejo árbol que dejé en mis visitas anteriores.

Eso explicaba con claridad por qué tenía moretones y estaba empapado. También su excesiva delgadez. Las almas llegaban con la misma apariencia que poseían cuando aún respiraban. El niño pálido que vio en el canal era Amin. De los primeros cosechadores que reclutó Azrael, encargado de recoger las almas de los niños que sufrieron la crueldad humana, como él.

– Experimentaste la dureza de la existencia humana varias veces, aunque para un niño siempre es más difícil que para un adulto que puede valerse por sí mismo con más facilidad. ¿Por qué escogiste reencarnar? Tuviste el Paraíso al alcance de tus manos y lo rechazaste siete veces. ¿Acaso recordaste tus vidas pasadas y buscabas concretar alguna cosa?

– En el mundo de los vivos no, pero cada vez que llegaba aquí sí. Es curioso, pero recordar mis vidas pasadas es deprimente. Como puede ver, no he tenido muchos instantes felices en toda mi existencia, pero aun así escogí regresar a la vida. Cuando viví por vez primera, siendo Gael me hice monje. Ayudé a quienes me necesitaron, visité a cientos de enfermos, gente cuya enfermedad ahuyentaba hasta a sus parientes. Los mediqué y recé por ellos. Caminé entre la miseria muchas veces y mi alma experimentó cierto alivio al ver que mi existencia no era vana. No fui un ser humano perfecto, cometí errores como todos, pero me sentía bien sabiendo que de alguna manera ayudaba al mundo. Pero escogí ese rumbo con pensamiento inocente, con un anhelo casi infantil: quería ver el rostro de Dios, de aquel ser al que el género humano ha dado tantos nombres y poderes. Todas las ocasiones en las que llegué a la entrada del Paraíso, fui recibido por Dios, pero con rostros conocidos. Veía mi cara en la de Él. Fue como si un espejo me diera la bienvenida y eso me entristeció. No puedo aceptar que Dios tenga el rostro de una persona llena de imperfecciones y defectos como yo y los demás muertos que conseguimos alcanzar el Cielo.

Vernath lo comprendió enseguida y no pudo evitar soltar una carcajada. El niño la miró sin entender qué pasaba y antes de que se sintiera ofendido, Vernath dijo:

– Él no muestra su rostro real a los humanos. Las intenciones que ustedes califican como buenas y sinceras, en realidad no lo son en su totalidad. Cada obra de caridad esconde deseos egoístas. Los sacerdotes, monjes, médicos, filósofos, escritores, emperadores, todos y cada uno de los seres humanos lo hacen. No puede mostrar su rostro real cuando ni siquiera las intenciones de ustedes lo son.

– ¿En verdad no existe alguno que lo haya hecho? ¿Ni uno sólo?

Vernath guardó silencio por unos segundos. Recordó la apuesta entre sus Hermanos y cómo Elí salió victorioso. Herbert Corbel había logrado hacer una buena obra, de verdad, aunque fue producto de un juego del cual él no estaba enterado. Pero no podía comentar ni un sólo detalle sobre aquello, por lo que se vio obligada a responder de manera diferente:

– No es que sea algo muy malo. Los humanos pueden vivir su vida como quieran, hacer lo que les plazca, siempre y cuando no dañen a su prójimo y lo respeten. Pero ustedes van por ahí, compitiendo, pisoteándose, matándose unos a otros, destruyendo su hogar por razones absurdas. Fuiste víctima de tu propia especie, también victimario en ocasiones y no me lo puedes negar. En todas tus visitas has sido recibido por Él, aunque con rostros diferentes y ¿ni una sola vez te preguntaste por qué lo hacía cuando pudo haber mandado a sus arcángeles a que lo hicieran en Su lugar?

El niño no habló. Fijó la vista llena de vergüenza hacia el manto que lo protegía y permaneció así hasta que Vernath volvió a hablar:

– Él no lo admite directamente. Sufrió mucho y lo sigue haciendo, pero todavía confía en ustedes lo suficiente para recibirlos en el Paraíso, no así para mostrarles Su rostro verdadero. Lo hará cuando sea oportuno. Así que vas a levantarte y trepar hasta llegar allá. Ya conoces cómo funcionan las cosas aquí. Si decides reencarnar o descansar por siempre es asunto tuyo.

– Pero, Señora. -dijo el niño, temblando- Usted me ha visto caer de mi árbol una y otra vez, estoy seguro de que sabe que lo hacía con intención.

Vernath lo observó un poco confundida.

– Ahora que lo pienso, he visto el Purgatorio ocho veces y siete la entrada al Paraíso, pero ni una sola vez el Infierno…

– ¡Alma estúpida! -gritó, enfurecida- ¡Vas a trepar ese árbol! Cualquiera entra al Infierno, pero nadie vuelve a salir de allí.

– Nadie, excepto yo.

Una voz masculina y agradable irrumpió en la conversación. Acercándose a ellos, prosiguió:

– Aunque me sentí humillado al darme cuenta de que cambié muchos detalles reales del Infierno mientras me dejaba llevar por el sueño. Ahora que lo pienso, también me pasó cuando llegué Aquí y lo mismo al pisar el Paraíso. Al final, sólo vi pequeñas partes verdaderas de tan vastos mundos, culpa mía sin duda.

– Tampoco fue tan humillante. Lo poco que viste de la realidad en nuestros dominios te ayudó bastante a adaptarte a tu nueva condición una vez que dejaste el mundo de los vivos.

– ¡Cuánta razón hay en sus palabras, Señora!

– ¿A qué se debe el honor de tu visita, Dante? -preguntó Vernath sin levantarse.

– Traje algunas almas y me sentí extrañado al no verla… -Dante posó los ojos en el niño que la acompañaba- ¡Yo te recuerdo! Te guíe hasta aquí cuando te llamabas Sabine.

El niño asintió, inclinando la cabeza con respeto. Dante dirigió de nuevo sus palabras a Vernath:

– Seré directo. Hace ya unos años que he notado cosas extrañas durante mis trabajos. Los Corbel, Samuel y Eloise… Hablando solos cuando cada quien va por su lado. Ninguno de ellos aparece en mi lista como psíquicos ni como pacientes con alucinaciones. Además; en todos los registros que poseemos sobre ese matrimonio han desaparecido varias páginas.

– ¿Azrael está enterado? -preguntó Vernath, sin mirarlo.

– Aún no… Al menos eso creo. Desde que estamos a su servicio no ha echado un vistazo a los registros. Confía en nuestro desempeño. Ninguno de nosotros ha tenido el valor suficiente para comunicárselo, pero creo que ya va siendo hora de que alguien lo haga y decidí ser yo quien lo hiciera por todos, al ser el más cercano a Él.

– ¿Quién más cercano a Azrael que Su Padre, Vernath y Yo?

Un aroma repugnante invadió el Purgatorio en cuestión de segundos. Luzbel apareció, cubierto de sangre y restos de carne putrefacta, sonriendo muy satisfecho.

– ¿Tanto te cuesta darte un baño antes de venir a mi casa? -preguntó Vernath muy molesta.

– Hay cadáveres destrozados en mi bañera, sumergidos en arcilla roja. Serán restaurados en breve para volver a sufrir, pero enteros. La cacería de hoy fue muy entretenida. Creo que la repetiré en otra ocasión.

Vernath se dirigió al niño que observaba a Luzbel con ojos muy abiertos, llenos de asombro.

– Éste que acaba de llegar, es Luzbel, ese que ustedes llaman el Diablo. No usa un disfraz, es su forma real, algo sucio, pero verdadero. ¿Querías conocer al Diablo? ¡Pues aquí lo tienes! ¿Aún deseas pasearte en sus tierras?

– ¿Éste niño es un reencarnado? -observó Luzbel y se dirigió al niño- ¿Y quieres conocer mi casa? ¡Eres bienvenido! Aunque somos demasiados, siempre hay lugar para otro más.

El niño, aterrado en su totalidad, comenzó a temblar y a sentirse asqueado con el olor que desprendía Luzbel.

– Se terminó el descanso. Vas a trepar ese árbol, sin mirar abajo. Ya sabes cómo es el asunto. -le ordenó Vernath.

El niño, tembloroso como estaba, corrió y comenzó a trepar. Ya no se detuvo en la primera rama, sino que continuó subiendo, sin detenerse, hasta que su figura se perdió en las alturas.

Vernath chasqueó los dedos y un torrente de agua cristalina empapó a Luzbel de pies a cabeza, dejándolo limpio en un instante.

– Ya cobraré venganza en otra oportunidad. -sonrió Luzbel, sacudiendo su cabello mojado- Vine hasta aquí al olfatear una parca llena de preguntas y preocupaciones.

– ¿Usted sabe lo que ocurre? -preguntó Dante.

– Puede que sí, puede que no, aunque no me vendría mal saber dónde está Azrael para cruzar algunas palabras con él.

– Me temo que no será posible para mí ayudarlos con eso. Desconozco su ubicación.

– No te preocupes, ya vendrá aquí en alguna ocasión. Debes marcharte, tienes trabajo por hacer. -ordenó Vernath, recogiendo su manto del suelo.

Dante inclinó la cabeza un poco, despidiéndose, y desapareció en un parpadeo.

Vernath sacudió el manto y se envolvió en él. Luzbel, exprimiendo su cabello empapado, preguntó:

– ¿Crees que pase mucho tiempo para que venga hasta aquí?

– ¿Para qué esperar? -añadió a su vez Vernath- Deja de jugar y vayamos a hacer una visita a Elí. Como buen padre debe conocer la ubicación de su hijo.

Luzbel dejó de exprimirse el cabello y algo disgustado, comentó:

– Mejor me quedo como estoy. ¿Para qué tanto esfuerzo? Si me mojarán de nuevo.

Herbert y los obsequios del Diablo VI – Infierno

En este capítulo aparecen los Tres Hermanos; cada uno en sus dominios, como personajes principales y algunas que otras criaturas como personajes secundarios. Se mencionan algunos detalles acerca del Infierno, Purgatorio y el Paraíso. Herbert no estará presente físicamente hasta el capítulo siguiente.

VI – Luzbel y el Infierno

– ¿Todos éstos llegaron de la misma forma?

– Los de la izquierda no. Esos fueron engañados.

– Hay que separarlos, están mezclándose con los demás.

– ¿Qué has dicho, Padre?

– ¡Que deben separarlos! ¡A los de la izquierda!… ¡Por un demonio! ¡Que alguien les arranque la lengua!

– ¿Que yo qué?

El Infierno estaba repleto de nuevos residentes. Luzbel, poniéndose al día con sus demonios, intentaba hacerse escuchar, pero los recién llegados eran ruidosos. Uno de ellos, con una visible actitud de superioridad, gritó, asqueado:

– ¡Juro por mi alma que nunca he pisado un agujero tan hediondo como éste!

Esta vez fueron los demonios quienes se pusieron a murmurar y soltar risotadas, confundiendo a los muertos, que observaban temerosos al hombre trajeado y de cabellera de fuego que se acercaba hacia ellos con paso sereno.

Luzbel se hizo paso entre los muertos y se colocó en las narices del que había gritado.

– En verdad el aire aquí es de lo peor. Sin embargo; uno se acostumbra al preocuparse por otras cosas, como permanecer entero por ejemplo. -comentó Luzbel, girando alrededor del sujeto quejumbroso- Veo que llevas muerto diez años.

– No llevé la cuenta. Es difícil hacerlo cuando obligan a uno a trepar inútilmente un árbol en un lugar tan sombrío y abarrotado de personas a las que no puedes ver y que gritan sin cesar. Agotado, me lancé a descansar, que es lo que los muertos deberíamos hacer. -se quejó el hombre.

– Y apareciste aquí poco después, entre todos estos, ¿no es así?

– ¡Exacto! El suelo comenzó a tragarme y la mujer que vi al llegar allí, se quedó mirando mientras la tierra me absorbía. ¡Y no hizo nada! ¡Maldita vagabunda!

Los demonios dejaron de reír. Luzbel abrió los ojos en su totalidad, cosa que tenía un sólo significado: estaba enojado.

El Diablo estaba furioso.

– ¿Alguien más detesta el aire de aquí?

Nadie habló. Luzbel, con sonrisa malvada, preguntó al hombre:

– ¿Quieres que te devuelva a la vida? Es la única forma en la que no tendrás que soportar este aire putrefacto.

– ¡Nada me haría más feliz! Pero ¿quién eres tú?

Luzbel chasqueó los dedos y el quejoso regresó a la vida. Pero apenas sintió vivos sus miembros, cayó al suelo. Se retorcía como un gusano al calor del fuego, abría los ojos hasta dejarlos casi fuera de sus órbitas, gemía y se rasguñaba la garganta.

Los demonios festejaron con saltos y silbidos. Los muertos comenzaron a correr como corderos en el campo, dispersándose por todo el Infierno, gritando y llorando.

– Todo en este lugar es veneno puro, en especial el aire. Pero no te preocupes, no vas a morir. En el Infierno nadie muere. Lastimosamente para ti, sufrirás los tormentos en cuerpo y alma, aunque será culpa tuya. Nadie te obligó a desear la vida en un sitio como éste. Además, en ningún momento dije que podrías salir. -dijo Luzbel al hombre. Luego se dirigió a los que huían abrumados- Recuerden que están en el Infierno. Tiene puertas de entrada, pero ninguna sirve para salir, no para ustedes. Pueden correr por toda la eternidad, no me importa. Llegaron aquí porque son la peor basura del vertedero, ¡almas débiles que no supieron valorar su oportunidad en el Purgatorio!

Guardó silencio por unos segundos y buscó con los ojos a su alrededor.

– ¡Moloch! -gritó enérgicamente.

Un demonio alado bajó hasta él. Tenía cuernos pequeños que apenas se notaban entre su cabello rizado y un aspecto similar a la de los humanos en su etapa adolescente, salvo por las orejas puntiagudas y los diminutos cuernos.

– ¿En qué puedo servirte, Padre? -preguntó servilmente.

– Quiero mi lanza.

Moloch la buscó y se la trajo en menos de un minuto. Una lanza de dos metros y medio, de oro puro y cuya punta afilada deslumbraba con su brillo a cualquiera que posara los ojos en ella.

Luzbel la tomó y, complacido, dijo:

– ¡La has limpiado de maravilla, Moloch, mi buen muchacho!

– ¿Lo haremos de nuevo?

Los ojos rojos de Moloch resplandecían por tanta emoción.

– Como en siglos pasados. -respondió con una sonrisa de oreja a oreja- ¡Iremos de cacería! ¡Más vale que tengan sus armas limpias!

Los demonios lanzaron un grito de triunfo que ponía los pelos de punta a quien los escuchara. Desfilaban con armas de todas clases y formas; todas de oro y diamantes relucientes.
Eran cientos de demonios. Moloch estaba al frente, con arco y flechas en mano, sonriendo y temblando de emoción como un niño al que llevan al parque por primera vez. Con él se encontraban Astaroth, Baphomet, Azazel y Asmodeo. Algunos tenían la apariencia de verdaderas bestias y otros la de un humano cualquiera, claro que con accesorios extra, como Moloch. ¡Era un verdadero espectáculo!

– ¿Por qué no traes tus armas, Astaroth? -preguntó Moloch.

– No las necesito. Me gusta ensuciarme las manos.

– ¡La dama usará las uñas! -rió Baphomet.

– ¡Guarda silencio, cabra estúpida! Puedo usarlas para cortarte esas pezuñas horribles que tienes. -respondió Astaroth con gesto amenazador.

– ¡Me encantaría! -exclamó y dio vuelta para dirigirse a los demonios de atrás- ¿Oyeron eso? Astaroth me dará un servicio completo de pedicure.

Los demonios estallaron en carcajadas.

– Ten cuidado, hermano. Podría rebanarte el cuello en plena cacería. Ya sabes, me emociono tanto que no encuentro diferencia entre las presas y mis hermanos cuando el olor de la sangre me cubre por completo.

– ¡Eso nos consta! -dijo Belcebú, enseñando horribles cicatrices en su cuerpo, obligando a otros demonios a enseñar las suyas.

– Iremos a cazar. El concurso de La Peor Cicatriz lo organizaremos en otra ocasión. -comentó Toth desde atrás.

– ¡Así se habla! -aplaudió Luzbel.

Todos los demonios guardaron silencio. Luzbel prosiguió:

– Ya saben cómo es esto. La cacería no empieza hasta que la primera presa caiga víctima de mi lanza. A los humanos les encanta el oro. ¡Y los diamantes ni se diga! Venderían a su madre al peor de ustedes por un puñado de esas cosas. Y nosotros, siendo tan bondadosos, se los vamos a dar gratis. ¿Quieren oro? ¡Tendrán oro! ¡Desgarren su carne hasta que el oro y su sangre se mezclen! ¡Cámbienles los ojos por diamantes y verán la riqueza eternamente!

El griterío era inmenso. Luzbel reía, pensando en que incluso en el Purgatorio los escuchaban.

– ¿Cómo espera que vean los diamantes si les sacaremos los ojos? –susurró Mephistus al que tenía al lado, pensando en que su Padre no lo oiría.

– ¡Te callas o al que arrancarán los ojos será a otro! –gritó Luzbel, mirándolo con furia asesina.

Se masajeó las sienes con impaciencia y prosiguió:

– Una cosa más. La presa es la escoria humana que llegó hasta aquí, no ustedes. Eviten herirse entre hermanos, recuerden que los humanos son ellos.

Astaroth cruzó los brazos, muy molesto. Baphomet rió entre dientes. Luzbel alzó su pesada lanza. Los demonios permanecieron atentos, como participantes de una maratón.
Esperó unos segundos hasta que tuvo a sus presas en la mira y la arrojó con tal fuerza que alcanzó kilómetros de distancia en menos de un segundo. Gritos desgarradores se oyeron de pronto y los demonios se lanzaron a la carga, dispersándose por todo el Infierno, volando quienes poseían alas, corriendo los que no tuvieron esa suerte.

Luzbel quedó solo. No tenía prisa por recoger su lanza. El altanero desdichado seguía retorciéndose a sus pies.

– ¿Y tú qué? -dijo Luzbel, burlándose y moviéndolo de un lado a otro con un pie- ¿No vas a unirte a la diversión? ¡El mismísimo Satán está invitándote! ¿O acaso estás muy ocupado?

Herbert y los obsequios del Diablo V

V

La vasija

Con violencia arrojó al suelo un puñado de tierra y se puso de pie. Caminaba en círculos, nervioso, rascándose la cabeza con ambas manos cubiertas de tierra. Observó el agujero y se puso a llorar. Luego de tres minutos, se arrodilló y secó sus lágrimas, ensuciando con barro su rostro pálido.

Metió las manos y, con sumo cuidado, retiró del agujero su dichosa recompensa; que resultó ser una vasija.

Pesaba mucho a pesar de tener el tamaño de un melón. Herbert dio por hecho que la tierra que la llenaba hasta el borde era la responsable. La examinó cautelosamente, haciéndola girar con lentitud usando sus manos. Parecía ser una vasija con cientos de años encima, tenía extrañas inscripciones que no pudo comprender y lo único que se le ocurrió a Herbert fue que podría venderla como lo que era: una antigüedad. La gente rica pagaba mucho dinero adquiriendo antigüedades; quizá alguien podría otorgar algo razonable por esa vasija.

No tenía pensado llevarla a casa pesada como estaba, llena de tierra. Dio vuelta la vasija y todo su contenido cayó al suelo. No sé molestó en ver lo que había caído, pero sí se fijó con curiosidad en el interior. En el fondo, en el centro mismo, un punto luminoso llamó su atención. Puso la vasija en el suelo y el punto seguía brillando. Metió la mano dentro, palpando cada rincón hasta que su dedo índice dio con el centro y sufrió un corte pequeño del que cayeron unas gotas de sangre cuando la retiró de inmediato, asustado.

Se llevó el dedo sucio de sangre y tierra a la boca y después lo limpió, frotándolo en su camisa. No pasó mucho cuando sus ojos se posaron en el montón de tierra que había caído de la vasija.

Algo resaltaba de manera extraña entre tanta suciedad. Con la mano y los dedos sanos, comenzó a esparcirla y, con gran asombro, descubrió que, entre el montoncito de tierra, se encontraban monedas de oro y piedras preciosas.

Herbert no cabía en sí de tanta alegría. Saltaba y bailaba alrededor de la vasija, tomaba puñados de hojas secas y las arrojaba al cielo. Oyó un ruido entre la hojarasca, que lo obligó a detenerse de inmediato. Con la vista barrió todo a su alrededor, temiendo encontrarse con alguien que quisiera arrebatarle lo que era suyo, pero no había nadie. Caminó lentamente, dirigiendo sus pasos hacia el lugar donde lo había escuchado. Ni siquiera una hormiga, sólo una enorme nuez en perfecto estado. La tomó y la guardó en el bolsillo de la camisa sin preguntarse de dónde había salido y regresó hasta la vasija y el oro.

Apartando las monedas y las piedras preciosas de la arena; comenzó a contarlas. Eran cien monedas de oro y veinte piezas entre las que halló esmeraldas, diamantes, rubíes y zafiros. Pensaba meterlos nuevamente en la vasija, pero no le fue posible.

Apenas intentó hacerlo, vio con gran sorpresa que la vasija estaba llena una vez más de oro y piedras preciosas.

Herbert no podía explicar lo que estaba pasando. La había vaciado, lo recordaba perfectamente. Pensó en descargar el contenido nuevamente para ver si se llenaba de tesoros una vez más, pero desistió antes de intentarlo. Si pasaba lo mismo; no tendría manera de llevar el oro sin llamar la atención.

– Sería tonto de mi parte buscar una explicación lógica y científica a lo que sucede con esta vasija. ¡Me la obsequió el Diablo! ¡Ja ja ja!

Mientras reía, guardaba el oro y las piedras en sus bolsillos. Al mismo tiempo observaba con atención, controlando que nadie estuviera cerca.

Se levantó con gran esfuerzo; la carga en sus bolsillos era algo molesta, pero también reconfortante. Con una mano sostenía sus pantalones, cuidando de no quedar con el trasero al aire libre. Con la otra llevaba la vasija, su pase directo a una vida sin necesidades.

Sonreía y avanzaba con tranquilidad absoluta. Ya no portaba consigo la rama que había utilizado para anticiparse a la presencia de las alimañas. No le importaban las serpientes ni los osos hambrientos. Herbert dejó de sentirse temeroso.

Encontró la primera recompensa. El Diablo no le había mentido. Y existía un segundo obsequio. La Muerte era motivo de preocupación para otros, no así para él.

Ahora Herbert se sabía rico e inmortal.

***

Tres en lo alto

– ¿Era necesario subir hasta aquí? -preguntó Vernath.

– Se tiene una excelente vista. -respondió Elí, acomodándose.

– Además, evitamos cualquier molestia. -añadió Luzbel, apartando un mechón de cabello de su frente.

Los Tres Hermanos se encontraban en lo alto de un árbol ubicado a unos metros del lugar donde Herbert cavaba. Elí tomó asiento en una rama gruesa, Luzbel permaneció de pie en otra rama, a la izquierda de Elí, apoyándose en el tronco áspero y, sentada a su lado, Vernath, con la vista puesta en Herbert.

– ¿Qué te sucede, Hermana? ¿Es el primer humano vivo que ves en milenios?

– En milenios, no. Pero en siglos, sí.

– ¿Has olvidado a Dante? -preguntó Elí.

– ¡Ah! ¡Es verdad! No pudo vernos, pero nosotros sí lo vimos a él. Fue sabio de parte de Azrael prepararlo en sueños y no físicamente, de otra manera hubiera muerto antes de tiempo.

– Pero el hombre creyó verte a tí antes de pasar a los dominios de Vernath.

– Se dejó llevar por los rumores que los de su especie habían esparcido desde antes. Me confundió con uno de mis hijos. ¿Por qué Azrael lo escogió para ser uno de sus servidores?

– La raza humana no es de sus criaturas favoritas. Escoge a sus servidores de acuerdo a su fuerza de voluntad…

– Como tú. -comentó Elí.

– Dante soportó muy bien el recorrido. Es la mano derecha de tu Hijo. No me sorprendería que fuese él quien le advierta sobre lo que está pasando. Y no le va a gustar ni un poco.- Vernath los miró a ambos por unos segundos y regresó los ojos hacia Herbert.

– ¡Deja ya eso! -exclamó Luzbel, agitando la mano izquierda con gesto despreocupado- Me encargaré de todo cuando…

– Creo que ya lo encontró. -interrumpió Elí, señalando al suelo.

Los Tres posaron los ojos sobre Herbert. Luzbel sonreía con aire triunfante, pero se le borró la sonrisa en un instante cuando vio la reacción del muchacho.

– ¿Qué fue lo que le diste? -preguntó Vernath.

– ¿Por qué está tan enojado? Incluso es posible olfatear el olor de su frustración. -continuó Elí.

– No se preocupen, todavía no sabe lo contento que se pondrá cuando lo descubra completamente. -respondió algo nervioso y, mirando hacia abajo, exclamó- ¡Deja de hacer berrinches y sácala del maldito agujero!

– ¡Mira! Creo que te escuchó porque lo acaba de hacer. -Elí lo tranquilizó.

– ¿Qué es eso? -Vernath lo vio y rió- ¿Es una cazuela? ¿Quieres que cocine frijoles cuando se la lleve a casa?

Elí soltó una carcajada y rápidamente respondió Luzbel:

– ¡Es una vasija! Y no cualquier vasija. Fue hecha con mis propias manos.

– Entonces será acertado de parte nuestra esperar una sorpresa.

– Me conoces bien, Hermano. No es algo complicado. Además de ser el mejor alfarero entre todo ser viviente y sobrenatural, soy un experto en hacer regalos y más si es para los humanos. Lo banal les encanta.

– Los conoces muy bien.

– No olvides que yo los diseñé. Elí les dio vida, Tú les diste un alma, pero prácticamente yo los hice. Además, si quieres obsequiarles algo; sólo debes preguntarte qué cosas no nos interesa. Lo que para nosotros es una nimiedad, para ellos es lo mejor que les puedes dar.

– Me quedó claro que los conoces, pero fue obra de los Tres, no sólo tuya.

– No te enojes, Hermana querida. Tanto Tú como Elí saben cómo me pongo cuando hablo de mis trabajos.

– ¡Le está sangrando el dedo! -exclamó Elí.

– La mezcla de la arcilla con su sangre desprende un aroma fuerte. Podría atraer a algún animal salvaje. ¿Era necesario?

– ¡Claro que sí! Al absorber su sangre, la vasija lo convierte en la única persona autorizada para sacarle provecho.

Herbert comenzó a saltar y a bailar de alegría. Luzbel sintió la satisfacción de hacer un buen regalo. No se le ocurrió mejor manera de festejar que ofreciendo nueces a sus Hermanos.

– Dejémoslo con el oro y las piedras preciosas. Traje las nueces más sabrosas que probarán en toda su existencia. Las coseché yo mismo de mi jardín.

– ¿Nueces del Infierno? No creí que fuera posible.

– Para mí no hay imposibles, Hermana.

Metió la mano en el bolsillo y sacó tres nueces. Una se la comió en ese instante, otra se la dio a Vernath y la última a Elí. Como se encontraba en otra rama, algo alejada de donde estaban ellos, se la lanzó. Elí no alcanzó a tomarla y la nuez cayó al suelo, haciendo un ruido.

Guardaron silencio, aún sabiendo que Herbert no podía oírlos. Vieron que se acercó hasta el árbol y que recogió la nuez. Cuando regresó hasta la vasija, Elí exclamó:

– ¡Arrójala bien la próxima vez!

– No te preocupes, tengo más en el bolsillo. Las comeremos en el camino de regreso.

Herbert había recogido todo y estaba marchándose, descuidadamente, cosa que desagradó a Vernath.

– Está empezando y no es bueno. La burla está allí. Acaba de pisar a una serpiente y no se dio cuenta.

– Ni siquiera tiene un veneno fuerte.

– Pero él no lo sabe. No resistirá la inmortalidad. Lo peor es que tiene una concepción incorrecta de lo que implica.

– Lo entenderá a medida que pasen los años. Y recordará que yo se lo advertí. Pero ya es hora de irnos. El espectáculo ya pasó.

En un parpadeo, los Tres se encontraban en el suelo, caminando por senderos desconocidos para los vivos. Llegaron al Purgatorio y Luzbel, lanzando un suspiro de agotamiento, preguntó:

– ¿Qué haremos ahora?

– Nuestro trabajo, al menos yo sí lo haré. Mira cuántas almas llegaron mientras perdía el tiempo con ustedes.

– Nosotros no perdemos el tiempo, Vernath. No tenemos nada que perder, ni siquiera tiempo. -añadió Elí y señalando al cielo, prosiguió- Debo regresar. Creo que tendré visitas.

– Eso parece. -Luzbel alzó la vista y sonrió- ¡Vaya! Alguien lo ha entendido. Espero no se le ocurra gritar la respuesta a estos desdichados. Me arruinaría la diversión.

Elí y Luzbel se disponían a retirarse, cuando de repente Vernath dijo:

– 2012.

Luzbel exclamó entre risas, señalando a Elí:

– ¡Hombre de poca fe!

Los Hermanos lo comprendieron y sonrieron. La apuesta pasó de tener dos participantes a tres, cosa que jamás había pasado.

Imagen tomada de internet. Créditos a quien corresponda.

Herbert y los obsequios del Diablo IV

IV

Los zapatos del bosque

Corriendo sin descanso; llegó al bosque y se detuvo. No era un buen lugar para andar con total descuido, saltando como una cabra de aquí para allá. En todos los bosques se encuentran animales con distintos niveles de peligrosidad. Desde serpientes venenosas a osos grises, dependiendo del país, claro está.

Herbert tenía conocimiento de la existencia de animales ponzoñosos en aquel espacio verde poco transitado por el hombre, también de la presencia de osos y de algún que otro puma que, en época de escasez, abandonaba el hogar para atacar el ganado de alguna granja cercana. En ocasiones pasadas vio con claridad un zorro muy hermoso persiguiendo a una liebre; en tiempos donde acompañaba a su padre a buscar leña para el fogón. A él no le daban miedo los zorros, pero sí se cuidaba de los osos y los pumas, ni qué decir de las serpientes que acostumbraban a refugiarse entre la hojarasca. Esa capacidad para camuflarse en cualquier espacio que tienen los reptiles, especialmente las serpientes, era algo que aún impresionaba en demasía a Herbert. Lo impresionaba y lo atemorizaba.

Caminó con cuidado, pisando con suavidad la alfombra de hojas. A unos metros, encontró una rama seca, casi tan larga como sus piernas y comenzó a escudriñar el terreno con ella. Era más práctico que dar un paso por minuto para evitar pisar serpientes.

No eran muchas las personas capaces de caminar sin perderse por el bosque. Herbert era uno, otro, su padre. Conocía ese lugar tan bien como su casa, aunque llevaba tiempo sin visitarlo. De lo único que debía cuidarse era de los animales. Si en algún momento se sintiera extraviado, ya encontraría el camino guiándose por la posición del sol o de los musgos en los árboles que crecían en una dirección determinada; como hacían los cazadores.

Pensaba en lo que había pasado en el invierno de 1900 y en el hombre extraño. Si en aquel entonces acabó convenciéndose de haberlo soñado, ahora rogaba que todo fuera real. Rezaba fervientemente porque su mente no estuviera en un error.

Si recordaba bien las palabras del hombre, no era descabellado suponer que la recompensa consistía en un baúl enorme repleto de oro o algo parecido. Deseaba tanto que fuera cierto que si tuviera poderes mágicos habría baúles llenos de oro por todo el bosque.

Rezó una vez más mientras apartaba las hojas con la rama y cayó al suelo, de repente. Recordó que el hombre, antes de hacerse humo, dijo que era el Diablo.

– ¡Y yo aquí rezando! ¡Soy un estúpido! -dijo en voz alta, confiando en que nadie estaba cerca para escucharlo.

Se quedó allí, tumbado por unos minutos sobre el colchón de hojas. Su mente era un torbellino que iba de un lado a otro. ¿Qué debería hacer?¿Aceptar el regalo en caso de hallarlo u olvidar todo y regresar por donde había venido?

– ¡Dios mío! ¡Hice un trato con el Diablo! Pero de eso ya pasaron cinco años. ¿Y si la recompensa ya no está? ¿Y si alguien más lo encontró hace tiempo?

Rascó su cabeza con nerviosismo y se puso de pie. Resignado, se sacudió los pantalones, juntó las manos y, mirando al cielo, dijo:

– ¡Perdóname Dios! Pero voy a buscar la recompensa y la aceptaré si la encuentro. No fui al la estación, falté al trabajo. A estas alturas es un hecho que estoy despedido. Si es como pienso; mi familia y yo estaremos bien y no nos faltará el pan jamás. Me he condenado a las llamas del infierno como un idiota, pero al menos deja que ayude a mi familia con lo que funestamente me he ganado.

Y retomando el camino, fue a buscar la recompensa, el obsequio que el Diablo otorgó a su buena voluntad.

Buscó durante horas en cada rincón alguna cosa que le recordara al Diablo, al ser que se le presentó en forma de hombre.

Una flor cuyo color semejara a sus cabellos.

Un pájaro cuyo canto le recordara a su risa.

Nueces, alguna cinta negra como la que sostenía su cola de caballo… pero no encontró nada.

Se había adentrado tanto en el bosque; tanto que ya alcanzaba a encontrarse con algunos zorros y a sus oídos llegaba el sonido de las aguas del riachuelo que dividía el bosque en dos mitades.

Herbert, sediento como estaba, apresuró el paso en dirección al riachuelo. Al llegar, sumergió la cabeza entera en las frías aguas y bebió tragos grandes hasta saciarse. Cuando tuvo suficiente tomó aire y se sacudió los cabellos mojados, más animado y dispuesto a seguir con su búsqueda.

Llevaba por delante a la rama, como si estuviera paseando a un perro invisible y se detuvo de golpe. La rama se había quedado clavada en el suelo húmedo y él, por el impulso, la atropelló y se lastimó el estómago.

Se frotó la zona dolorida, quejándose de su torpeza y agarró la rama, inclinada y fija en el suelo, y tiró de ella hacia arriba, semejante a una caña de pescar.

Un zapato colgaba en la punta de la rama y Herbert se echó a reír.

El Diablo no tenía zapatos.

Tiró la rama y se lanzó al suelo. Apartando algunas hojas y barro, encontró el otro par. Rió con alegría mientras cavaba, clavando las uñas, retirando puñados de tierra mojada, ansioso con lo que podría hallar.

Cuando el agujero se hizo profundo; sus manos golpearon algo sólido. Los ojos de Herbert estuvieron a punto de salir de sus órbitas cuando vieron que aquello que había tocado con sus manos no era una piedra como lo hubiera pensado cualquiera.

– ¡¿Qué demonios!? -exclamó estupefacto.

La búsqueda había llegado a su fin.

***

En el Purgatorio II

– Nos gusta jugar, ya lo sabes. En esta ocasión, mas que jugar, fue una apuesta.

– Déjame adivinar; el de la idea fuiste tú.

Vernath escuchaba a sus Hermanos y al mismo tiempo controlaba la situación de sus dominios.

– ¡Exacto! -exclamó Luzbel- Tan perspicaz como siempre, Hermana. Es divertido hacer apuestas, aunque esta vez no lo tenía planeado.

– Sucedió hace años, creo que veinte. Dije que entre los humanos era posible hallar alguno que todavía fuese bueno de verdad. Luzbel dijo que estaba en un error y yo seguí defendiendo mi postura.

– Sentí que era necesario demostrarle el error en que se encontraba y le aseguré que lo haría cambiar de parecer. Fue cuando se me ocurrió apostar sobre quién tenía razón y quién estaba equivocado. Suena aburrido, incluso tonto, pero es divertido cuando llega a su final.

Mientras hablaban, más almas llegaban al Purgatorio en compañía de las parcas que las habían cosechado. El Ángel de la Muerte, conocido como Azrael, apareció entre sus servidores con un centenar de nuevos muertos. Luzbel guardó silencio al verlo y sonrió. Azrael, viendo a los Tres Hermanos, entre ellos a su Padre, inclinó la cabeza con respeto y desapareció.

Vernath, percatándose de lo que sucedía, preguntó:

– ¿Azrael sabe que existe un humano inmortal caminando en por ahí, burlándose inconscientemente de su poder?

– No lo sabe, pero no tardará en darse cuenta. Me haré cargo cuando eso suceda. -respondió Elí.

– Estás dejando que un humano se ría de tu Hijo.

– ¡Eso suena cruel! -intervino Luzbel- Pero creo que no es necesario pedirte de favor que no se lo menciones. Llegado el momento, asumiré mi responsabilidad. Y no vas a meterte, Elí.

– Espero que no sea necesario llegar a eso.

– ¡Ya basta! -exclamó impaciente Vernath y dirigió la mirada a Luzbel- Aún no has explicado cómo llegaste a tal extremo.

Luzbel se frotó las sienes y continuó:

– No hay mucho que añadir a la historia. Apostamos y Elí ganó.

– ¿Qué ganó? ¿Qué ganan en sus apuestas?

– La satisfacción de tener razón.

Vernath estalló en carcajadas.

– ¿Qué esperabas? El oro y las riquezas son cosas valiosas para los humanos, no para nosotros. -dijo Elí.

– ¿Era necesario darle la inmortalidad? -preguntó Vernath, adoptando la seriedad de siempre.

– No voy a mentir. Cuando lo vi venir, ya era tarde. Mis advertencias no surtieron efecto.

Elí parecía ausente. Parecía concentrarse en otra cosa. Vernath, comprendiendo lo que pasaba, preguntó:

– ¿Por fin hay alguien diciendo algo interesante y sincero en sus oraciones?

– Herbert está pidiéndome perdón. En verdad cree que hizo un trato con Luzbel.

Éste rió al escucharlo y dijo:

– Me pregunto si alguna vez dejarán de creer esa tontería.

– Por fin ha decidido aceptar tu regalo. Lo buscará ahora mismo.

Luzbel pareció alegrarse de aquello y rápidamente se puso de pie.

– ¡Hay que ir! ¡Rápido! Es algo que no querrán perderse. Es el mejor regalo que un humano podría recibir… Bueno, uno de los mejores… Pero ¿qué hacen? ¡Vayamos a ver!

Elí se levantó y se dirigió a Vernath:

– Ven con nosotros. Será sólo un momento.

– No creo que sea necesario que los acompañe…

– Irás y punto. -dijo Luzbel, agarrándola del brazo- No te preocupes por esos, ya están muertos.

Vernath, suspirando, acompañó a sus Hermanos al mundo de los vivos.

Antes de abandonar sus dominios, preguntó:

– ¿Es posible que hayan hecho otra apuesta respecto a eso?

Luzbel, con picardía, respondió:

– ¿Tú qué crees?

Herbert y los obsequios del Diablo III

III

1905 – Los recuerdos del invierno

La plaga de la tuberculosis dejó cientos de víctimas mortales a su paso antes de esfumarse por completo del pueblo.

Eran muchos los que aún lloraban a sus muertos; mientras que otros lamentaban su mala fortuna. Uno de ellos, el señor Corbel. A sus cincuenta años pasó a formar parte de la extensa lista de desempleados tras la plaga. No hubo quien se hiciera cargo de la panadería. Los dueños, muertos a causa de la tuberculosis, no tuvieron hijos. El Gobierno tomó posesión del negocio y pagó a cada empleado una considerable cantidad de dinero a modo de indemnización.

El dinero, como es sabido, no es eterno ni se multiplica por arte de magia… Pero, eso sí, se acaba en un abrir y cerrar de ojos, con un chasquido, en un santiamén. Y con una familia que mantener y sin buen ojo para las inversiones y los negocios, el dinero se esfuma con más rapidez: La descripción exacta de la situación de los Corbel.

El dinero que recibió el señor Corbel ayudó durante un año luego de haber desaparecido la plaga, pero se había acabado hace meses y el peso de la manutención familiar recayó por completo sobre los hombros de Herbert.

Su salario sirvió para que el hambre se mantuviera lejos de la casa, pero apenas llegaba a fin de mes. En más de una ocasión se vio obligado a echar mano de sus ahorros, muy a su pesar, pensando en que si las cosas continuaban así, Herbert jamás podría pisar la universidad ni darle una vida digna a sus padres.

No quería patrullar la estación de trenes hasta hacerse viejo, pero era lo que le esperaba si no encontraba otra manera de conseguir dinero para reponer sus ahorros y asegurarse una mejor vida.

Esa noche; luego de ducharse y cenar, salió a la oscuridad reinante a dar un paseo por los alrededores de la casa. Hacía calor pero, de vez en cuando, una brisa fresca lo rozaba y Herbert sentía alivio. Cuando llegó cerca de la puerta trasera, la que daba a la cocina, una serie de imágenes transitaron por su mente. Escasos segundos bastaron para revivir aquel invierno de 1900, de cómo había perdido a su mejor amigo en un accidente, del temor excesivo que tenía de morir joven. Recordó que estuvo a punto de volverse loco y rió de sí mismo por unos minutos.

Luego se vio parado en ese mismo lugar, no recordaba muy bien por qué, pero en ese recuerdo vio a un hombre riendo. La imagen duró poco y una comezón repentina se hizo sentir en la cabeza de Herbert.

¿Quién era ese hombre? No lo recordaba muy bien, pero pensar en él hacía que se le erizaran los vellos de la nuca, como si lo tuviera detrás. Herbert se metió a su habitación, casi corriendo. Cerró las ventanas a pesar del calor sofocante y se rindió al sueño.

A la mañana siguiente; despertó con la sensación de haber olvidado algo importante. Un enorme vacío le causaba molestias en el pecho, cosa que lo extrañó enormemente. Desayunó rápido, empujando los trozos de pan en su garganta con grandes tragos de leche tibia. No entendía el porqué se apresuraba, sólo necesitaba salir de allí en ese instante, corriendo veloz y no al trabajo precisamente.

Saldría corriendo en cualquier momento, pero no sabía a dónde.

Cuando llegó a la puerta, su madre preguntó:

– ¿Entregarás a algún delincuente buscado por la justicia? Deja eso a la policía, no vaya a ser que te maten.

– ¡No haré semejante cosa! -respondió, confundido.

– Entonces, ¿a qué recompensa te referías? Murmurabas, pero escuché perfectamente la palabra “recompensa” salir de tu boca, poco después de meterte a tu habitación por la noche.

Herbert, como si un haz de luz espantara a las tinieblas del olvido en su mente, abrió los ojos hasta donde le fue posible, besó a su madre en la frente y se alejó, corriendo, rumbo al bosque.

El hombre que vio la noche anterior entre sus recuerdos, el que estaba riendo, apareció en sus sueños junto con todo lo ocurrido aquella mañana de invierno, cinco años atrás.

***

En el Purgatorio

– ¿Era necesario hacer eso con el padre Fleng?

– ¿Jugar con su lujuria? ¡Claro que sí! Sabía que era un degenerado, pero no creí que haría semejantes cosas con una almohada. No me reía tanto desde el escupitajo del Perro*.

– Fue muy exagerado. Rayando lo absurdo.

– Nada de eso. Soy el Diablo, hago este tipo de cosas, incluso peores. Fue divertido, también reíste, yo lo vi.

– Pero está muerto.

– Fue cuando dejaste de reír. ¿Cómo iba a saber que habría un escorpión dentro de la almohada? Además, también lo viste. Iba a morir en ese instante de todas formas y por culpa de un escorpión. ¡Hasta Azrael lo confirmó! ¡Estaba escrito en su libro!

De esta guisa iban conversando los Hermanos; Dios y el Diablo, mientras caminaban a paso lento en medio de lo que parecía un bosque de cuentos de hadas. Irlanda y todo lo conocido por los humanos quedaban muy atrás, como un recuerdo lejano.

– ¿Por qué estamos en el Purgatorio? -preguntó Luzbel.

– Vernath quiere vernos.

– Creo que es necesario que nos preparemos para lo que sea. Los llamados de nuestra Hermana nunca…

– Lo sé, nunca son para invitarnos a tomar el té. -dijo Elí con una sonrisa.

Llegaron hasta un montón de árboles extremadamente altos. Eran millones de ellos, cosa que no podía verse en un bosque cualquiera ni en sus mejores épocas. En medio de todo, una mujer de cabello oscuro, largo hasta las rodillas, vestida de negro y con los pies descalzos, permanecía quieta, mirando a las copas de los árboles, esperando. Al verla, Luzbel tomó del brazo a Elí, obligándolo a caminar más lento y la mujer, al percatarse de ello, les dijo:

– Deberían venir corriendo, así esto terminará pronto y cada quien regresará a sus asuntos.

– ¿Qué tienes en contra del suspenso, Hermana querida? -añadió entre risas Luzbel.

Al entrar a la arboleda de troncos altos, comenzaron a caer personas de las matas, lanzando gritos desgarradores, estrellándose como bolsas de arena en medio de la hojarasca. Uno de ellos aterrizó sobre Luzbel, semejante a una bala de cañón.

Elí lo ayudó a ponerse en pie, sin inmutarse. Un ser humano hubiera muerto con un impacto semejante, pero ninguno de ellos lo era. Tampoco importaba el hombre que había caído del árbol. Estaba en el Purgatorio, lo que significaba que ya había muerto antes.

El Purgatorio recibía a las almas y Vernath, la señora de ese lugar, las sometía a una especie de último examen. Dependiendo de los resultados, se decidía su última morada: el Paraíso o el Infierno.

Luzbel, sacudiendo las hojas muertas de su traje y apartando con una patada al que se había estrellado contra él, se colocó frente a Vernath en un parpadeo, dejando atrás a Elí. Se vieron durante un minuto directo a los ojos. Luzbel, rompiendo el silencio, dijo con total calma:

– Tengo un buen sentido del humor. También un límite que nadie debería cruzar, ni siquiera tú. No vuelvas a hacerlo.

– Lo mismo digo. -respondió Vernath, sin dejar de mirar el rostro de su Hermano.

Permanecieron en silencio nuevamente, por escasos segundos y Luzbel, abrazándola, dijo:

– Ha pasado tiempo. Estar entre muertos no te ha venido bien. ¡Necesitas más contacto de tus Hermanos! ¡Ven aquí, Elí, y dale un abrazo!

– Si necesitara este tipo de contacto humano, iría al mundo de los vivos a abrazar al primer ser que se me atraviese. Pasar tanto tiempo en el mundo de los humanos ha tenido sus efectos en ustedes.

– Deja de molestarla. -dijo Elí, acercándose a ellos- Gusto en verte de nuevo, Hermana.

Vernath inclinó levemente la cabeza, indicando sin palabras que también se alegraba de verlos. Tenía sus maneras de mostrar alguna emoción, pero no era algo que un humano pudiera interpretar.

– ¿Por qué otorgaron la inmortalidad a Herbert Corbel? -preguntó Vernath sin dar vueltas.

– Siempre directo al punto. Ojalá todos fueran como tú. -añadió Luzbel- Pero estás equivocada, Hermana. El que lo hizo fui yo.

– Elí lo vio y no hizo algo para evitarlo. Está envuelto en este asunto tanto como tú.

Elí, saliendo fuera de la arboleda donde caían los muertos, tomó asiento en el suelo. Vernath y Luzbel se le acercaron e hicieron lo mismo. Era más cómodo charlar sentados, aunque el ambiente era peculiar. En lugar de escuchar el canto de las aves o el aullido de algún animal salvaje; en el bosque del Purgatorio sólo se oía el crujir de las ramas que se rompían, acompañado por los gritos desgarradores de los muertos que estaban siendo sometidos a su última prueba.

*Alusión al escupitajo de Diógenes, a quien habían invitado a comer en una mansión, advirtiéndole que no escupiera en el suelo, a lo cual Diógenes respondió escupiendo al rostro del dueño, diciendo que no había un sitio más sucio donde hacerlo.

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