Laguna Mental 

Luisa no entendía por qué la casa de Doña Casilda se encontraba en total quietud a esas alturas.

El cumpleaños de su padre había llegado y no la había oído aplaudir frente al portón como acostumbraba cada año. Bien temprano por la mañana, con su camisón floreado y su cabello hecho un ovillo detrás de la cabeza, atado con un cordel casi tan viejo como ella.

Doña Casilda; la única vecina en todo el barrio quien montaba el pesebre para despedir el año, no como los demás que lo armaban para dar la bienvenida a la Navidad.

La única que vendía petardos todo el año a precios bajos para asegurarse la mayor cantidad de clientes.

La única que se ofrecía a preparar la sopa en el tatakua de su casa cada vez que el padre de Luisa cumplía años.

La única que siempre despertaba a la familia entera en esas fechas; chocando las palmas con mucha fuerza y precisión a pesar de tener Parkinson.

Doña Casilda era la madrina de bautismo del cumpleañero. Su segunda madre como decía con frecuencia, la segunda abuela paterna como se refería a ella Luisa.

¿Qué pasó con ella? ¿Por qué no la había despertado con sus fuertes palmadas? Luisa no lo sabía. Recordó repentinamente que no la veía desde el mes pasado y aquello la extrañó más de la cuenta.

¿Cómo prepararían la ensalada de frutas sin el balde de diez litros que Doña Casilda prestaba a la madre de Luisa? Era el postre predilecto de la familia después del banquete de cumpleaños y no existía un recipiente mejor para guardarlo que el balde de diez litros de Doña Casilda, el de color rojo, porque el azul lo utilizaba ella para lavar su escasa ropa cada mañana, bajo la sombra del mango en su patio trasero, fregando con fuerza, con sus arrugadas y manchadas manos metidas dentro del balde azul repleto de agua jabonosa.

Luisa pensó en que su madre probablemente sabría qué ocurrió con Doña Casilda, por qué ya no aparecía por el barrio, a dónde habría ido, por lo que salió corriendo del dormitorio y se dirigió a la cocina con intenciones de preguntarle directamente.

Pero se detuvo en seco al pasar por el comedor, donde olfateó en el aire el aroma de las rosas blancas que había en un florero de arcilla sobre la mesa. El olor le revolvió los recuerdos a tal punto que no fue necesario interrogar a su madre.

Luisa recordó la última vez que vio a Doña Casilda: saliendo de su casa una tarde, acompañada por una caravana de luto, protegida del sol, dentro de un ataúd.

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Señales confusas con un toque de paranoia

Zulema estaba nerviosa. Tamborileaba con sus largos dedos sobre la mesa cuyo mantel desteñido no amortiguaba el aterrizaje ansioso de sus uñas recién pintadas de un verde agua muy bonito. El repiqueteo constante de sus uñas sobre la mesa hacía girar algunas cabezas a su alrededor, que la observaban por unos segundos para luego regresar sobre sus platos y tazas de café.

Y él no llegaba. Zulema no era muy paciente, pero necesitaba aclarar algunas cuestiones con el hombre que amaba y si para hacerlo debía esperar y desafiar los límites de su escasa paciencia, lo haría.

Tres semanas atrás descubrió que Gabriel, el hombre de su vida, le había mentido. Como buen novio, iba a visitarla cada martes, jueves y sábado, pero llegó un jueves donde Gabriel no se presentó en su casa. La llamó al celular para disculparse una hora después. Dijo que tenía un encargo de su jefe y debía terminarlo: “me pagará horas extras” comentó, como si a ella le importara verlo con billetes en la mano.

Zulema había aceptado las disculpas. Deseó que el encargo no fuera tan agotador para Gabriel y se preparó para dar una vuelta por el centro. 

Tuvo antojos de ir al cine. Nunca fue a uno durante la noche, pero necesitaba matar el tiempo de alguna forma que no fuera permanecer en casa. Subió a su auto y se alejó por las calles iluminadas por los alumbrados públicos.

Cuando se detuvo frente a un semáforo; miró por la ventana. Vio a un grupo de hombres y mujeres comiendo pizza en la vereda de un copetín. Su amado Gabriel se encontraba en aquel grupo, riendo y comiendo. “Ojalá mi jefe me encargara algo así” se dijo Zulema un poco molesta por haber sido engañada. Para comprobar que aquello no era una alucinación causada por el estrés o  cualquier otra cosa, probó llamarlo al celular. El aparato estaba sonando y ella miraba por la ventanilla. Cuando vio que Gabriel sacó el celular para atenderlo, Zulema cortó la llamada y cruzó la luz verde del semáforo.

Durante los días que sí fue a visitarla, ella no mencionó nada sobre lo que había visto y él tampoco. Habían hablado sobre la película que ella fue a ver la noche que él le mintió, pero nada más. Zulema quería esperar un poco para sacar el tema a la luz.

Pero tres semanas habían pasado y su ansiedad le gritaba que ya era suficiente. Pidió que el sábado no fuera a visitarla, que cambiaran la rutina y almorzaran juntos el domingo en su cafetería favorita. 

La hora de poner las cartas sobre la mesa había llegado.

“Si te mienten una vez, te mentirán dos veces y así hasta convertirse en costumbre” era lo que decía su hermana cuando hablaba de la gente mentirosa y Zulema encontraba ese dicho como el más acertado del mundo.

No es que haya sido pillado mientras besaba a otra mujer, eso no ocurrió… Pero podría pasar en cualquier momento. ¿Quién le aseguraba que él sería fiel eternamente? ¿Quién podría jurarle que aún no había pasado?

Desde entonces; la mente de Zulema daba vueltas al asunto de una manera exagerada, paranoica, robándose a sí misma la tranquilidad.

Gabriel entró a la cafetería. Zulema lo vio llegar y durante unos segundos no se dejó notar. Luego de resolver continuar con aquello, levantó el brazo y lo agitó, atrayendo su atención. Gabriel la vio y se acercó a ella. Se agachó con intención de darle un beso, pero ella giró la cabeza en otra dirección.

“Esto se va a poner feo” pensó él, recordando una frase homérica y no precisamente del autor de la Ilíada y la Odisea.

Tomó asiento frente a ella y preguntó por qué no lo había esperado para llegar juntos.

“Pregunta incorrecta. La opción válida era un: ¿Sucede algo?” pensó Zulema, clavando los ojos en él.

– Si tus ojos fueran puñales, estaría desangrándome ahora o ¿me equivoco? -dijo Gabriel, depositando sus manos sobre la mesa.

– ¿Tú qué crees? -respondió con frialdad.

– No creo nada, soy ateo. -intentó bromear, pero ella no se reía.

– ¿Por qué me mentiste? -soltó Zulema sin más.

Él se quedó sin saber qué decir. “Estás en un campo minado. Cualquier cosa que hagas, detonará una bomba y volarás en pedazos” pensó y sus manos empezaron a sudar.

– Sé perfectamente que tu jefe no te encargó nada y que fuiste a reunirte con tus amigos. -añadió con visible enojo.

– ¡De eso ya pasaron tres semanas! ¿Por qué lo sacas ahora?

– ¡Responde a mi pregunta! -gritó y notó que la voz le salía más potente que antes y que la gente la estaba mirando.

Intentó serenarse. Aspiró el aire, lo exhaló. Calmó un poco sus nervios, silenció su mente paranoica por unos segundos.

– Creí que te molestaría que quisiera reunirme con ellos justo la noche que tocaba ir a visitarte. Discúlpame, por favor. – intentó excusarse, pero sabía que no era suficiente y que la cosa no se pondría fea, sino muy fea, horrible.

– ¿Por qué pensaste eso? ¿Por quién me tomas? Sólo tenías que decirlo, no era necesario que me mintieras.

– ¿Eso crees? Mírate, estás furiosa…

– ¡Estoy furiosa porque me viste la cara! Odio que me mientan, lo sabes muy bien.

– Soy un tonto, perdóname.

– ¿Acaso ya no me quieres? -sollozó Zulema.

– ¡Claro que te quiero! -respondió con desesperación.

“¡¿Qué rayos!?” pensó Zulema al verlo negar con la cabeza mientras decía que aún la quería. “¿Estará mintiendo y su cuerpo inconscientemente lo está delatando?”. Nunca llegó a entender por qué una persona afirmaba una cosa con la boca y con la cabeza lo negaba, ya vio casos así antes y ahora lo estaba viendo de nuevo. Pero en esta ocasión, su mente pensó comprenderlo: por la boca se dice algo, pero el cuerpo dice otra cosa. La boca miente, el cuerpo delata.

– ¿No me estás mintiendo? Si me quisieras de verdad, no me habrías engañado. -añadió, con los ojos bien abiertos, aguardando a ver cómo negaba con la cabeza mientras respondía.

Él le tomó las manos, comenzó a acariciarlas. Ella estuvo a punto de proponerse olvidar todo, besarlo apasionadamente y fingir que nada pasó; pero en su mente aún estaba encendido un cartel luminoso en el que podía leer: ALERTA! PELIGRO!

– Sólo cometí ese error una vez, te lo juro. Te quiero, Zulema. Te querré siempre, puedes estar segura de mis sentimientos.

Y ahí estaba ese maldito movimiento de cabeza que decía NO. ¿Qué necesidad había de mover la cabeza de un lado a otro para hablar? “No es cierto, no estés segura” ¿Eso era lo que quería decir realmente?

Zulema ya no lo soportaba. Con la boca decía una cosa, con la cabeza otra, con las manos, los ojos, la nariz… ¡Maldita sea! ¡La sacaba de quicio!

Se puso de pie con toda la tranquilidad posible para no armar un escándalo innecesario. Se agachó levemente y le susurró:

– No dejaré que se te vuelva costumbre. A mí ya no me vas a mentir más.

Tomó su bolso y a él se le aceleró el corazón. Por un instante pensó en la posibilidad de que ella trajera una pistola. Pero Zulema sacó un billete de cien mil y lo depositó en la mesa.

– Pide lo que puedas pagar con este billete. Esta vez, pagaré yo. No vuelvas a cruzarte jamás en mi vida. -dijo con una voz tan tranquila y segura que hasta ella se sorprendió.

Lo dejó solo y se retiró. Cuando llegó a la puerta de la cafetería, vio a dos mujeres conversando:

– ¡Claro que siempre podrás contar con mi apoyo! -dijo una a la otra mientras reía y la cabeza hacía lo suyo, moviéndose en negación.

Zulema rió y se acercó a la otra:

– Está mintiendo, no le creas.

Habiendo dicho eso; abandonó el local, riendo y llorando a su vez.

Su risa hacía creer que se divertía por algo y sus ojos húmedos demostraban algo diferente. La delataban completamente.

El Prófugo y la Cabra: La Víspera

La noche buena llegó al igual que algunos cadáveres ansiosos por recibir cristiana sepultura. El único que no había llegado era Silvestre y, sin ese viejo perro, Gregorio sentía la soledad como un espectro que le rozaba la espalda a sus anchas.

Gregorio, el guardia del viejo cementerio, no tenía un hogar fuera del campo santo, tampoco familia además de Silvestre, quien desde la visita de Caló, el prófugo que consiguió degollar a la cabra más astuta que había visto en su vida a cambio de no ser entregado a la policía, no había regresado a su lado.

El banquete de lujo que estaba a punto de prepararse tendría que devorarlo sólo. Gregorio no era un miserable que odiaba convidar un poco de su comida, pero Silvestre no estaba para acompañarlo y los cadáveres del cementerio no eran muy sociables. Jamás se dignaron a abandonar sus tumbas para ofrecerle una buena conversación, ni siquiera compañía. Permanecían silenciosos todo el día los muy haraganes.

A Silvestre lo dio por muerto hace meses. Imaginaba que se había perdido en el monte y que alguna serpiente venenosa fue capaz de clavarle los dientes en un descuido fatal.

Sin embargo, una parte de él, la que lo consideraba su única familia, a veces le dejaba un plato con agua cerca del antiguo portón, con la mirada perdida en el horizonte, aguardando a que apareciera su fantasma al menos. Porque para Gregorio, los animales tienen un alma, al igual que cualquier humano, y si se tiene un alma es probable que al morir ascienda al cielo o baje al infierno, o bien, regrese como un alma en pena, un fantasma, una aparición.

Pero de Silvestre no ha recibido aullidos espectrales, ni peste de osamentas ni fantasma.

Caló, por su parte, permanecía tras las rejas nuevamente. Una vez que abandonó el cementerio con los pantalones de Gregorio, fue a su casa y luego de ver llorar a su madre mientras le rogaba que regresara a la cárcel para que su situación no empeorara, se entregó a la justicia.

Además, tenía otro asunto que no lo dejaba tranquilo y que le rondaba la cabeza cada instante: el asesinato de Silvestre. No pudo matar a la maldita cabra, pero sí al perro de Gregorio, un hombre que aprovechó su situación de prófugo para obtener algún beneficio, pero que también le ofreció techo, cerveza, trabajo y compañía, aunque fuera en un cementerio que agitaba sus terrores más profundos.

“La cárcel purgará tu culpa” decía una parte de él y la otra contraatacaba diciendo “te violarán de nuevo y dudo que esta vez te dejen con el trasero intacto”.

Nunca sintió culpa cuando mató al pedante hijo del coronel. Pero con el perro fue distinto. Lo sacó de quicio con sus ladridos constantes y molestos, en cambio la cabra, alcanzó a rogar por su vida, a pedir piedad. Los perros son los mejores amigos del hombre, las cabras no, al menos Caló no lo sabía. Silvestre era un perro, era el mejor amigo de Gregorio, hasta se arriesgaba a decir que más que amigo, era como un hijo. Los perros son como niños después de todo.

Haber regresado a la cárcel por su propio pie a pesar de haber huido anteriormente fue bueno. Las autoridades penitenciarias analizaron la posibilidad de reducirle la pena. Lo mejor de todo era que los presos que lo violaban con frecuencia habían sido trasladados a otra prisión.

Para Caló, la cárcel se había convertido en un centro vacacional de dos estrellas.

Recordaba a Silvestre siempre que veía a los guardias con sus perros recorriendo el patio. 

Y al hacerlo se sentía atormentado. A veces pensaba en la cabra que dejó escapar por el monte. Cuando recordaba sus balidos y la manera en la que la palabra “piedad” salía torpemente a través de sus fauces, la piel se le erizaba por completo.

La tarde del 24 de diciembre lo sorprendió pensando en muchas cosas, especialmente en el hecho de que sería la primera víspera de navidad que pasaría en prisión. Su madre vendría a visitarlo, la esperaría, pero no sería lo mismo. Todo le parecía deprimente.

– ¡Caló! – gritó un guardia desde el portón que daba al patio- Tu madre acaba de llegar.

Tras notificarlo, desapareció de su campo visual.

Cuando Caló vio a su madre sentada a la mesa gris, de frío hierro, sintió unas ganas tremendas de tirarse a sus pies y rogarle que se lo llevara a la casa, pero en lugar de eso; la abrazó como si fuera el último abrazo de su vida y tomó asiento frente a ella.

Comieron pollo horneado, acompañado con ensalada de papas y terminaron con una botella de sidra mientras conversaban.

– El San Bernardo de don Julio preñó a Bibi. -comentó su madre refiriéndose a la perra de raza indefinida que dejó en casa- Ahora es madre de tres cachorros enormes.

A continuación, sacó una foto de su bolsillo. Era Bibi con sus retoños peludos.

Caló abrió los ojos como platos cuando se fijó en el cachorro gris que estaba en medio. Era igualito a Silvestre.

– ¿Qué piensas hacer con todos los perritos? -preguntó rápidamente.

– Voy a regalarlos, eso es lo que me queda. No podría mantener a tres perros más. -respondió con seriedad.

– Este cachorro, -señaló al del medio- ¿podrías llevárselo al guardia del cementerio?

Su madre lo miró con extrañeza. Luego pareció recordar algo y añadió:

– ¿Aún sientes culpa por lo que hiciste con su perro? Pero, está bien, no te preocupes, se lo llevaré mañana por la tarde.

– ¡No! -exclamó Caló- Tienes que llevárselo hoy.

– Tengo muchas cosas pendientes por hacer en la casa…

– Por favor, mamá. Lleva al perrito con el guardia hoy. -pidió al borde de las lágrimas- por favor.

Ella asintió con desgano y Caló pidió algo más:

– Pero él no debe saber quién le dejó al perro, ni debe verte. Abre el portón y se lo dejas dentro, en el cementerio. Estará bien, te lo prometo.

Su madre aceptó hacerlo. Luego de unos minutos, tuvo que regresar a casa, a seguir con los preparativos para la cena de noche buena.

– No lo olvides, por favor. -dijo Caló a modo de despedida y un guardia lo acompañó de vuelta a su celda.

Sintió el cuerpo liviano como no lo sentía hace meses y sonrió para sí, aliviado.

Ya en casa; la madre de Caló fue recibida por Bibi y el cachorro en cuestión, mientras los otros dos dormitaban en el patio. Rió al verlo, pensando en la absurda posibilidad de que el cachorro estuviera confabulando con Caló.

Lo tomó en brazos, lo puso en una caja de verduras y se lo llevó a la calle, rumbo al cementerio.
Gregorio estaba acostado, escuchando la radio en su humilde casa. Acababa de ducharse luego de sepultar a un muchacho, víctima de un accidente de tránsito. Estaba cansado y descubrió que la radio con sus estúpidas canciones de navidad lo hacían sentir peor.

Apagó la radio y oyó el portón. Se levantó como pudo y se acercó por la ventana. Estaba a punto de oscurecer por completo y allí no había nadie, salvo una caja de verduras con una silueta asomando la cabeza.

Gregorio salió de la casa y se acercó a la caja con sigilo, como si tuviera una bomba. Cuando llegó a la caja, vio a un cachorro gris, agitando el rabo pequeño, brincando, intentando abandonar la caja.

En ese mismo instante recordó cómo fue que Silvestre llegó a su vida. Aquel cachorro era la viva imagen de su perro desaparecido y también llegó de la misma forma.

Lo tomó en brazos y lo metió a la casa, mientras le acariciaba la cabeza. Lo bañó y no le costó nada pensar en un nombre. Lo llamó Silvestre y al cachorro pareció no molestarle que lo nombraran igual que al antiguo perro de su nuevo dueño. Bueno, él no lo sabía, pero si lo supiera no le importaría.

Cuando dieron las doce; Caló bebió sidra en una vaso de vidrio y el pequeño Silvestre dormitaba a su lado. Estaba feliz al notar que ya no estaría solo otra vez.

Bebió un trago del vaso y lo notó extraño. Las lágrimas se le estaban escapando e iban cayendo directamente al interior del vaso cada vez que bajaba la cabeza para observar a su nuevo amigo.

El silencioso mundo de Arturo (Parte Final)

​Arturo sentía cosquillas en todo el cuerpo. Estaba siendo observado por aquella hermosa muchacha. Él la estaba observando. Intercambiaban miradas y tan sólo una calle los separaba.

Pronto, aquellos cosquilleos de felicidad se transformaron en dudas, luego en tristeza: ¡Reacciona! Es demasiado bueno para ser verdad. ¿Una joven bonita fijándose en mí? ¿Qué hará cuando note que soy sordomudo? No seas ingenuo, sigue tu camino y ve por el empleo pensó con resignación, como otras veces cuando intentaba acercarse a las chicas en el parque Ñu Guasú.

Ya estaba a punto de girar para encaminarse al colegio cuando, sin poder creerlo, ella levantó la mano y la agitó suavemente en su dirección, sin apartar los ojos de él.

No lo esperaba. La alegría hizo que el corazón le palpitara más que nunca, como si estuviera corriendo la maratón más importante del mundo. ¡Me está saludando! ¡Oh, Dios! ¿Debería responder? pensó, pero sin darse cuenta, ya se encontraba cruzando la calle con la luz roja encendida en el semáforo, caminando en su dirección.

Y ella seguía mirándolo.

Cuando se vio frente a ella, notó que tenía los ojos de un verde olivo precioso, también que ella había volteado levemente la cabeza hacia su dirección, como si buscara algún sonido extraño con sus oídos.

Arturo interpretó ese gesto apenas visible, apenas detectable, como una invitación a sentarse. Seguía observándola, dudando de todo aquello, como si fuera un sueño.

Comenzaron a temblarle las manos y los labios. Los nervios se estaban apoderando de él, pero luchaba por controlarlos como mejor podía. ¿Y la entrevista? Llegarás tarde. Tu padre se enojará repetía su mente una y otra vez. Sacó su celular del bolsillo, consultó el reloj que aparecía en la parte superior izquierda de la pantalla de aquel aparato que le obsequió su madre hace dos años. Le quedaban veinte minutos, no llegaría tarde si no se dejaba llevar conversando con la muchacha.

Tomó asiento, pensando en que ya permaneció de pie mucho tiempo. Apenas había pasado un minuto de haber llegado hasta ella, pero para Arturo parecían haber transcurrido horas. Los nervios lo estaban manipulando y él seguía luchando por controlarlos.

Estaba a centímetros de ella. Si alguno de los dos hiciera algún movimiento, sus codos chocarían.

Arturo notó con incomodidad que ella hacía gestos con la nariz. Estaba olfateando algo. Los nervios no sólo le habían causado algunos temblores en los labios y los brazos, también lo había hecho sudar. Sentía la humedad bajo sus axilas y la camisa pegada a la espalda. Por un momento se sintió avergonzado, seguramente apestaba a sudor y ella lo había notado, pero se olfateó a sí mismo. Sin rastros de peste alguna.

Recuperó la tranquilidad. No apestaba, todo marchaba bien. Era momento de saludar. ¡Hola! Me llamo Arturo era lo que pensaba decir, pero recordó que no tenía voz.

Se metió una mano en el bolsillo. Agarró el pincel, temblando. Observó su pizarra con miedo: ¡Qué diablos hago aquí! pensó y estuvo a punto de entrar en pánico. No se imaginó jamás que acercarse a una mujer fuera tan difícil, incluso rozando lo terrorífico, al menos para él.

Sin embargo, ya se encontraba allí, sentado a su lado, a centímetros de ella, con riesgo de roce de codos ante cualquier movimiento. Ella sabía que él estaba presente en ese lugar. Debía responder al saludo que hizo cuando él aún estaba al otro lado de la calle.

Pensando en todo eso; destapó el pincel.
Mezclándose con el aroma fresco a colonia de hombre; Rosario detectó otro olor. Alcohol y tinta. El que tomó asiento a su lado acababa de destapar un marcador o pincel. Azul dijo su mente y se preguntó si era posible que los colores tuvieran una fragancia característica. Un pincel de color azul con mucha tinta.

¿Estará pensando en escribir estupideces en el banco? se preguntó y, segundos después, oyó rechinidos. Leves rechinidos. El extraño comenzó a escribir.

Haber perdido la vista había hecho que sus otros sentidos se agudizaran, en especial el oído.
¡Hola! Me llamo Arturo escribió con lentitud en un intento de mostrar su impecable caligrafía. Examinó las escasas palabras que había escrito, una vez, dos veces y decidió que estaba bien como presentación. Cuando ella notara lo extraño del saludo, le preguntaría el por qué no lo dijo a viva voz, entonces le diría que era sordomudo; sordomudo, no un retrasado acentuó su mente pero claro que lo de “no soy un retrasado” no lo iba a escribir.

Si lo hiciera, hasta él creería que era uno.

Dejó la pizarra con su saludo escrito al descubierto sobre su regazo. Esperó a que ella moviera un poco la cabeza para leerlo, pero permaneció quieta, con la vista al frente.

Esto sí que es extraño pensó Arturo. Acto seguido, levantó la pizarra frente a ella para que lo viera con toda seguridad.

Tampoco hubo un cambio en su semblante.

Empezó a asustarse. Tamborileó el asiento con dedos nerviosos y ella movió un poco la cabeza ante aquellos sonidos que él no podía escuchar. Luego recuperó su postura original; quieta, silenciosa, vista al frente.

¡No es cierto! chilló su mente y agitó una mano a centímetros del rostro de ella.
Oyó repiqueteos y movió un poco la cabeza en dirección al sonido que se detuvo poco después. Fue auténtico reflejo, ella no planeaba buscar el origen del repiqueteo y cuando se dio cuenta, regresó la cabeza en su postura habitual.

¡Maldito Elías! ¿Por qué tardas tanto? pensó con enojo y miedo al mismo tiempo.

Apenas había dicho aquello mentalmente; sintió una brisa en la cara, también ganas de estornudar. Se inclinó un poco al frente cuando estornudó y su frente chocó con la mano cálida de alguien.

¿Por qué alguien pondría su mano frente a mi cara? ¿El extraño se estará burlando de mí? se dijo y con rabia manoteó el aire y con los pies pateó las bolsas del supermercado que tenía alrededor. Oyó que algo se quebró en una de las bolsas, alguna botella o algo parecido y el pánico hizo su entrada.
La chica era ciega. Arturo agitó la mano y la chica ni siquiera parpadeó a la primera, aunque luego reaccionó a causa de la brisa que ocasionaba con  el movimiento de su mano, como un abanico. Ella estornudó y se golpeó la frente con la mano de él a causa del impulso. Ella se asustó, él también y al ver que la muchacha había pateado las bolsas y que un líquido rosado iba extendiéndose bajo sus pies, se levantó de un salto, con el corazón a punto de explotar: ¡Está ciega! Y acaba de romper algo de sus compras por mi culpa pensó, desesperado.

Rosario lloraba de miedo y rabia. Intentaba levantarse, pero cuando lo hacía pisaba una bolsa y eso la llenaba de furia. ¡Elías es un estúpido! No le bastó con dejarme sola, sino que me rodeó con bolsas vociferaba mentalmente.

No quería gritar y parecer una loca, confiaba en que la escena de por sí era suficiente para llamar la atención de la gente a su alrededor aunque ella no pudiera verla. Vendrían a preguntar si todo marchaba bien y ella diría que no, que alguien la estaba molestando.

Pero las personas que estaban cerca de ella antes ya se habían marchado y en su lugar habían llegado otros que ya los vieron sentados uno al lado de la otra. Quienes presenciaban aquel suceso, pensaban que se trataba de un típico problema de pareja y los problemas de pareja se solucionan en pareja. Además, ella no gritaba y el muchacho se había puesto de pie, preocupado, intentando tranquilizarla.

Arturo buscaba la manera de calmarla y comunicarle que no era una mala persona, que todo fue un malentendido y que le pagaría lo que había roto, al parecer una botella de desodorante ambiental. No sabía cómo, él no podía hablar y ella no podía ver, escribir en su pizarra sería estúpido. Lo único que se le ocurrió fue ponerle una mano en el hombro con suavidad, creyendo que con el simple tacto ella sabría que sus intenciones no eran malas y que podría tranquilizarse, pero aquello la asustó más y le pegó un manotazo en el brazo y se echó a llorar de nuevo.

Se preguntaba qué hacía una muchacha ciega en la calle y si estaba sola. Ignoraba por completo al hombre que venía corriendo en su dirección, con una mochila en el hombro, gritando que la dejara en paz. Sólo reparó en ello cuando la muchacha giró la cabeza y dijo: Elías.

Arturo sintió vibraciones en el suelo, alguien pisaba con fuerza y cuando dio la vuelta; un hombre con la barbilla sin afeitar lo empujó tan fuerte que lo lanzó al suelo.

Se raspó los codos, su pizarra cayó al suelo sucio, su carpeta también al igual que su dignidad.

Rosario escuchaba a Elías vociferar insultos que ella jamás le había oído antes. Oyó cómo empujó al muchacho y cómo éste caía con estrépito al suelo. Lo único que jamás pudo oír fue las quejas de quien había caído. No pronunció una palabra, no profirió ningún grito y aquello la asustó más. ¿Y si Elías lo empujó tan fuerte que cayó golpeándose la cabeza, perdiendo el conocimiento? pensó mientras lloraba y los ojos comenzaron a molestarle. Sintió comezón en ambos y comenzó a temblar de repente.

No era una convulsión. La comezón no vino sola, sino acompañada de imágenes borrosas, figuras difuminadas moviéndose, zonas brillantes que cobraban fuerza, que daban la sensación de que tendría los ojos ardiendo si no los cerraba de inmediato.

Rosario estaba recuperando la vista.

Arturo estaba asustado, más que nunca. El hombre que lo empujó era muy fuerte y estaba furioso. Si fue capaz de empujarlo con semejante brutalidad; podría partirle la cara en cualquier momento. Arturo jamás había peleado, tampoco se le cruzó por la mente que alguna vez lo hiciera.

La muchacha tenía los ojos puestos en él y por un momento fugaz creyó que en verdad lo veía, pero descartó esa posibilidad.

El hombre le gritaba cosas que no podía entender, movía los labios con rapidez, la lengua se le enredaba y algunas sílabas venían acompañadas por una explosión de saliva.

Rosario estaba viendo a Elías y a un joven tirado en el suelo, con el rostro más pálido que pudo presenciar en su vida.

Oía gritar a su hermano y sentía vergüenza. La lengua siempre se le volvía torpe cuando gritaba y se ponía nervioso y era algo que a Rosario la sacaba de quicio.

Elías se acercaba al muchacho tirado, con intenciones de darle una golpiza. No quería que las cosas fueran tan lejos, además, el joven no parecía ser un pervertido, tampoco un mal tipo. Ni siquiera se estaba defendiendo, ni gritaba respuestas a las groserías de su hermano. ¿Habría exagerado en su reacción? ¿Aquello fue un malentendido? ¿Ella debía ofrecer disculpas? Todo le pareció tan extraño que sólo quería que terminara y regresaran a la casa.

Rosario se puso de pie, todavía llorosa, y tomó por el brazo a su hermano; ¡Basta! Vayamos a casa y te afeitas eso que ni siquiera es una barba le dijo y Elías quedó en silencio, se frotó la barbilla y la miró fijamente. Elías vio a su hermana recuperar la vista en un momento poco común.

Rosario se acercó al muchacho, quien permanecía quieto en el suelo y se disculpó, esperando que él comprendiera su reacción, pero él permanecía en silencio, mirando un punto fijo, con las manos temblorosas en el suelo.

Estará shockeado se dijo Rosario, se disculpó una vez más y se acercó a su hermano, quien permanecía parado detrás de ella.
Arturo tenía la mente en blanco. La muchacha se puso de pie y se le había acercado. Estaba diciendo algo, pero él no lo podía comprender. La lectura de labios no funcionaba con una mente asustada y shockeada.

Vio que la muchacha se alejaba con el hombre que lo había lanzado al suelo con una fuerza brutal. Entonces, sintiéndose un robot, se levantó, se sacudió los pantalones, recogió su pizarra, el pincel y la carpeta con su currículo del suelo y abandonó el lugar ante la curiosa mirada de la gente que no movió un dedo ante lo sucedido.

Sintió que los codos le ardían, más la izquierda que la derecha y su mente recuperó el funcionamiento habitual.

Observó su camisa. La vio sucia y rota en el área de los codos.

Tenía sangre y arena en sus heridas y sentía dolores horribles. Necesitaba limpiarlas, de lo contrario se le infectarían y eso sería peor.

Sin embargo, no era posible hacerlo. Aún quedaba lo de la entrevista y ya se encontraba cerca del colegio. Sacó el celular del bolsillo y se sorprendió al sentirlo. Creyó que lo había dejado tirado en el suelo, allá en la casilla, pero lo tenía en el bolsillo. Consultó el reloj de la pantalla. Faltaban tres minutos para la entrevista. Aún tenía tres minutos para pensar en una buena historia que justificara su apariencia maltratada. No contaría jamás lo que le ocurrió en verdad, ni a sus padres.

Pero en lugar de ponerse a pensar en una historia; comenzó a preguntarse qué era peor: vivir en la oscuridad o vivir en el silencio. Porque la chica estaba ciega, de eso no cabía duda, aunque recuperó la vista de una manera extraordinaria, casi como un milagro, pero Arturo no podía decir mucho sobre el tema. Sabía de casos donde la gente quedaba ciega por accidentes o cosas así y en ocasiones la ceguera era temporal. Quizás era el caso de aquella muchacha, pero él no tenía intenciones de pensar en ella ni en buscar respuestas sobre lo que ocurrió con sus ojos.

Vivir en la oscuridad o rodeado de silencio eterno, ¿cuál es peor? pensaba mientras caminaba arrastrando los pies. Humillarse solo, eso es peor. Olvidaste recoger tu dignidad del suelo se respondió a sí mismo y sonrió débilmente, intentando cerrar el paso a las lágrimas que se agolpaban en sus ojos enrojecidos.

Llegó al colegio y un guardia lo recibió, preocupado. 

– ¿Qué te pasó? -preguntó el hombre, fijándose en los codos de Arturo.

Tomó su pizarra y escribió con manos temblorosas: Me asaltaron. El guardia, al ver su manera de responder, supo que se trataba del muchacho de quien le había hablado el director, el que necesitaba el empleo.

– ¡Ahhhhh! Eres el chico sordomudo que tiene la entrevista con el director. -sonrió el hombre y Arturo asintió con la cabeza- No puedes presentarte así, ¡no señor! Al menos deberías tratar esas heridas. Sígueme, hay un botiquín en el laboratorio de arriba. Seré guardia, pero no se me da mal la enfermería. -dijo y se echó a reír.

Arturo lo siguió por un pasillo recién aseado. El hombre le agradó al instante, además, podría llorar su vergüenza bajo la excusa de que la herida le dolía demasiado, cosa que era cierta, pero no lo suficiente para derramar lágrimas por un dolor físico.

El guardia le limpiaría las heridas de los codos. Él se limpiaría el alma avergonzada con sus lágrimas.

El silencioso mundo de Arturo (Cuarta Parte)

La Muchacha

Rosario había sufrido un cambio radical en su vida no hace mucho. Dos meses atrás; un escarabajo le roció los ojos en el instante en que levantaba vuelo. Estaba sentada bajo un árbol de pomelo, el escarabajo estaba caminando en una de las ramas, justo por encima de Rosario. Ella levantó la vista en el momento exacto donde el escarabajo extendía sus alitas y expulsaba una sustancia irritante a un pájaro que intentaba comérselo. Gran parte de aquel líquido cayó directamente en los ojos de Rosario. Minutos después, tras lanzar gritos de dolor, ya no veía nada, todo estaba oscuro.

Y estaba muy despierta. Nada de suponer que era una pesadilla o que se había desmayado. Sólo perdió la vista. No había necesidad de darle vueltas al asunto.

Lo que había sido un chorro de salvación para el escarabajo -consiguió huir del pájaro- para Rosario fue una desgracia que podría ser tomada como una historia ridícula. Imaginaba una conversación telefónica con su hermano: “Hola Elías! ¿Cómo te va? Yo estoy bien, aunque un escarabajo me orinó en los ojos. ¡La muy puerca me orinó en los ojos! Ahora estoy ciega. Sí, hermano, no veo una mierda, pero estoy viva. ¿Ves cómo la vida no es tan mala? Ojos que no ven, corazón que no siente, Elías. ¿Ves cómo la vida no es tan mala? Me afectó los ojos pero mi capacidad para ser sarcástica sigue intacta”.

La única vecina que llegó corriendo a socorrerla, la ayudó a marcar el número de Elías en su celular. Recreó cada palabra de aquella conversación imaginaria que tuvo minutos antes y se echó a reír.

Elías se encontraba trabajando en una carpintería del centro de San Lorenzo. Por un momento creyó que Rosario estaba bromeando, pero cuando escuchó a la vecina decir que la llevaría al hospital se asustó y pidió permiso a su jefe; un cincuentón de barba abundante y canosa, quien le dijo que fuera y que regresara cuando todo estuviera bien.

En el hospital; el oculista que la atendió dijo que la meada de escarabajo le dañó la retina, pero que lo bueno de todo era que la ceguera no era permanente. Probablemente duraría un mes y medio más o menos, con el tratamiento adecuado por supuesto. Le recetó cuatro medicamentos, entre los cuales se encontraban dos gotas. Una de ellas la ayudaba a deshacerse de la comezón que sentía en ocasiones, la otra en cambio, hacía que le ardieran levemente por un segundo.

Su padre decía que si una herida no arde al aplicarse el medicamento, significaba que el medicamento no iba a funcionar y la herida podría empeorar. Cuando Rosario se aplicaba las gotas y le ardían, pensaba en lo que decía su padre y se tranquilizaba. Si algo había aprendido en su niñez era a no dudar de su padre. Tanto él como su madre se encontraban trabajando en España hace tres años, por lo que Rosario y Elías quedaron solos en la casa. Ella estudiaba Contabilidad y él trabajaba en una carpintería. 

Elías ya había pasado por la época universitaria. Tenía una Licenciatura en Ciencias Jurídicas, pero si algo abunda en Paraguay, son los ladrones (entre los que también cuentan el 90% de los políticos) y los abogados. No era fácil encontrar un lugar donde ejercer su título, tampoco era paciente para esperar a que se le cruzara uno, por lo que se decidió a buscar empleo de lo que fuera y de esa manera llegó a la carpintería. Lo apodaron licenciado con el tiempo y a él no le molestaba.

El doctor había dicho a Rosario que viniera a verlo al hospital cada quince días para evaluar los resultados del tratamiento y Elías la acompañaba en cada consulta.

El doctor también había dicho que probablemente la ceguera duraría alrededor de mes y medio, pero ya habían pasado dos meses y Rosario seguía sin ver nada.

Y ahora se encontraba sentada en una casilla, con bolsas de supermercado cerca de los pies, esperando a su hermano distraído quien olvidó la mochila en el súper.

Ya se había tardado quince minutos. Rosario no creyó que fuera tan problemático retirar una mochila de la caja de un supermercado. No se preocupaba demasiado por la posibilidad de que alguien se le acercara a molestarle. Escuchaba a la gente hablar a su alrededor, gritaría si algo le pasara y, sin duda, alguna persona acudiría en su ayuda.

En su interior rogaba que su hermano regresara de inmediato. En esa mochila se encontraban sus anteojos y las gotas que le había recetado el médico.

¿Con qué objeto una persona ciega usaría gafas? No sabría explicarlo; pero Rosario las usaba para proteger sus ojos de cualquier cosa que pudiera meterse en ellos, pensaba especialmente en los insectos más que en las basuritas que podría traer el viento.

Oyó que un mosquito se le acercaba por la derecha y agitó la mano para espantarlo. Lo hizo con tanta suavidad que cualquiera que la estuviera mirando creería que lo estaba saludando, incluso aquel mosquito lo hubiera pensado, pero no lo hizo y eso fue maravilloso. Ya no la molestaría con sus “ñiiiiiiii” taladrándole los oídos.

Dos minutos después, entre los sonidos de los vehículos de la calle y las voces de la gente; Rosario distinguió los pasos de alguien acercándose lentamente por el frente. Por un instante pensó que podría ser Elías, pero recordó que estaba en el supermercado que se encontraba detrás de ella, además, él le haría saber de su presencia diciéndole cualquier cosa para que ella pudiera reconocerlo más que sólo por sus pasos de gigante.

Los pasos se detuvieron a su derecha y, a continuación, el banco sobre el cual reposaba se estremeció levemente al recibir el peso de alguien, sentándose a su lado.

Rosario olfateó el perfume de aquella persona. Era una fragancia agradable y fresca, no muy fuerte como cualquier colonia masculina ni tampoco muy suave para pensar que se trataba de una mujer.

“Es un hombre y no es Elías. Él no se puso colonia hoy”, pensaba Rosario.

El silencioso mundo de Arturo (Tercera Parte)

​Llegado el gran día; vistió una camisa de algodón bien planchada, de color celeste. Pantalones de vestir negro como el carbón y un par de zapatos del mismo color que los pantalones, brillantes y bien lustrados, con las suelas más delgadas que pudo conseguir en una zapatería días atrás. Cargó con su CV y la pizarra, se guardó la billetera en el bolsillo trasero y el pincel en el bolsillo de adelante.

Estaba emocionado y nervioso al mismo tiempo. Su padre siempre lo llevaba en el auto a donde quisiera, pero esta vez le tocaría tomar el bus como todos. No es difícil; tomarás el 59 que es la única línea de colectivos que transita por aquí. Baja las cuatro cuadras que nos separa de la ruta y allí lo esperas. Te subes a cualquiera, menos a los que dicen que van por Km. 12, tampoco a los que vengan de Marín. Pasas un dos mil al chofer y, cuando veas el primer semáforo, te bajas y retrocedes un poco hasta que veas el colegio. Está del otro lado de la calle, es un edificio de cuatro pisos, de color verde y gris. Cruzas con cuidado la calle, llegas a la institución y preguntas por el director que es amigo mío. Te recibirá sin problemas, es un buen hombre le explicaba su padre la tarde anterior.

Lo había entendido todo, pero los nervios estaban con él de igual forma, mezclándose con la emoción de un posible primer empleo.

Se despidió de su madre y salió a la calle. Bajó la primera cuadra. En la esquina, una mujer de aproximadamente cuarenta años se le acercó a preguntarle si aún no había bajado el 59 que viene de Marín. Arturo, luego de leerle los labios, meneó la cabeza. La mujer, extrañada, preguntó por qué no habló y Arturo, como otras tantas veces, indicó señalándose los oídos y la garganta, meneando la cabeza una vez más, que era sordomudo.Pobre muchacho le dijo y le pasó un billete de cinco mil guaraníes. Arturo hizo ademán de rechazar aquel dinero y la mujer, enojada, se lo volvió a guardar en la cartera que traía colgando del brazo de derecho, un pedazo de su persona que resaltaba más su obesidad que su propia barriga. Él, a pesar de ver el rostro molesto de la señora, le sonrió y continuó bajando la calle, dejando a la mujer atrás.

No entendía porqué una desconocida le daría dinero sin haberlo pedido. Ya estaba esperando el bus con otras personas y el corazón comenzó a darle brincos dentro del pecho al ver que iba acercándose uno a toda velocidad. Era un transporte viejo que tenía trozos de hierro afilados cerca de la puerta cuya pintura estaba cayendo a pedazos. Arturo subió y su dedo índice sufrió un corte pequeño al sostenerse de la puerta. No encontró otro lugar de donde agarrarse ya que los demás pasajeros se habían amontonado al frente. Se miró el dedo; un punto escarlata iba haciéndose más grande en él y acabó tapando la herida con un pañuelo que sacó a duras penas del bolsillo. El chofer estaba gritando, pedía a los pasajeros que fueran hacia atrás. Las personas estaban obedeciendo de mala gana, dirigiendo miradas de enojo al conductor que tenía los ojos puestos en uno de los tantos espejos que tenía a su alrededor.

Cuando por fin consiguió un lugar dentro del bus, notó con extrema curiosidad la cantidad de peluches que había en su interior. Parecía una juguetería. Veía con ojos maravillados, como un niño que ve el mundo por primera vez. Por el parabrisas notó una cantidad enorme de calcomanías con mensajes satíricos; en una decía: “Me bajo por atrás porque soy inteligente. Me bajo por el frente porque soy un burro”. La última palabra no estaba escrita, pero tenía la caricatura de un burro. No hacía falta superar el coeficiente intelectual de Einstein para descifrarlo. Rió en silencio mientras un muchacho, vestido con uniforme escolar y con auriculares puestos, lo miraba como si Arturo fuera un loco, un retrasado, uno que molestaba por reír solo y no compartir el chiste con los demás.

En medio mismo del parabrisas del bus; vio una imagen de Jesús Misericordioso. El rostro de un hombre al que tomaron la foto en el momento justo cuando giraba la cabeza para mirar atrás estaba impresa en el mismo papel donde estaba Jesús. Arturo sabía que aquel hombre ya no se encontraba caminando entre los vivos, era muy común ver fotos así en los panteones cuando iban a visitar la tumba de su bisabuela. Sentido común habría dicho su padre si lo viera.

Pero el sentido común muchas veces no atajaba a los pensamientos recurrentes, divagues como los llamaba Javier. Aquella imagen del difunto con Jesús trajo consigo un divague fenomenal a su mente. Imaginó a Jesús, flotando, brillando con toda su grandeza, posando para un fotógrafo cuyo rostro no podía verse a causa de una cámara enorme. La escena estaba lista, sólo había que presionar el botón pero, al momento de capturar la imagen, aparecía repentinamente el hombre, como perdido en aquel lugar, arruinándole la foto al pobre Jesús que se esforzó tanto en posar con toda su perfección y grandeza, incluso lanzando destellos de colores.

Arturo se esforzó en contener una carcajada poderosa que le subía del pecho y le inflaba los cachetes, buscando alguna manera de salir para no terminar estallando como una bomba. Se hizo camino hacia la nariz, provocando sonidos graciosos que él no podía oír pero cuya fuerza empleada sintió tan enérgica que hasta le lagrimeaban los ojos. Las personas lo miraban y, tras tomarlo por loco, rieron inconscientemente por un rato.

¿Quién podría culparlos? La risa era contagiosa y lo sería eternamente, siempre y cuando nos diéramos el lujo de reír en ocasiones. Arturo lo sabía y tras aquello empezó a creer que la risa formaba parte de un lenguaje universal.

Si el bus no se hubiera detenido con la luz roja del semáforo, Arturo se hubiera perdido. Se extrañó al notar que el chofer detuvo la marcha sin que nadie se lo solicitara. Cuando notó que estaba en el semáforo, se abrió camino como pudo entre las personas dentro del colectivo y bajó por la puerta del frente, riendo al recordar la calcomanía sobre la diferencia entre inteligentes y burros. “Me vi forzado a ser un burro” pensó fuera del bus.

El semáforo se puso en verde. Los vehículos retomaron la marcha. Su padre le había dicho que al llegar al semáforo, debía retroceder hasta ver un edificio de color gris y verde. Desde donde se encontraba era posible ver aquella edificación. No caminaría mucho, pero debía cruzar la calle una vez llegara cerca del lugar.

En un determinado momento; fijó la vista en la vereda del otro lado de la calle donde estaba parado. El corazón comenzó a bailarle dentro del pecho al ver a una muchacha sentada bajo una casilla, con algunas bolsas de supermercado, esperando el bus al parecer. Estaba experimentando el amor a primera vista, por primera vez y, a pesar de estar algo nervioso, a Arturo le agradaba sentirlo. Ante sus ojos, aquella muchacha era la más hermosa que había visto. Tenía el cabello castaño, ondulado hasta los codos, mejillas rosadas y una manera tan fina de sentarse, piernas juntas, manos sobre el regazo… ¡Y lo estaba mirando!

El silencioso mundo de Arturo (Segunda Parte)

​En verdad se había esforzado. Ya no lo obligaba a ver películas porno, descubrió que no le gustaban como a él. Veían otras películas. Tampoco lo llevaba a discotecas. Lo llevaba a practicar fútbol con él cada vez que iba a visitarlo y no tenía ganas de ver películas. Javier alcanzó cierto grado de madurez gracias a Arturo.

Cada tanto, Arturo recordaba cómo lo trataron de retrasado en el pasado y la historia de su bisabuela ciega que tenía un excelente oído a falta de ojos sanos. Ambas cosas se habían convertido en su motivación personal.

Tenía un sentido de la vista muy bueno al igual que un olfato casi tan genial como la de un perro. Ambos desde pequeño. Fueron sólo dos habilidades de las que se había encargado de pulir con los años: la lectura de labios y la de percibir vibraciones del suelo con la planta de los pies. La primera le costó más que la segunda. Las personas tienen maneras distintas de masticar las palabras y eso le hizo comprender la importancia de tener una dicción impecable. La segunda no requería tanto esfuerzo. La gente pisaba con fuerza, era posible para Arturo sentir las vibraciones con sus pies cuando se encontraban a un metro y medio de distancia de él aproximadamente y era más fácil si andaba descalzo. Se volvía complicado cuando usaba zapatos con suelas gruesas. Aquella habilidad la utilizaba más que nada para saber si alguien se le acercaba cuando sus ojos estuvieran tan distraídos que no pudiera verlo antes.

A diferencia de la situación actual de Javier, que a sus 26 años estaba casado y con un buen trabajo; Arturo, a sus 25 años, no contaba con esposa ni empleo.

Desde su primer y último acercamiento con chicas en aquella fiesta a sus 17 años, perdió las esperanzas de encontrar alguna mujer que fuera capaz de amarlo aunque no pudiera hablar ni escuchar. Cuando salía a dar vueltas al Parque Ñu Guasu montado en la bicicleta que se compró con sus ahorros, veía a muchas mujeres, pero antes de intentar acercarse a alguna, recordaba la fiesta y desistía. Veinticinco años y jamás había besado a una muchacha, lo pensaba con tristeza y luego se resignaba.

En lo que respecta al trabajo; no había podido conseguirlo. No era culpa de su discapacidad, sino la falta de experiencia laboral. Las referencias personales en una hoja de vida no tenían peso real. Todos los contactos que pudieran aparecer en esa sección de cualquier currículo serían personas que tuvieran cosas buenas que decir de uno. Se podría ser impuntual, pero el contacto jamás lo diría; después de todo la persona del currículum necesita el empleo y el contacto sabía que ayudaba a alguien, le hacía un favor y se sentiría bien por ello después.

Pero era comprensible. ¿Quién en su sano juicio dejaría el número de alguien capaz de contar pestes acerca de uno? No hay más por decir sobre el asunto, excepto que una referencia laboral vale más que veinte referencias personales. Y Arturo no tenía ningún ex jefe que dijera lo responsable y buen muchacho que él era.

Así pasaron dos meses sin éxito. Su madre no quería que se preocupara por cosas así, ya que tanto ella como el padre trabajaban y tenían buenos salarios. Pero Arturo no estaba de acuerdo con su madre y su padre lo apoyó, por lo que, esa mañana le habló sobre un amigo suyo, dueño de un colegio privado en el centro de Luque. Necesitaban de alguien que se hiciera cargo del mantenimiento de las computadoras en ese lugar. No te preocupes, le comenté que eres sordomudo, ya está enterado y aún así quiere que vayas mañana temprano con tu CV* en mano para una entrevista. Lleva tu pizarra también, él no conoce el lenguaje a señas dijo su padre y a Arturo se le iluminaron los ojos.

Sabía mucho sobre computadoras, algo en su interior le causaba cosquillas en el pecho. Estaba emocionado.
*CV: Currículum Vitae

El silencioso mundo de Arturo (Primera Parte)

“Mi abuela era ciega y, en compensación a su ceguera, tenía un sentido de la audición increíble. Sabía quién andaba cerca con sólo escuchar los pasos que daba. A veces nos oía hablar a pesar de que estuviéramos lo suficientemente lejos de ella. Nuestro hijo la tendrá difícil, pero lo hará bien. Vas a ver que lo hará” consolaba Jorge a su esposa años atrás; cuando descubrieron que su hijo era sordomudo. Arturo andaba cerca, pero no escuchaba a su padre ni tampoco los sollozos de su madre. 

En aquellos días, él apenas tenía tres años. Era un chiquillo que encontraba la diversión en un mundo donde el silencio lo abrazaba 24 horas al día y en el que reía al ver a la gente mover los labios con tanta rapidez sin emitir sonido alguno. Habrá pensado que los mudos eran ellos y no él. Habrá creído que el mundo entero era mudo. En su inocencia no se le cruzaba por la mente que, además de mudo, era sordo.

Hoy; Arturo tiene 25 años. Su padre había dicho que la tendría difícil. No se equivocó. A medida que transcurrían los años las cosas se ponían complicadas para él; especialmente en el aspecto educativo. No conocía alguna manera en la que pudiera comunicarse con sus compañeros y sus maestros, tanto ellos como él acababan con los nervios muy alterados. Existían escuelas para niños sordomudos, sí, pero los padres de Arturo desconocían de alguna que estuviera cerca. Después de pensarlo mucho, habían decidido sacarlo de la escuela. Aprendería en casa con ayuda de ellos, aunque fuera complicado.

Su padre también había dicho que lo haría bien. Tampoco se equivocó. Arturo sabía leer y escribir. Aprendió muchas cosas, incluso sobre temas que no se enseñaban en las escuelas y colegios. Sus padres se turnaban para brindarle los conocimientos que estaban a su alcance, aunque de las matemáticas y física se encargaba un profesor particular. Afortunadamente, Arturo tenía padres que ganaban lo suficiente para darse un lujo así. Venía dos veces por semana durante dos horas, hasta que ya no fue necesaria su presencia. Una vez que vieron la posibilidad de comprarle una computadora, todo fue más sencillo. Los libros y una conexión segura a internet lo llevaron por un camino repleto de informaciones que jamás imaginó.

No confíes tanto en internet, es un arma de doble filo había dicho su madre cuando le daba clases de computación con aquella máquina nueva un viernes por la tarde.

¡Y vaya que era cierto! Uno podía aprender a elaborar un corazón artificial con un globo y mangueritas de nivel al igual que también era posible fabricar una bomba atómica con eructos o con los gases que le salían a uno por el culo.

“Oh, internet… Eres salvación y perdición. Ambos al mismo tiempo” pensó varias veces Arturo. Aquello también le recordaba a medias a cierto material que leyó antes en alguno de sus libros; algo sobre un gato que estaba vivo y muerto al mismo tiempo. No recordaba el nombre del hombre que había propuesto tal paradoja, pero sí el apellido: Schrödinger.

Los sordomudos piensan, oh sí. Y Arturo no era la excepción. Pensaba mucho y lo disfrutaba. En su mente recreaba imágenes de todo lo que leía en el día y reía al verse a sí mismo en sus pensamientos, con una pizarra blanca, del tamaño de una carpeta, con un pincel negro en su mano izquierda, escribiendo lo que pensaba. Tal como lo hacía en la vida real para comunicarse con las personas que no conocían el lenguaje a señas.

Arturo la tuvo difícil, pero con esfuerzo, dedicación y apoyo constante logró aprender muchas cosas para poder vivir una vida normal como cualquier persona cuyos sentidos funcionaban a la perfección.

Arturo era muy inteligente, aunque no muy hábil a la hora de socializar. De niño fue a la escuela alrededor de tres semanas hasta que sus padres decidieron educarlo en la comodidad del hogar. Desde entonces no volvió a pisar una institución educativa… de ese nivel, claro está.

Está a un año de terminar la carrera de Informática en la universidad. Lo hace en línea -¡oh, bendito internet!- por decisión propia, aunque se presenta a rendir como todos cada cierto tiempo. No tenía amigos fuera del entorno familiar. Sin embargo; a él no parecía molestarle aquella situación. Pensaba que con la compañía de sus padres y la amistad de su primo Javier bastaba.

El primo Javier venía a visitarlo cada mes desde la ciudad de Yaguarón, pero, tras enterarse de que Arturo por fin tenía una computadora con internet cuando ambos aún eran adolescentes, las visitas pasaron de ser mensuales a semanales. A Javier no le molestaba en absoluto que Arturo fuera sordomudo, a veces incluso lo olvidaba. Le hablaba como si él pudiera escucharlo y Arturo entendía cada palabra que salía de su boca por una simple razón: no sólo sabía leer libros, también los labios de la gente. 

Javier era un año mayor que él. Extrovertido, seguro de sí mismo, todo lo contrario a Arturo. Amaba los pechos y el fútbol como la mayoría de los hombres. En aquella época, siempre que llegaba a casa de Arturo y lo encontraba viendo películas de ciencia ficción en la computadora, él entraba como un rayo, le reprochaba el tiempo que perdía con esas películas y buscaba páginas porno, aunque su conducta sufrió un cambio radical luego de llevar a su primera fiesta a Arturo.

Arturo vio su primera película porno a los 17 por influencia de Javier. No sabía que los seres humanos podrían llegar a tales extremos sólo por placer sexual. Había tenido su primera erección y se sintió avergonzado al ver que Javier reía por aquella reacción. Si no tienes novia, usa la mano le había dicho esa vez entre carcajadas, pero él no lo había entendido. Era difícil para Arturo leer los labios de una persona que se retorcía de risa en el piso. Javier había dicho algo más cuando dejó de reír y aquello sí lo pudo entender: eres demasiado inocente para ser un hombrecito, pero yo me encargaré de eso.

Dijo que lo llevaría a la fiesta que se celebraba en un balneario, a unas cuadras de su casa. La primavera había llegado, las fiestas en ese tipo de lugares era de lo más común. Javier prometió que lo cuidaría y que le prestaría su casa para pasar la noche allí, sin exponerse a los peligros de las calles a altas horas de la noche, intentando regresar de Yaguarón a Luque. Su madre no estaba contenta por aquello, aún así lo discutieron juntos y tanto la madre como el padre accedieron. Es menor de edad, Javier. Ni se te ocurra darle una sola gota de alcohol o te irá mal advertía en aquel entonces.

Había sido su primera fiesta y la pasó mal. No era como Javier se lo había pintado. En primer lugar, aquello no era un balneario; era una discoteca. Sentía las vibraciones que producía la música a decibeles altísimos en todo su cuerpo, como si lo golpearan, especialmente en la cabeza y el estómago. No pasaron ni 15 minutos y él ya sentía náuseas a pesar de no haber ingerido siquiera agua. Javier lo dejó un rato prometiendo regresar con buenas compañías según su parecer.

En segundo lugar, estaba asustado. Los menores de edad no eran bienvenidos a las discotecas, al menos no deberían. El guardia de la entrada no le había frenado el paso, pero los guardias que recorrían dentro del local podrían descubrir que aún le faltaba un año para la mayoría de edad y quién sabía lo que eso implicaba. De lo único que estaba seguro era de que si sus padres se enteraban, los problemas serían incalculables.

En tercer y último lugar; las chicas que se le acercaban lo dejaban de lado al notar que era sordomudo. Arturo era un muchacho guapo, alto, delgado, ojos de un castaño muy claro, cabello liso y negro, pero eso no bastaba para seducir a las chicas, al menos las que se encontraban en ese sitio escandaloso. Javier traía a sus amigas, pero ninguna quería tratar con él. Alcanzó a leer los labios de una de ellas cuando comentaba algo a Javier y sintió como si le hubieran dado una bofetada: ¿Por qué lo trajiste? Ahora vas a tener que cuidar toda la noche de un retrasado.

Arturo era sordomudo, no un retrasado. Recordó sus días en el preescolar y sintió que en esos días la mitad de su clase pensaba lo mismo de él, incluyendo a la maestra. Javier sabía que los estaba viendo, sabía que Arturo leía los labios, sabía que lo entendió todo y, sin poder creerlo, lo agarró del brazo y salieron del lugar.

No habrá tetas hoy, primito dijo, le dio palmadas en la espalda y también le ofreció disculpas. Pasaron la noche jugando con la play 2 en su casa. Javier sabía que existía gente de porquería en el mundo, pero no creyó que tuviera una de esas en su lista de amigos. También cayó en cuenta de su propia conducta. Prometió en sus adentros que sería más considerado con Arturo para entenderlo mejor a él y a su mundo silencioso.

El Lector

​Sin saber cómo ni en qué momento; se encontraba de pie frente a un hombre de barba abundante, grandes ojos y ropa extraña que le extendía un vaso plateado lleno de limonada.

– Me debes dos uvas. -dijo el hombre barbudo.

Raúl no tenía idea de dónde se hallaba. Tomó el vaso y sacó dos uvas de una bolsita hecha de piel de cabra. ¡¿De dónde habrá sacado cosa semejante?!

El hombre tapó con un pedazo de madera la vasija donde guardaba la limonada. En ella podía leerse las mejores limonadas son de Heráclito.

Apenas terminó de leer aquello, se vio rodeado de varios hombres. Todos con barba, unos calvos, otros no tanto. Vestían igualmente extraño, túnicas blancas ceñidas al hombro y sandalias de cuero. Uno de los que acababa de aparecer hizo a un lado a Raúl. Jadeaba de cansancio.

– ¡Muero de sed! Dame una limonada. Caminé desde Elea sólo para llegar hasta aquí. ¡Me matan los pies! -se quejó.

El dueño del puesto le sirvió con gusto, sonriendo como si estuviera a punto de hacer una mala broma.

– Son tres uvas.

– ¡¿Tres?! -exclamó indignado- Oí perfectamente que cobraste sólo dos a este joven raro. ¡Nuestros vasos tienen el mismo tamaño!

– Eso es verdad, pero no estás tomando lo mismo que él. Deja de quejarte, Parménides, y dame las tres uvas. -rió.

– ¿Eso es limonada? -preguntó Parménides a Raúl. Él asintió con la cabeza- ¡Ves! Te daré dos uvas, ambos tomamos lo mismo.

– La limonada que te serví no es igual a la que le di al muchacho.

– ¡No empecemos, Heráclito! Ya te lo dije antes, nada cambia.

– ¡No es cierto! Todo cambia aunque no lo notes. Es como cuando vas a lavarte, ¡no te puedes bañar dos veces en el mismo río!

Raúl escuchaba discutir a esos hombres sin poder moverse. De repente, se acercó uno de espalda ancha, molesto con el griterío.

– ¡Ya cállense, insensatos! Sus gritos llegan hasta La Academia.

– ¡Estupendo! Hiciste venir a Platón, ya estarás satisfecho. -dijo Parménides y se dirigió a Platón- ¿Por qué no vas a ver si no se te escapó algún hombre de esa caverna de la que siempre hablas?

En el instante en que Platón iba a contestar a esa afrenta, se oyó un grito enojado:

– ¡Quítense, inútiles! ¡Me están tapando el sol!

Raúl bajó la vista y encontró a un hombre andrajoso reposando en un tonel, con varios perros a su alrededor.

– ¡Pero si es el buen Diógenes! -exclamó Heráclito- Deberías buscar una tina con agua. Los baños de sol no quitan la peste. ¡Esos perros huelen mejor que tú!

Todos rieron. Diógenes se puso de pie y contestó:

– Si lo pensamos mejor; creo que Heráclito tiene razón con aquello de “todo cambia constantemente”. Hoy es un idiota, pero en tres minutos más superará su nivel y será más idiota. ¡Eso júrenlo!

Estallaron en carcajadas, a excepción de quien había sido burlado. Platón chocó los cinco con Diógenes y al momento de darse cuenta de tal hecho; voltearon la cabeza, mirando al costado algo molestos, como si acabaran de recordar que entre ambos existiera algún problema sin resolver. Cuando las risas comenzaron a amainar, dijo Diógenes:

– Masturbarse en el ágora es más productivo que oírlos. Frótense la cabeza, quizás se les quite la estupidez.

– ¡El placer es lo único importante! -gritó uno de pronto, abriéndose paso entre esos hombres.

– No es momento para decir tonterías. Regresa por donde viniste, Epicuro. -dijeron en coro los otros.

– ¡Exactamente! -añadió un hombre al que no había visto hasta que abrió la boca- Esas son boberías. Todos saben que los números son lo verdaderamente importante, el origen de todo.

– Los números aburren, Pitágoras. Incluso más que escuchar una y otra vez sobre esas reencarnaciones tuyas.

Aquello lo había dicho otro recién llegado. Pitágoras respondió:

– Eso dices, Empédocles, pero mis relatos son más entretenidos que verte hundido en el licor.

– ¿Ah, sí? -se enojó Empédocles- ¡Vengan todos! Vamos al Etna, les demostraré que soy un Dios. Pueden llevar vino para entretenernos más.

– No debí responderle. -se dijo Pitágoras para luego intentar detener al pobre Empédocles- No tienes que ir, ven, vamos a tomar limonada. Ponle licor si quieres.

– Me arrojaré al cráter del Etna y saldré ileso porque soy un Dios. ¡Ya lo verás!

– ¿Qué harás si mueres? -preguntó Pitágoras.

– Reencarnaré en un águila, serás el primero al que sacaré los ojos a picotazos.

Empédocles se alejaba, apenas cinco hombres lo seguían riendo detrás de él.

– ¡Vamos a calmar esos ánimos! -los llamó inútilmente otro aparecido- Bebamos unas rondas de cicuta. Yo invito.

Los hombres se alejaban igualmente, ignorando aquella invitación. Platón se acercó al hombre, le palmeó la espalda y dijo:

– Déjalos, Sócrates. Yo acepto la invitación, pero bebamos limonada. La cicuta me provoca acidez.

Heráclito empezó a llenar algunos vasos de limonada. De pronto, Raúl vio a una mujer caminando entre ellos, ignorándolos por completo como si no existieran. Era la única mujer en ese lugar desconocido para él. Todos allí guardaron silencio al notar su presencia.

– ¡Hipatia! -habló Heráclito- Tu belleza nos ha dejado mudos. Cuántos aquí morimos por tus afectos…

Hipatia no lo dejó terminar. Le arrojó a la cara un paño ensangrentado que sacó de entre sus ropas.

– ¡Eso es lo que quieren todos! ¡Insensatos! ¡Impúdicos! -gritó ella muy irritada.

Parménides estalló en carcajadas. Heráclito se sintió ofendido con aquella risa y le echó un vaso de limonada en el pecho. Platón no aguantó las ganas de reír y dijo:

– Los tábanos se alimentarán de tu pecho como niños recién nacidos.

El ambiente se puso pesado. Estaban a punto de agarrarse a golpes, todos contra todos. Los perros de Diógenes ladraban salvajemente, amenazando con morder a cualquiera de ellos. Raúl, en un intento por detenerlos, soltó el vaso y la limonada le cayó en los pantalones, mojando su entrepierna como si se hubiera orinado encima. Cuando el vaso se estrelló en el suelo, dejó escapar un estruendo que lo asustó tanto que el escenario donde se hallaba cambió en su totalidad.

Raúl abrió los ojos. Vio un montón de letras impresas en páginas ensombrecidas. Sacó el libro abierto que tenía sobre su rostro, titulado Grandes pensadores de la Antigua Grecia, se sentó en la cama y sintió la humedad excesiva del colchón. Rastros de limonada se extendían desde la almohada hasta donde tenía el trasero. La habitación estaba iluminada con la tenue luz de una lámpara de mesa que tenía al lado de la cama, la cual usaba cada noche para leer antes de dormir. Vio un platito de plástico con un racimo de uvas a medio comer, con algunas cáscaras secas y semillas fuera del platito.

Observó con ojos legañosos el reloj de pared. Eran las cuatro y media de la madrugada.

Ya no se encontraba en aquel lugar desconocido. Estaba nuevamente en su casa, al cobijo de todo lo que él conocía. Lo único que podía oírse a esa hora era el caminar tranquilo de sus padres que iban a la cocina a preparar el mate de la mañana. Poco a poco se metían por la ventana los sonidos de los autos circulando por las calles asuncenas. Ya no había filósofos discutiendo como comediantes aficionados.

Su ropa mojada lo obligó a levantarse para buscar otra con qué cambiarse. Sus pies descalzos pisaron un frío vaso de aluminio que reposaba en el suelo, también con restos de limonada a su alrededor.

El sueño fue intenso, tanto que sus brazos tumbaron todo lo que tenía cerca, menos el libro con el que había despertado, aquel que le había cubierto los ojos sirviéndose del cansancio.

Narciso (Parte Final)

​​¡Oh! Eso fue muy apresurado. La última nota del diario la escribió ayer y no era algo alentador:

Estoy preocupada. Roberto vio a Narciso y dijo que lo va a matar porque le rayó la puerta. Espero que ni siquiera lo toque, no quiero pelearme con él por algo así.

¡¿Cómo que Narciso rayó el auto?! ¡Y lo peor de todo es que Roberto quiere matarlo! Narciso lo habrá hecho sin querer, no hay razón válida para querer desaparecerlo del mundo de los vivos. Ni loca permitiría que se cometiera un asesinato guiado por un estúpido rayón. Su hijo iría al altar, no a la cárcel. Candé  debía hacer algo al respecto, pero sin dejar que Mercedes se enterara de que había leído su diario.

Lo guardó con cuidado bajo el colchón. En el diario dijo que lo estaba pintando. El caballete cubierto por la sábana sostenía un cuadro.  La levantó con cautela y lo que vio la dejó con los ojos desorbitados. Para que se tratara de una principiante,  lo que había en el lienzo demostraba mucho potencial a pesar de no estar terminado. Mercedes tenía mucho talento. El muchacho en la pintura inconclusa era una belleza, ni los príncipes en los cuentos de hadas le llegaban a los talones. Parecía un ángel, un ángel con un pájaro en la cabeza, ambos admirando su reflejo en el agua. El pájaro no estaba coloreado por completo, no era posible saber si se trataba de un alonsito, un cardenal o un yerutí.

Pero el muchacho del cuadro no se parecía tanto al vecino. Quizás un poquito. El cabello y los ojos eran similares a los suyos. Candelaria supuso que todo era cosa de Mercedes y de su imaginación infinita. Tapó el cuadro y abandonó  la habitación de Mercedes. Cuando entró a la cocina, vio por la ventana a Roberto, que se acercaba lentamente al auto, como un gato acechando a su presa. Pensando en lo leído en el diario, corrió para alcanzarlo.

– ¿Qué vas a hacer, che memby*? – preguntó muy asustada apenas había llegado a donde estaba él.

– El que rayó mi auto siempre viene a esta hora. ¡Le voy a matar! –respondió, iracundo.

– ¡No le mates a Narciso! ¡Tu hermana le adora! –gritó Candé con desesperación.

– ¿Con que así se llama?- dijo con una sonrisa llena de malicia en los labios- ¡Mba’éiko chéve!* ¡Igual le voy a matar!

Diciendo eso, sacó una hondita y un bodoque del bolsillo de su pantalón. Candé no entendía lo que pasaba. Con eso no podría matar a nadie, pero podía reventar un ojo o volarle un diente a Narciso. Mercedes se quedaría sin novio por culpa de su hermano.

Mercedes llegó a la casa. Se encontró con su madre gritando y a Roberto con una hondita en la mano, igual a un niño revoltoso.

– ¡Ni se te ocurra hacerle algo a Narciso! Ni siquiera se notan los rasguños en tu auto ¡El gato de la vaira* de tu novia me arruinó una maqueta y nunca le toqué un pelo! –gritó Mercedes muy enojada.

– ¡Vaira vos que ni te peinás! ¿O acaso me vas a pagar por los rayones que hizo tu Narciso? ¡No sos capaz de ver los daños porque no fue a tu auto lo que le hicieron!… ¡Ay, perdón! Vos ni auto tenés. –se burló Roberto.

Se escucharon golpecitos en el parabrisas del auto. Un pitogüé* picoteaba su reflejo en el vidrio mientras aleteaba sin parar. Disfrutaba de su propia imagen, lo admiraba, lo adoraba mientras repetía alegremente su nombre una y otra vez. Roberto lo vio y, lleno de rabia, disparó la hondita. No acertó al pequeño pitogüé que salió volando al notar el peligro, pero dio con todo al parabrisas. Le hizo un agujero. Cualquiera diría que la bala le dio a Roberto y no al parabrisas. Se puso a gritar, furioso. Mercedes reía contenta.

– ¡Narciso es más inteligente que vos! ¡No tenés vergüenza! !Tavy* lo que sos! –dijo cuando la risa se lo permitió.

– ¿Cómo se llama el hijo de los vecinos nuevos? –preguntó Candé de repente.

– ¿Y eso qué tiene que ver aho…

– ¡¿CÓMO SE LLAMA, PREGUNTÉ?! –gritó sin dejar terminar la frase a Mercedes.

– Se llama Pablo –respondió un poco asustada-  Ña Eusebia seguro te contó que hablé con él, pero no te preocupes que Pablo es buen tipo, además le gustan los hombres. Lo mejor será que te calmes para que no se te reviente esa vena en la frente.

Roberto tiró al piso la hondita y se metió a su habitación. Mercedes se echó a reír de nuevo  al ver aquel berrinche.

Candé por fin comprendió todo. El hermoso Narciso no era el vecino, sino un pajarraco al que el Paraguay entero confundía con un test de embarazo. Lo peor de todo era que ni esperanzas había para un futuro en pareja entre Mercedes y el muchacho; a Pablo le gustaban los hombres.

Mercedes fue al baño, divertida con lo sucedido.  Tanta risa hizo que le dieran ganas de orinar. 

Candé vio a Narciso el pitogüé reposando en la rama de un pomelo, observándola fijamente. Se metió a la cocina, puso espaguetis en un  plato y salió al patio de nuevo.

El pájaro seguía allí. Lo llamó mostrándole los fideos:

– Ven, Narciso. Vas a conocer a tu suegra -dijo con una sonrisa.

Narciso bajó, pero no se acercó a ella. Estaba asustado. Candelaria comenzó a reír con gusto. Sentía mucha vergüenza debido a semejante humillación que se buscó sola y reírse de sí misma alivianaba un poco la sensación de estupidez que la envolvía.

Si Mercedes terminaba como la única solterona de la familia, genial. Candé ya no se metería jamás en la vida de su hija.

Glosario:

* Che memby: “hijo mío”.

* ¡Mba’éiko chéve!: “¡A mí qué me importa!”

* Vaira: calificativo utilizado para referirse a una mujer fea y descuidada.

* Pitogüé: benteveo, especie de ave que se encuentra en varios países de Sudamérica y parte de Estados Unidos.

* Tavy: tonto/a.