La Mariposa de Fornalutx (Cuarta Parte)

​La mujer tenía un rostro horrible. Una decena de verrugas cubrían su cara, una nariz enorme que parecía decir “¡aquí estoy, gente! ¡Mírenme!”, labios gruesos y dientes chuecos que le recordaban a la mandíbula de un cerdo salvaje. Joel no podía comprender cómo un rostro tan atroz podía tener un cuerpo tan perfecto como aquel.

El momento se tornaba incómodo. Joel cayó en cuenta de su expresión y de que la mujer lo había notado. Se disculpó como pudo. La sorpresa que se llevó aún lo tenía un poco shockeado.

– No se preocupe. Estoy acostumbrada. -respondió la mujer, retomando su camino, dejando atrás a Joel.

La vio caminando frente a él, alejándose y de nuevo corrió tras ella.

– Repito la pregunta; ¿necesita ayuda con la plantera? Parece que está un poco pesada. -dijo él cuando la alcanzó.

La mujer no quería la ayuda de nadie. Sólo necesitaba llegar a su casa, había tenido un largo viaje hasta allí, tampoco tenía intenciones de conversar con un extraño.

Como no recibía una respuesta a su pregunta, se apresuró a presentarse:

– Soy Joel Morán, vengo de Paraguay. Sólo intento ser amable, no voy a robarle nada.

La mujer estaba inmóvil, intentando comprender esa amabilidad. Nadie, salvo el sacerdote del pueblo, su familia, su esposo y unos pocos pobladores de Fornalutx eran buenos con ella. El resto la despreciaba, la insultaba, ya sea por su fealdad facial que no combinaba en nada con su cuerpo de modelo o por su matrimonio con aquel empresario multimillonario en situaciones sospechosas. Reaccionó cuando vio que Joel ya tenía la plantera en sus brazos, pidiéndole indicaciones de hacia dónde debía dirigirse.

– ¡Tenga cuidado con esa planta! -exclamó la mujer- Es un narciso, la traje cargando desde Viena. Me llamo Hortensia. Veo que la gente no le ha hablado de mí.

– ¿A qué se refiere con eso? -preguntó con extrañeza.

– Está siendo amable conmigo.

Apenas terminó la frase; un hombre de unos cuarenta años la vio desde la ventana de su casa. Rápidamente salió a la puerta y dijo con tono burlón:

– ¿Por qué regresaste, Mariposa? Aquí no hay flores para ti.

– Por eso traigo mis propias flores, don Valdés. Ocúpese de sus asuntos, nos hará un gran favor. -respondió la mujer, enseñándole la planta que llevaba consigo, como si no fuera la primera vez que aquel hombre la recibía de esa forma.

Hortensia, más conocida como La Mariposa, pidió a Joel que la siguiera para terminar con todo de una vez y evitarse disgustos.

– ¿Usted es La Mariposa de Fornalutx? -preguntó Joel mientras caminaba detrás de ella.

– ¡Vaya! -río Hortensia- cuando lo dice de ese modo hasta deja de parecer un apodo desagradable: “La Mariposa de Fornalutx”… Suena bien, aunque también parece el seudónimo de una prostituta famosa.

Joel rió al recordar que también había pensado que se trataba de una prostituta cuando escuchó de ella por primera vez en su recorrido con el pequeño Felipe.

– Sí, así me dicen aquí. -prosiguió- A la mayoría se les ha olvidado mi nombre de tanto llamarme con ese apodo. Son muy pocas las personas que recuerdan que me llamo Hortensia.

– Pero, ¿por qué la apodaron así? Las mariposas no son…

No terminó la frase. Las mariposas no son feas era lo que estuvo a punto de decir, pero no quería ofenderla ni quedar mal con ella. Necesitaba saber algunas cosas y esa no era la manera más fácil de conseguir información. La gente no debería ir por ahí ofendiendo a los demás sabiendo que necesitarán de ellos alguna vez.

– No se preocupe, dígalo. Las mariposas no son feas. -comentó ella- Pero usted está equivocado. Aunque no me guste, el apodo me queda perfecto. No son hermosas las mariposas, a excepción de sus alas por supuesto. Coloridas, de diferentes tamaños y formas, pero ¿qué es lo que queda de una mariposa cuando le arrancan las alas? Sólo un bicho más, de rostro horrible y lengua larga. Si pone una mariposa sin alas en la calle, la pisarán y nadie sabrá que aquel insecto al que aplastaron con el zapato era una mariposa a la que habían despojado de sus preciosas alas.

Joel no lo había visto de esa manera. Se quedó pensando en las palabras de Hortensia, llamada por todos La Mariposa, mientras caminaba acomodando la plantera en sus brazos. La mujer continuó hablando:

– A las mariposas le quitan las alas y quedan como bichos horrendos y repugnantes. Soy una mujer fea con un cuerpo que no puedo entender. ¡Mire éstos senos! -soltó la maleta y se agarró los pechos- ¡Mire estas nalgas! ¡Mis piernas! No consigo comprender cómo vinieron a parar conmigo. No soy una muñeca de plástico como la mayoría de las modelos, este cuerpo escultural es natural, ni siquiera voy a un gimnasio, tampoco cuido mi alimentación. Si me sacaran estos atributos, sólo sería una mujer fea, muy fea.

La Mariposa tomó de vuelta la maleta y siguió caminando.

– Pero la apariencia física no lo es todo en este mundo. El alma es lo que importa, también la actitud. -respondió Joel.

– Lo dice el que se asustó al verme la cara. -río ella.

– ¡No puede culparme! Nunca he visto a alguien como usted en toda mi carrera en la prensa.

La Mariposa se detuvo.

– ¿Es periodista? -preguntó, algo pálida.

– Sí, pero no voy a sacar nuestra conversación en la televisión. Vine por otras cuestiones. De hecho, no hay necesidad de que se enteren que hablé con usted.

– Menos mal. -suspiró, tranquilizándose- Por cierto, dejemos tanto formalismo y comencemos a hablarnos de tú, como si ya hubiéramos comido antes en la misma mesa. Es algo molesto para mí esto de tratar de usted cuando es más fácil y cómodo hablar de tú.

Apenas terminó de hablar; un señor sentado en la esquina, bajó su botella de cerveza a medio tomar y entre risas preguntó:

– ¡Hey, Mariposa! ¿Le echaste rosas al whisky y te bañaste en él? ¡Ese perfume tuyo golpea narices!

– Al menos es de buen gusto, no como la cerveza mal fermentada que bebes a diario. -respondió La Mariposa sin dejar de caminar.

Joel no opinaba lo mismo que el borrachín de la esquina. Hortensia olía muy bien, su aroma era suave y agradable.

Cuando estaban a unos metros de su casa; una mujer aparentemente de la misma edad que ella, se cruzó en su camino. La Mariposa siguió como si aquella señorita jamás hubiera estado allí, ni siquiera le dirigió la mirada. Era evidente que se conocían, también que se odiaban.

– ¿Cómo hará el señor Loredana para follar contigo sin que se le espanten las ganas? ¿Acaso te tapa la cara con la almohada o te pone una bolsa de basura en la cabeza? -dijo la mujer a la que ignoró, soltando risotadas desagradables al oído.

La Mariposa pareció recordar algo con aquellas palabras. El baúl de recuerdos amargos que tenía bajo cerradura se abrió sin el menor esfuerzo. Soltó la maleta, hizo a Joel a un lado, se colocó frente a la mujer y le dio un puñetazo en la cara, con todas las fuerzas que era capaz de brindarle esa ira momentánea. La mujer gritó de dolor y cuando estuvo dispuesta a devolverle el golpe; Joel intervino. La tomó del brazo ante los ojos de algunos transeúntes y pidió que se tranquilizara.

La Mariposa estaba a punto de llorar, pero no permitiría que la chica a la que golpeó se regocijara con sus lágrimas. Arrastró la maleta y se alejó con rapidez, muy afectada con lo sucedido. Joel la siguió corriendo hasta que llegaron a la casa. La Mariposa le arrebató la plantera. Se disculpó como pudo por la reacción que tuvo al oír aquel comentario.

– No era mi intención obligarte a pasar un mal rato. Te agradezco el gesto amable que tuviste conmigo y por haber evitado que me golpearan.

Tocó la puerta. Volteó y vio que Joel aún estaba parado detrás de ella.

– ¿No vas a irte? -preguntó, extrañada.

– No. -respondió Joel- Faltan 15 minutos para que sean las cuatro de la tarde. Fui invitado a venir a esta casa para esa hora.

La Mariposa no entendía. La puerta se abrió y apareció Dalia, quien al verla la rodeó con sus brazos, dándole la bienvenida. Vio a Joel parado detrás.

– ¡Joel! Ella es…

– Sí, nos acabamos de conocer. -interrumpió él, con una sonrisa.

Dalia lo invitó a pasar. Hortensia y Joel atravesaron la puerta, dejando atrás a un montón de vecinos curiosos.

Escrito por Sonia Rojas.

La Mariposa de Fornalutx (Tercera Parte)

Eran las dos de la tarde. Joel acababa de almorzar con el camarógrafo, su compañero de trabajo, cuyo nombre era Tomás, el cual ya comenzaba a preguntar el porqué no quería que lo acompañara en sus paseos.

– ¿No estarás poniéndole los cuernos a tu señora esposa… O sí?

– ¡Deja de pensar en tonterías y ocúpate de ver cómo arreglar las cosas con la tuya! -respondió Joel, dándole una palmada por la espalda.

– ¿¡Por qué tenías que recordármela!? -rió el camarógrafo- Eso me gano por preguntar. Pero ya, hablando en serio; ¿qué es lo que haces cuando vas solo por ahí?

– Investigo. ¿Acaso no has escuchado a la gente mencionar a La Mariposa?

El hombre se cruzó de brazos. Lo escuchó una vez, cuando fue al restaurante al que había ido antes Joel en compañía de Felipe. Al parecer así llamaban a una antigua moza del lugar.

– Ahora que lo dices, sí. Pero no presté atención. Tampoco es que sea muy extraño que alguien tenga un apodo.

– Sí, Tomás, pero me da curiosidad. Estuve haciendo algunas averiguaciones y descubrí que muchos no la quieren. Deseo saber porqué.

Joel se puso de pie. Faltaban dos horas para que fuera a la casa de La Mariposa. Dalia lo había invitado ayer luego de comentarle sus intenciones. Iría a caminar por ahí mientras esperaba a que fueran las cuatro.

– ¿A dónde vas? -preguntó Tomás.

– Voy a caminar por ahí. No sé a qué hora regrese, iré a casa de La Mariposa después.

Joel dejó a su compañero y se encaminó hacia las escalinatas que había visto con Felipe el primer día de su estadía en Fornalutx. Las caminatas ayudan a una buena digestión había dicho su madre hace muchos años, cuando él era un niño al que todavía se le caían los dientes. Recordaba sus palabras con cada paso que daba.

Miró su reloj. Eran las tres de la tarde y se encontraba sentado en un banquito frente a la iglesia. Habían alrededor de 15 personas caminando en la calle a esa hora, también algunos turistas que sacaban fotos hasta de las hojas que caían al suelo con cada soplo de viento.

De pronto vio que una mujer se alejaba a pasos lentos al otro lado de la calle. Al llegar frente a la iglesia, se detuvo a saludar al sacerdote. Joel la miraba. Llevaba puesto un vestido a cuadros, blanco, con un cinturón negro que resaltaba sus hermosas curvas, sandalias negras que estaban atadas con una cinta blanca de seda alrededor de los tobillos. El sombrero negro que llevaba en la cabeza no dejaba ver su rostro, apenas se notaban unos mechones de cabellos descoloridos como los usan las mujeres hoy en día. Joel pensó que era una modelo. Esas curvas, esas piernas preciosas y bronceadas lo hacían pensar en que se trataba de una modelo. Imaginaba que su rostro sería bellísimo, como tallado por el mejor de los escultores.

La extraña mujer se despidió del sacerdote y emprendió camino nuevamente, arrastrando en sus rueditas la maleta azul que traía consigo, sosteniendo con fuerza la plantera que cargaba en el brazo derecho. Joel seguía sin ver su rostro. La curiosidad y la educación que recibió en su casa lo impulsaron a cruzar la calle, a colocarse a su lado  y preguntarle si necesitaba ayuda con la plantera. Cuando la mujer se detuvo a observarlo; Joel no pudo evitar abrir los ojos como platos, la cara que puso era igual a la de un niño asustado.

Escrito por Sonia Rojas.

La Mariposa de Fornalutx (Segunda Parte)

De su estadía en aquel pueblo habían transcurrido ocho días. Joel y el camarógrafo tenían listo el reportaje. Apenas terminen, regresen de inmediato, no crean que van de vacaciones les habían dicho por teléfono para que no olvidaran el motivo de su viaje.

No lo habían olvidado. Fueron hasta allí por asuntos de trabajo, pero Joel aún no estaba preparado para regresar a Paraguay. En esos ocho días fue muy poco lo que consiguió averiguar acerca de La Mariposa y su instinto de periodista no lo dejaría tranquilo hasta saber todo sobre ella. El camarógrafo tampoco ansiaba volver a su casa. Las cosas con su esposa no andaban muy bien y pensar en el asunto lo estresaba. Fornalutx era demasiado hermoso para estresarse. Ambos acordaron decir que el material aún no estaba completo y que tardarían al menos tres días más en terminarlo.

Joel iba por su lado y el camarógrafo por el suyo. Hasta ese momento, sólo sabía que La Mariposa se casó con uno de los hombres más ricos de España y que era una mujer horrible. No era una prostituta y varios de los lugareños la detestaban. Había pasado varias veces frente a la casa llena de plantas, pero no se le ocurría nada importante para animarse y tocar a la puerta. De las diez personas que se prestaron a hablar de ella, sólo el sacerdote de la Iglesia se expresó sin una pizca de odio en sus palabras; esa muchacha no es mala, está buscando el camino indicado a seguir en esta vida fue lo que había dicho el sacerdote y Joel comprendió que la única forma en la que conseguiría información completa sería yendo a la casa de La Mariposa, armarse de valor y de una buena excusa para hablar con la familia que dejó en Fornalutx.

No tenía nada en mente, pero de todas formas caminó hasta la casa de La Mariposa. Permaneció quieto y en silencio frente a la puerta por varios minutos. Observaba las plantas, olfateaba el aroma de las flores que le llegaba a la nariz a través de la suave brisa que recorría las calles a cada momento. Cuando por fin se animó a golpear la puerta; una vecina le comentó que la casa estaba vacía: Las mujeres que viven allí salieron temprano, pero podría volver durante la tarde, las encontrará sin falta.

Joel suspiró, aliviado. Tendría un poco más de tiempo para pensar en cómo dirigirse a la familia de La Mariposa. Dio media vuelta y se alejó en dirección a la Iglesia. Al pasar por el frente; el sacerdote lo vio y se acercó hasta él con pasos presurosos. Si quiere saber más acerca de la mujer, debería hablar con aquella muchacha. Es la hermana menor de La Mariposa dijo, señalando a una señorita al otro lado de la calle.

Caminaba muy rápido. La falda negra que traía hasta las rodillas se agitaba con cada paso que daba. Una muchacha joven y bonita, no mayor a los 24 años, llevaba libros en un brazo y una cartera de cuero marrón en el otro. Joel cruzó la calle, corriendo, se ofreció a ayudarla con los libros al verse al lado suyo. La muchacha lo observó, extrañada, y preguntó:

– ¿Usted es extranjero?

– Sí. -respondió- Me llamo Joel. Estoy aquí por asuntos de trabajo, pero tengo tiempo suficiente para ayudarla con esos libros pesados, si me lo permite.

La muchacha le dio los libros y se acomodó la cartera. No le era posible recordar la última vez que alguien se ofreció a ayudarla, pero eso no importaba.

– Soy Dalia. -se presentó- debo ir a hacer unas compras. ¿Está seguro de que tiene tiempo?

– No tengo problemas, Dalia. Con gusto la acompaño.

La joven estaba demasiado aliviada sin los libros en el brazo derecho que no le importó ir a la verdulería con un extraño a su lado.

– ¿No estará coqueteando conmigo, verdad? -preguntó de pronto.

– ¡Claro que no! Soy un hombre casado. Dejé a mi esposa en Paraguay porque el canal no iba a correr con sus gastos, pero para la próxima la traigo por mi cuenta. -rió Joel- Sólo intento ser un caballero.

– ¿Canal?  ¿Es reportero?

– Así es. -suspiró- Sé que le va a parecer extraño, pero me gustaría hablar con usted cuando se haga de tiempo. El sacerdote me dijo que usted es la hermana menor de La Mariposa.

Dalia se detuvo. Observó fijamente los ojos de Joel. No parecía ser un hombre que disfrutaba burlarse de la gente ni de engañarla. Desde que su hermana se casó con aquel hombre 20 años mayor que ella; varios hombres del pueblo se le habían acercado a hacerle comentarios ofensivos, tratándola como a una cualquiera, comparándola con su hermana.

Lo que realmente molestaba a Dalia no era el que la compararan, sino el hecho de que no sabían nada y aún así hablaban del asunto. La gente no debería hablar de lo que no sabe decía su madre siempre, pero las personas seguían hablando. Eran pocas las.ocasiones donde olvidaban hacerlo, Dalia los llamaba “días de paz” y los disfrutaba al máximo.

– ¿Acaso mi hermana ha adquirido fama mundial y por eso ha venido hasta aquí para averiguar más sobre ella? -preguntó la muchacha.

– No realmente. Es simple curiosidad. Vine desde Paraguay a hacer un reportaje con un compañero que en estos momentos ha de estar caminado por ahí. El reportaje está listo, pero no puedo irme sin antes saber quién es La Mariposa. En la calle nadie dice su nombre y mi instinto de periodista no me dejará en paz si no consigo información… -se detuvo unos segundos, luego prosiguió- No se preocupe, no publicaré nada de lo que me diga ni tampoco lo grabaré. Sólo quiero saber de qué se trata todo esto.

Dalia estaba sorprendida. ¿Qué clase de reportero busca información si no la compartirá con el mundo? Aquello era un alivio además de extraño, nadie aparte de ella, su madre, la misma Mariposa y su esposo saben la verdad. Dalia no permitiría que un extranjero regresara a sus tierras pensando que su hermana era una mujerzuela, no mientras esté a su alcance.

– ¿Lo promete? -rompió el silencio.

Joel dijo que sí con un ligero movimiento de cabeza.

– Es probable que ya conozca incluso dónde vivimos. Vaya a la casa mañana en la tarde. Está de suerte; mi hermana vendrá a pasar unos días con nosotras mientras su marido va a un viaje de negocios. Si mis cálculos no fallan, llegará alrededor de las cuatro de la tarde. Al menos usted debe saber lo que pasa en realidad. De momento, vayamos a comprar algunas cosas que se me está haciendo tarde y mi madre estará preocupada por mi ausencia.

Joel estaba emocionado. No sólo obtendría información sino también vería a La Mariposa en persona. La acompañó hasta un puesto de vegetales frescos. Dalia escogía verduras de una canasta y cuando encontró las que le parecieron más frescas, preguntó a Joel:

– ¿Tiene alguna idea de por qué le dicen La Mariposa?

Joel se encogió de hombros. No lo había pensado.

– Ya lo verá mañana. Sólo espere un poco más.

Abandonaron el puesto y, antes de llegar a la casa, Dalia pidió a Joel que le devolviera los libros. No se negó a hacerlo. Estaba a unos metros de la puerta, podría cargarlas sola hasta que llegara. Se despidió de él con un apretón de manos.

No sabía si era imaginación suya, pero Joel creyó ver que Dalia estaba sonriendo mientras se alejaba, como si recordara algo, también como si lo imaginara.

Escrito por Sonia Rojas.

La Mariposa de Fornalutx (Primera Parte)

Joel Morán se encontraba en Fornalutx, un pueblo pintoresco allá en Mallorca, en España.

En el canal donde trabaja le habían dicho que Fornalutx era un pueblo paralizado en el tiempo y que era buen material para un reportaje, una joya bien conservada. Voló desde Paraguay hasta allí para comprobarlo, aprovechando que el canal le pagaba todos los gastos del viaje, estadía y demás cosas para que pudiera proveerles de un excelente reportaje, casi tan bueno como lo harían los de la National Geographic. Era una de esas ocasiones en las que amaba su trabajo, su profesión. Viajar siempre fue el sueño de su vida y gracias a su empleo le fue posible conocer muchos países, a su gente, a la cultura de cada uno.

Fornalutx es una joya bien conservada le habían dicho y no se equivocaron. Caminar por sus calles, respirar esos aires, era como volver a la Edad Media. Joel pensaba en todo el trabajo que les habrá llevado a los lugareños mantener aquellas edificaciones en su estado original y lo embargaba una emoción tal que su corazón palpitaba de felicidad al verse allí.

Pidió al camarógrafo que lo acompañó que fuera a recorrer donde quisiera. Quería estar solo, descubrir cada rincón de aquella reliquia poblada para hacerse una idea del material que buscaba, del reportaje que quería lograr. El hombre no se negó, estaba cansado y sólo quería echarse a dormir. Lo dejó y fue a la posada donde se alojaban. Apenas había tocado la cama, cayó rendido.

Joel caminaba contento. Eran las diez de la mañana y la gente lo observaba con curiosidad. No lo habían visto nunca, era un turista más del montón al que saludaban amablemente, al que debían hacer sentir como en su casa, para que al marcharse a sus tierras, añorara regresar a Fornalutx algún día.

Un niño se le acercó por detrás, Joel se asustó y se alejó tres pasos dando brincos. Se sintió estúpido una vez más. De nuevo se le acercaban por sorpresa, otra vez se quedaba sin saber qué hacer como aquel día en que se quedó atrapado en un banco allá en Paraguay por culpa de una tormenta. Irma se le había puesto al lado sin que se diera cuenta. En aquella ocasión no sabía quién era ella hasta que le dijo su nombre.

¿Qué habrá sido de Irma? ¿A dónde fue a parar luego de que saliera del banco aún con la lluvia cayendo?

Había dicho que era escritora, pero Joel nunca encontró un libro escrito por ella, nadie conocía a Irma Sánchez en las librerías donde buscó algún material hecho con su ingenio. Tampoco en internet. Supuso que escribía sus libros utilizando un seudónimo. Pensando en esa posibilidad, dejó de buscar. Era como querer encontrar una aguja en un pajar. Además, Joel era un hombre ocupado. No negaba que quería encontrarla alguna vez, pero sólo para avisarle sobre el libro que comenzó a escribir, basándose en todo lo que ella le había contado aquella mañana de tormenta. La historia de Irma le pareció muy interesante, algo digno de compartir con el mundo. No era seguro que consiguiera una editorial que publicara el libro una vez lo terminara, pero confiaba en que lo haría y no quería tener problemas con Irma en caso de que se topara con su vida plasmada en cientos de páginas, con detalles extra que ella jamás dijo.

– Vuestra cámara… Me gusta mucho. -habló el niño que no sobrepasaba los diez años, señalando la Nikon que Joel traía colgando en el cuello como una joya vistosa.

Era la primera vez que escuchaba a un niño decir vuestra. El tono de voz con que lo pronunció se le hizo gracioso y tierno a la vez.

– ¿Te gusta, eh? -respondió Joel sacándose la cámara del cuello- es una belleza y la calidad de las fotos es increíble. Tienes buen ojo para estas cosas.

– Una buena foto depende mucho del fotógrafo. La cámara sólo captura el momento deseado, es un instrumento. La verdadera magia la hace el fotógrafo. -añadió el pequeño con una voz tierna, seguro de sus palabras.

Joel se maravilló con aquella observación, su rostro lo delataba.

– ¿Cuántos años tienes? ¿Cómo te llamas? -preguntó mientras le alborotaba los cabellos negros que cubrían su cabeza.

– Tengo ocho años. -se sonrojó- Me llamo Felipe. ¿Cuál es el vuestro?

– Mi nombre es Joel. Vengo de Paraguay.

– ¿Es la primera vez que viene a Fornalutx?

– ¿Acaso se me nota tanto lo turista? -rió.

– Un poco. -Felipe comenzó a observarlo con detenimiento- ¿Quiere que le muestre Fornalutx, Don Joel?

Felipe era un niño bien parecido y educado, no como sus sobrinos que sólo saben hacer berrinches, atropellar gente cuando corren sin disculparse, repetir las groserías que escuchan en la calle. Si en algún momento sus sobrinos fueron la causa de que rechazara la posibilidad de tener hijos; ese niño hacía que Joel considerara ser padre. Lo discutiría con su esposa Bianca cuando regresara a su casa en Sajonia.

– ¿Tus padres estarían de acuerdo en que recorrieras con un extraño?-preguntó, cruzado de brazos.

– Vuestro nombre es Joel, venís de Paraguay, no creo que sea una mala persona. Yo no lo veo como un extraño de quien debería tener miedo. -dijo con una sonrisa- ¿Podría tomarle fotos con su cámara mientras paseamos? Me gusta la fotografía, pero en mi familia no tienen dinero suficiente para comprarme una cámara. ¿Me dejaría sacarle fotos, Don Joel?

“Don Joel”, escuchaba eso y se sentía viejo.

– ¡Claro! Pero con una condición: tutéame. Eso de Don Joel hace que me salgan canas antes de tiempo. Llámame Joel, así a secas.

Con el pedido atendido; Joel y el pequeño Felipe emprendieron camino.

Nunca vio tantas escalinatas juntas en un solo pueblo. Caminar en Fornalutx era buen ejercicio. Joel sentía las piernas endurecidas como las veces en que daba vueltas con la bicicleta cada madrugada alrededor de su vecindario. Felipe corría y saltaba por los escalones, con la Nikon en sus manos, sacando fotos a Joel sin que él lo supiera. ” Dulce infancia… Donde el cansancio y el agotamiento llegan sólo cuando se deja de jugar” pensaba Joel mientras lo veía saltar.

El niño lo llevó hasta donde le fue posible con el tiempo libre que le quedaba hasta que sus padres se pusieran a buscarlo. Fueron a la Iglesia; una maravilla arquitectónica, con su original estilo gótico mezclándose con el barroco, al Museo cargado de obras de arte dignas de admirar y acabaron en un bonito restaurante que les ofrecía una vista espectacular del pueblo y del mar.

Mientras caminaban de regreso; se toparon con una casa con las paredes cubiertas de plantas. Era común ver casas adornadas con plantas, pero esa en particular era más invernadero que casa. Pequeña y repleta de macetas con diversidad de plantas, la mitad de ellas en flor. Una preciosidad muy peculiar, como salida de un cuento que aún no se había escrito.

– Es la casa de La Mariposa. -dijo Felipe adelantándose a Joel.

– ¿La casa de La Mariposa? ¿Es una especie de Museo con mariposas disecadas?

– La Mariposa es una mujer. -rió el niño- Nunca la vi. Una vez escuché decir a mi padre que La Mariposa se había vendido al más adinerado y valiente, pero no digas que yo te conté. Mi padre no sabe que lo escuché hablando con el dueño de la casa de antigüedades.

Joel prometió que no se lo contaría a nadie y guardó silencio. Eso de La Mariposa sumado al comentario hecho por el padre de Felipe le hizo pensar en que se trataría de una prostituta que había dejado el oficio por una enorme cantidad de dinero.

Llegaron hasta una tienda de recuerdos que era atendida por una mujer más baja que él, de cachetes rosados y ojos oscuros.

– ¡Mamá! -gritó Felipe mientras la abrazaba- ¡Me dejó usar su cámara!

– ¡Te dije que no molestaras a los turistas! -lo reprendió la mujer a la par que le alborotaba el cabello.

– ¡Descuide, señora! Su hijo me ha dado un buen paseo por el pueblo. Es un buen chico. Me llamo Joel.

– Soy Isabel, mucho gusto. Esta modesta tienda es nuestra, si ve algo que le guste, sólo dígamelo. -sonrió la mujer.

Joel debía retirarse a la posada por lo que, sin más preámbulos, se despidió de ambos.

Estaba muerto del cansancio, dormiría como un tronco hasta el día siguiente.

Escrito por Sonia Rojas.

Alegría Única

Olga llegó al último año de su carrera en la universidad con la ayuda de Hugo, su hermano mayor.

No lo esperaba. Cuando eran niños; Hugo la maltrataba demasiado. Olga sabía que era una niña difícil de soportar, pero no creía merecer tantos golpes y empujones de su parte. En varias ocasiones intentó asfixiarla, apretándole el cuello con las manos, con una fuerza tremenda alimentada por el odio que le tenía. Nunca se lo dijo a su madre. La única forma en la que lo hubiera sabido era si Olga moría.

Pero no pasó. En lugar de matarla, creció, estudió, trabajó y un año después de que Olga terminó el bachillerato, Hugo le pagó la universidad. Una situación irónica bastante favorable. Gracias a él pudo llegar hasta el último año sin haber trabajado a la par que estudiaba.

Después de tanto tiempo preocupándose únicamente en sus estudios; Olga se vio obligada a buscar empleo. Hugo ya no le pagaría la tesis y de seguir así, no tendría el título universitario por el que se mató estudiando todos estos años.

Ella no estaba enojada con él por haberle retirado todo su apoyo en el último escalón. Estaba muy agradecida, sabía que no podría devolverle todo lo que él invirtió en su preparación y eso la hacía sentirse presionada. No quería que todo acabara allí.

Al buscar su primer empleo; se encontró con su primera gran barrera: la falta de experiencia. Pasaron muchos meses hasta que pudiera encontrar algo que la ayudara con los gastos de la casa y con sus estudios. Su hermana Delia le había comentado acerca de una heladería donde buscaban personal sin experiencia. Como ambas necesitaban el trabajo, fueron juntas a la entrevista.

Lo consiguieron. Delia en la parte de ventas y atención al cliente y ella en producción. De lunes a sábado iban a la heladería a las cinco de la mañana. Su hermano mayor las llevaba en el auto para evitar que se toparan con asaltantes mientras esperaran algún colectivo a esas horas.

Era muy agotador levantarse a las cuatro de la madrugada para prepararse e ir, pero pensar en que cobraría cada semana y podría ayudar en la casa con los gastos la motivaba. Por fin se sentía útil. Con el transcurso de los días, fue aprendiendo algunas cosas, como los ingredientes que llevaba cada sabor de helado, cómo limpiar las maquinarias y lo pesado que podría llegar a ser el trabajo en esa área. También cayó en cuenta de que las chicas de ventas y atención al cliente eran todas delgaditas, con lindos uniformes y muy bonitas, mientras que las de producción eran señoras, otras eran jóvenes algo robustas, de rostro no tan bonito como las muchachas de ventas, con uniformes grandes parecidos a los de un carnicero. Olga sintió que el poco autoestima que le quedaba caía al suelo como una servilleta, pero cada vez que se ponía el uniforme y se veía al espejo pensaba que no estaba tan mal, que las botas eran las únicas que parecían de carnicero mientras que los pantalones y lo que parecía un guardapolvo la hacían imaginarse a sí misma como una cirujana. El gorrito blanco de algodón le recordaba a los pasteleros en la televisión, le agradaba cómo hacía lucir su rostro, hasta le daba una apariencia tierna y Olga jamás creyó que su rostro frío pudiera parecer tierno alguna vez.

Cuando cobró su primer sueldo se sintió feliz pero no por tanto tiempo. Su hermano le exigía que pagara el combustible del auto por las veces que la llevó al trabajo y por la comida. Como Delia también estaba en las mismas, compartieron los gastos durante cierto tiempo. Olga miraba con tristeza lo que le quedaba de su salario. Era muy poco, pero le alcanzaba para dar algo a sus padres y dejar un poco para sus pasajes de regreso a casa.

Delia se cansó de dar parte de su dinero al hermano. Decidió que el novio la llevaría en moto cada día al trabajo. Olga no podía hacer lo mismo y siguió pagando por la comida y el combustible.

Olga duró tres semanas en la heladería. Fueron varios los factores que influyeron para que renunciara. En la heladería usaban mucha lavandina para lavar los potes y sus manos estaban quedando como un pedazo de carne inservible. No usaba guantes de goma y tanta lavandina le corroía la piel sin piedad. Ya nadie le podía agarrar las manos sin que gritara de dolor al punto de llorar en algunas ocasiones. Pensó en comprarse un par de guantes aunque eso fuera lo que correspondía a su jefa, pero no alcanzó a hacerlo porque renunció. Otro motivo que la orilló a tomar esa decisión era el incumplimiento de horario. En el contrato decía que saldría a las 17:30, pero la mayoría de las veces salía a las 20 o 21 horas. Además, la dueña de la heladería no le dejaría seguir con sus estudios, nadie me pide permiso para estudiar, a mí no me conviene, pierdo tiempo… era lo que le dijo la mujer y Olga perdió las ganas de seguir en ese lugar. Su hermano también le había pedido que renunciara y buscara otro trabajo; no me entusiasma la idea de seguir levantándome muy temprano, además también tengo que trabajar. Olga se desanimó mucho al oírlo. Si él estuviera en su lugar, ella lo habría ayudado las veces que hiciera falta aunque tuviera que levantarse muy temprano.

Renunció a su primer empleo, pero Delia siguió adelante en ese lugar más tiempo. Cuando Olga se lo comunicó a su madre sintió mucho pesar. Su madre no dijo nada, pero su expresión facial exclamaba a gritos lo decepcionada que estaba.

Trabajó tres semanas. Cobró tres veces. Sólo alcanzó a darse un gusto comprándose una camisa y un libro. Todo lo demás fue para los gastos del hogar.

Olga tiene una sobrina muy parecida a ella. Margo, una niña de tres años muy inteligente que vive con ellos desde su nacimiento. Pasó más tiempo con Olga que con su madre, ambas se adoran. Margo fue la única que se alegró cuando renunció a su trabajo. Era la única que disfrutaba de la compañía de Olga.

Fue durante un almuerzo de domingo que Delia llegó a la casa, molesta con Olga. En la mesa, Olga se animó a preguntar a su hermana lo que sucedía con ella y ésta le respondió furiosa que no debió renunciar y que por su culpa quedó mal con la dueña de la heladería. También le reclamó injustamente por haber dicho pestes de ella a las empleadas. Olga siempre fue tímida, no hablaba mucho con las mujeres en producción. Jamás les habló mal de Delia, pero por alguna razón alguien le inventó aquello para que pelearan. No importó cuántas veces le explicara, Delia no le creyó y dejó de hablarle por un tiempo. Olga se sintió herida, no pensó que su hermana le tuviera tan poca confianza.

A la semana siguiente; Delia también renunció a su trabajo. Se lesionó la muñeca cargando potes pesados de helado. Tras eso, le habló a Olga como si nada, sin disculparse por todo lo que le dijo. Olga tampoco se lo echó en cara. No quería empezar otra pelea.

Durante meses, Olga se puso a buscar otro empleo y al tardar en hallarlo, su hermano la presionaba para que fuera a trabajar a un supermercado. No estaba en sus planes aquello, se concentró en seguir buscando algo donde al menos tuviera el domingo libre y consiguió entrar a una casa de créditos como call center. 

No era lo que pensaba. No cobraría bien si no vendía créditos y no era una tarea fácil. Muchos le cortaban la llamada, otros le insultaban y algunos simplemente no atendían. No tenía un celular corporativo. Cuando repartía volantes, anotaba con miedo su número de celular para que quien estuviera interesado la llamara y ella tomara sus datos. En una ocasión, un hombre la llamó diciéndole que sacaría con ella cinco millones si Olga le hacía sexo oral. Aquello la enfureció y para no cometer una estupidez cortó la llamada.

Tuvo que renunciar después de dos semanas al ver que se quedaba sin efectivo. No quería prestar dinero de su madre para el pasaje ida y vuelta al trabajo cada día. No era seguro que vendiera y llegara a su meta de ventas. Además, un amigo le había prometido que la ayudaría a conseguir otro trabajo.

No le ayudó en nada. Ni siquiera la había llamado.

Delia consiguió un trabajo seguro en una tienda de aparatos electrónicos. Olga estaba feliz por ella, pensaba que si necesitaran personas en ese lugar ella la llamaría.

Tuvo la oportunidad de escuchar a su madre hablando con Delia en la cocina. Nadie sabía que Olga estaba tras la puerta. Su hermana dijo que el local estaba muy surtido y tenía muchos clientes. Cuando su madre preguntó si era posible que consiguiera un lugar allí para Olga, Delia dijo que era posible pero que no lo haría; ni loca le ayudo más, me hará quedar mal.

Olga dejó la puerta y salió al patio. Tenía los ojos bien abiertos y la mirada vacía. Siempre había sido una muchacha paciente, pero aquello estaba llenándole el vaso. Se topó con Margo quien al verla corrió hasta Olga, la abrazó y la llevó a que jugara en la arena con ella.

Tomar la arena suave y fría entre sus dedos la hizo sentirse renovada. Una parte de ella quiso lanzarle un puñado de arena a la cara de su hermana y la otra parte rió con la imagen mental que surgió tras la idea. Comenzó a reír sola, pronto se vio acompañada en las risas por la pequeña Margo. Estaba contenta una vez más.

Una noche que intentó regresar de la universidad se quedó sin colectivo. Esperó durante media hora, pero el bus que la llevaba a su casa jamás apareció. Con cierta incomodidad llamó a su hermano para que le hiciera el favor de ir a buscarla en auto. Antes de cortar la llamada, alcanzó a oír cómo se quejaba. Olga veía venir una serie de reclamos una vez la alcanzara y no se equivocó. Prácticamente le echó la culpa de haberse quedado sin transporte por no salir más temprano de la facultad.

¡Cómo si eso fuera tan simple! Si salía más temprano, llevaría ausente en la lista. No dijo nada en todo el camino, se limitó a escuchar los reclamos mientras pensaba en tirarse del auto en movimiento.

Siempre vio cómo su hermano iba y venía con sus amigos en el auto. En ocasiones era posible escucharlo decir por celular: Me hubieras llamado, sin problema te iba a buscar. Recordó aquello y su paciencia se esfumó. Cuando llegaron a la casa, Olga bajó del vehículo en silencio y cerró la puerta de un golpazo tan fuerte que era probable que se hubiera abollado un poco. Cerró la puerta de la entrada mientras su hermano le gritaba detrás. Tiró su mochila y carpetas en la cama y se metió a bañar. Lloró de rabia alrededor de 15 minutos y fue a dormir con los ojos rojos e hinchados, repitiéndose una y otra vez que estaba sola y no contaba con nadie más que consigo misma.

A la mañana siguiente, Margo fue a despertarla. Se subió a la cama y comenzó a saltar con alegría y entusiasmo. Olga siempre disfrutó ver a Margo saltando, conseguía contagiarle un poco de su energía de esa forma. A veces incluso sentía envidia. Ser adulto apestaba peor que una cloaca.

Hace dos días encontró un anuncio donde necesitaban gente para trabajar en un supermercado. No quería terminar así, pero Olga necesitaba tranquilidad, estaba harta de escuchar los reclamos de su familia y consiguiendo un empleo quizás las cosas se calmarían un poco. Salió una hora y media antes de su casa para ir al lugar, pero el colectivo tardó mucho en aparecer. Cuando por fin llegó y Olga consiguió subir, se topó con la desagradable sorpresa de que las rutas estaban bloqueadas por unas obras que se estaban llevando a cabo. El bus tuvo que tomar un desvío largo y en pésimas condiciones… 

Olga llegó tarde para entregar su currículum. No consiguió presentarse a tiempo. Antes hubiera llorado, pero las circunstancias hicieron que se cansara de todo. Se lamentó por lo sucedido, pero nada más. Regresó a su casa, pensando en que no era tan malo, pronto encontraría otra oferta de trabajo. Ya que su entorno no la ayudaba a calmarse, se esforzaba por tranquilizarse sola y lo conseguía mientras pensaba en muchas cosas.

Llegó a su casa y contó a sus padres lo que pasó. Estaban muy enojados, como si con eso pudieran cambiar los hechos. Pero siempre existe una luz que acaba por iluminar todo a su alrededor. Margo se alegró al ver llegar a Olga, la abrazó y le besó en la mejilla. ¡Vamos a jugar juntas más tiempo! – festejó Margo mientras saltaba como un conejo, dando vueltas alrededor de Olga. Se sintió conmovida con aquel gesto sincero y espontáneo. 

Estoy sola, no cuento con nadie más que conmigo misma… Y con Margo.

La pequeña Margo se había convertido en su mayor motivación. Sola ya no estaría.

Ciertamente seguiría en busca de un empleo. Podrían rechazarla un montón de veces, pero era algo que ya no importaba. Siempre tendría a alguien que la recibiría con alegría única aunque fracasara en el intento.

Escrito por Sonia Rojas.

Las Peripecias de un Risueño

Quienes lo conocen estarían de acuerdo en que Pablo debería figurar en  cualquier diccionario como sinónimo de peculiaridad.

A los cinco años descubrió que no era capaz de entristecerse o de asustarse… Al menos no como una persona normal.

Se reía de todo, incluso cuando debía llorar, asustarse o enfurecerse. Explicándolo mejor, no reía a cada segundo, sólo lo hacía cuando no debía. La risa estaba presente en su día a día sin importar qué tan mala hubiera sido la jornada.

Su madre, harta de escucharlo estallar en risas en los momentos más inoportunos, lo había llevado a varios consultorios, pero todos los médicos concluían en que el problema de Pablo era psicológico y que necesitaba terapia.

Cada martes y jueves, Pablo asistía a terapia al consultorio particular de la única psicóloga que había en el vecindario. Su madre sentía un poco de vergüenza acompañándolo. No faltaban motivos para que su hijo se echara a reír a carcajadas: un hombre tropezando y cayendo en la calle, perros persiguiendo gatos callejeros, ancianas con peinados raros. Era como si el destino apoyara el problema psicológico de Pablo.

Tras cinco meses de sesiones aburridas; la psicóloga habló con la madre de Pablo. No registraba cambios favorables en él y no deseaba seguir perdiendo el tiempo; el problema de Pablo es cerebral, los doctores habrán pasado algunos detalles por alto… se excusaba la mujer. Finalmente, le recomendó a un buen médico que incluso lo revisaría gratis.

Pablo fue al médico una vez más, pero el hombre tampoco encontró algo anormal en su cerebro. La madre se dio por vencida, decidió dejarlo como estaba y se consoló a sí misma diciendo que al menos tenía un hijo sano, tan sano que reía en lugar de todas aquellas personas que no podían hacerlo de tanto mal en sus cuerpos. Espero que esa risa tuya aparezca en mi funeral. En lugar de funeral, será una fiesta le decía su madre aferrándose a su mano con ternura, recordando lo agradable que era la risa de Pablo, aunque fuera en mal momento.

Cuando Pablo cumplió 17 años; su madre falleció en un accidente. Un auto la atropelló al intentar cruzar la calle para llegar al supermercado. Enterado de lo ocurrido, hizo lo de siempre: echarse a reír. Estaba triste, pero la risa salía sola, sin preguntarle si podía hacerlo. Rió como nunca y de sus ojos brotaron lágrimas. La gente que lo observaba no entendía lo que pasaba con él, le avisaron que su madre murió y él se ríe, es un mal hijo decían unos y tal vez esté en shock, está lagrimeando mucho y no parece ser a causa de la risa aunque sigue riendo murmuraban otros. El hecho es que el único que sabía lo que pasaba realmente era Pablo.

En el funeral; amigos y familiares lloraban amargamente. Su padre, el nuevo viudo en la lista, no estuvo presente. Llevaba 10 años viviendo y trabajando en España y estar de regreso para darle el último adiós a su esposa fallecida se le escapaba de las manos. Llegaría al país en tres días más para acompañar a su hijo hasta que las cosas volvieran a la normalidad.

Pablo comenzó a hablar a los presentes. Contaba anécdotas a la par que dejaba escapar risas involuntarias. No eran tan graciosas, pero él reía como si fuera la mejor comedia del mundo. De pronto ya no era el único que reía, todos los que allí se encontraban lo acompañaban en contra de su voluntad. La risa se contagia mucho más rápido que la tuberculosis. Pablo se sorprendió al ver aquel espectáculo, todos riendo con él a gusto. De vez en cuando miraba el ataúd de su madre, como esperando a que se uniera a la fiesta risueña no planeada.

Aquello fue una fiesta, no un funeral. Justo como lo quería su madre.

Durante los días que su padre estuvo con él, Pablo se esforzó en no hacerle notar que aún no había superado aquel problema. Para él no lo era, pero para su padre sí. Incluso lo llegó a tratar de retrasado mental cuando las risas surgieron. Pablo recordaba esas épocas con mucha tristeza. Varias veces se había culpado de la partida de su padre, pero después de un tiempo dejó de hacerlo. Después de todo, su padre tenía un buen empleo que le generaba muy buenos ingresos.

Luego de un mes de duelo, el padre de Pablo regresó a España, prometiendo enviar dinero como siempre para que no le faltara nada.

Arribó a España creyendo que Pablo había superado por completo lo de las risas involuntarias.

Pablo ya tiene 24 años. Va a la universidad. Tiene pocos amigos. No son muchas las personas que se sienten cómodas con los estallidos risueños sin motivos claros. Algunos lo acompañan en sus carcajadas, otros simplemente se alejan, pero a Pablo no parece importarle. Los buenos amigos siempre son pocos.

Desde que entró a la universidad, lo han echado de clases 20 veces. El primer día fue “invitado” a salir por haberse reído de los zapatos del Decano, un hombre canoso que gustaba de los mocasines marrones y las medias blancas. En la institución nunca lo habían visto calzar zapatos de otro color al igual que las medias. Eso sí, cambiaba de mocasines y de calcetines. Pablo, al verlo, se fijó en los calzados del Decano. Eran iguales a los que usaba su tío Beto, un señor que hacía los mejores chistes con los elementos que tuviera a mano. Recordaba los chistes mientras el hombre les hablaba, hacía un esfuerzo enorme para no echarse a reír frente a todos, pero no pudo resistir mucho tiempo. Se echó a reír a la vista de todos y el Decano, luego de tratarlo de irrespetuoso y falto de disciplina, le pidió que abandonara la clase. Pablo atravesaba la puerta tapándose la boca en un intento de contener aquella risa impetuosa, sintiéndose algo avergonzado.

Cualquiera diría que con 20 “invitaciones” a salir de clases ya lo hubieran expulsado, pero no pasó. Algo cansado de que lo sacaran de clase sin que entendieran el porqué reía tanto, tuvo que contar a todos sobre su problema de incontinencia risueña y, en caso de que con eso no bastara, trajo consigo un montón de papeles que probaban que asistía a terapia psicológica cuando era niño. Aún así, lo echaban de vez en cuando a falta de tolerancia por parte de algunos maestros y compañeros.

A pesar de todo, Pablo era buen alumno. Conseguía acceder a las lecciones, espiando por una ventanilla que conseguía abrir a medias y con mucho esfuerzo. Anotaba todo lo que escuchaba y dibujaba un signo de interrogación al lado de las cosas que no comprendía para consultarlas después en los libros, internet o con los compañeros que fueran capaces de soportarlo. Pasaba los exámenes con las mejores notas de la clase y dejaba boquiabiertos a los maestros que lo echaban de clases.

Durante un seminario curricular en el auditorio, Pablo volvió a ser el centro de atención. Esta vez muchos le dieron la razón, pero de igual forma fue “invitado” cordialmente a abandonar el lugar.

Un conocido diputado había sido invitado como disertante. El hombre había sido amenazado de muerte en varias ocasiones, por lo que cada vez que salía, andaba rodeado de guardaespaldas y con un chaleco antibalas puesto, escondido debajo del saco negro que usaba en público. El diputado hablaba a los presentes, comentaba su caso, pero lo hacía con tan poco entusiasmo que la mayoría tenía ganas de dormir. Uno de los compañeros de Pablo, sentado junto a él, arrojó una bola de papel, del tamaño de una pelota de golf y fue a parar directo a la cabeza del parlamentario. El ambiente se puso pesado, muchos querían estallar en risas, pero se contenían.

Por supuesto, ese no era el caso de Pablo. Como era el único que reía a carcajadas, pensaron que fue él quien arrojó esa bola de papel. Obviamente no fue él, Pablo sabía quién lo hizo, pero se limitó a decir entre carcajadas: “¡Eso pudo ser una bala! Debió haberse puesto otro chaleco antibalas pero en la cabeza”. Todos en el auditorio, incapaces de contener las risas por más tiempo, rieron como nunca. Hasta los guardaespaldas que debieron prestar atención para que eso no sucediera reían sin parar. Serían despedidos después, eso era seguro, pero la risa era lo único que valía la pena en ese momento.

Cuando las cosas se calmaron, Pablo salió del auditorio como lo hizo otras tantas veces de la clase: con la amable ” invitación ” a dejar el lugar. No delató al responsable de todo, tampoco tenía intenciones de hacerlo. No importaba, el espectáculo le recordó al funeral de su madre años atrás. Fiesta, mejor dicho.

Tras aquello, consiguió amigos, pocos, pero valiosos. Al no delatar, probó que podría ser leal aunque no le correspondiera.

Con mucho trabajo había conseguido una novia. No le duró mucho. Cuando la muchacha lo llevó a su casa con la intención de presentarlo a sus padres, Pablo lo arruinó con una de sus ocurrencias cargadas de honestidad.

Sentado en la sala, observando los adornos que tenían en la mesa y las paredes pintadas de color durazno, la novia trajo a su madre, una mujer que rondaba los cincuenta pero intentaba aparentar tener treinta. Vestía una blusa algo escotada y unos jeans que le quedaban un poco apretados. Pablo pensaba que la mujer estaba muy incómoda, pero no dijo nada. Su suegro lo observaba atentamente del otro lado de la mesa. Un hombre de cabello canoso, rostro serio, con una barriga que comunicaba a quien la viera que gustaba de los asados y las cervezas. Pablo no se había fijado mucho en el rostro de su suegra. Haberlo hecho después fue un grave error.

La suegra tenía el rostro muy maquillado y las cejas completamente depiladas. En su lugar quedó un remedo patético a base de lápiz para ojos. No entendía el porqué se arrancaría todas las cejas para dibujarse otras. No tenía ningún sentido. Hizo esa observación y la risa loca se dejó oír como siempre. El padre de la novia lo acompañó en sus carcajadas, las únicas que estaban furiosas eran ella y su mamá.

Ese día se quedó sin novia. Triste como estaba siguió riendo. Era lo único que podía hacer y lo que mejor se le daba.

Pablo, además de estudiar, trabajaba. No le faltaba nada, su padre mandaba suficiente dinero cada mes. Incluso le sobraba para darse algunos lujos, como ahorrar. Pero su padre no sería eterno, en cualquier momento podría correr la misma suerte que su madre, por lo que sin dudarlo decidió hacerse camino en la vida.

Con sus ahorros, se compró una motocicleta y una desmalezadora. Cortaba el césped de los vecinos y de otras personas que vivían un poco más alejados de su vecindario que requerían sus servicios. También se desempeñaba como jardinero. Podaba los arbustos y los árboles, regaba las plantas, las abonaba, cuidaba los rosales y traía semillas y plantas nuevas a sus clientes. Le iba muy bien, a la gente que lo contrataba le gustaba verlo trabajar a la par que reía. Pablo era un sujeto que disfrutaba de lo que hacía. Pronto comenzaron a llamarlo El risueño y a Pablo aquello le gustaba.

Ya no pensaba en mujeres, no ansiaba una vida amorosa. Recordaba aquella canción que decía:

Ya se olvidó de lo lindo que fue,

Ya se olvidó y no se va a acordar más,

Que era feliz sin amor…

Se sentía tranquilo y la tranquilidad se había vuelto un lujo desde hace tiempo. Él lo sabía y estaba contento.

Una tarde en la que se desarrollaba un torneo de fútbol a unas cuadras de su casa, Pablo aseguraba la desmalezadora a la motocicleta para ir a cumplir con un trabajo. Apenas se había puesto el casco, se oyeron disparos. El torneo se convirtió en una batalla campal y una bala perdida le atravesó el abdomen.

Pablo cayó al suelo con la remera manchándose de sangre. Un vecino alcanzó a verlo y corrió en su ayuda. Se sorprendió al ver que Pablo reía y que con cada carcajada soltaba un ¡aaaaay! para seguir riendo mientras tapaba su herida con las manos. Cuando por fin comenzó a hablar, sólo repetía una y otra vez: a mí sí me hubiera servido un chaleco antibalas y no un casco. ¡Ironías de la vida!

Al llegar la ambulancia, los paramédicos no entendían porqué reían Pablo y su vecino. Pero acabaron uniéndose a ellos al oír el comentario del risueño. 

Pablo salió bien del hospital después de unos días de internación. Cada mañana recordaba la burla que había hecho al diputado en el auditorio. Pensaba seriamente en comprarse un chaleco antibalas para usarlo cuando estuviera fuera de casa.

Aunque pensándolo bien, una armadura como la que usaban los caballeros en la época medieval no le vendría nada mal a pesar de lucir incómoda. Una bala perdida ya no sería problema ni para su dedo meñique.

Escrito por Sonia Rojas

La Rana

Tras largas semanas de insistencia; Carolina lo había conseguido. Su compañía se encargaría de la creación de contenidos publicitarios para el nuevo Shopping que abriría sus puertas dentro de dos meses. La persona a cargo del nuevo centro comercial citó a Carolina para charlar sobre las ideas que aportaría y, en caso de gustarle la propuesta, cuánto dinero se necesitaría para costearlo todo.

– Mañana a las ocho en punto, bien temprano en el Café Las Mercedes. -había dicho el representante oficial del dueño del Shopping y Carolina no cabía en sí de la alegría.

Ese día, la noticia se esparció como el humo y sus compañeros de trabajo acordaron celebrarlo en casa de alguno de ellos. Prometieron colaborar con lo que podían para conseguir carne de primera y hacer un asado, abundante cerveza fría y espumosa y buena música para asegurar una velada excelente con todos. Carolina moría de ganas por asistir y festejar con ellos, pero rechazó la invitación con disimulado pesar. Tenía cosas que arreglar en su mente para tener ideas valiosas que mostrar en la reunión con el representante.

La cosa aún no estaba asegurada y ella lo sabía. Todo dependería de las ideas que tuviera y del visto bueno definitivo del hombre. Carolina era optimista, hasta podría decirse que demasiado. Jamás importó que las cosas no fueran claras ni concretas, ella las daba por hecho de igual forma. Y ésta no sería la excepción.

Al anochecer, mientras todos iban a la ansiada fiesta; Carolina montaba su Vitz rumbo a casa. Debía unir algunos puntos de su propuesta y darse tiempo suficiente para dormir.

Necesitaba dormir con urgencia. Debido al trabajo y la ansiedad no había podido conciliar el sueño como una persona sana. Ocultaba sus ojeras con maquillaje, pero si continuaba de esa manera, el maquillaje ya no le prestaría la ayuda de antes. Para Carolina, dormir se había convertido en un asunto tan importante al igual que la reunión.

Al llegar a casa; se encontró con una escandalosa fiesta en el dúplex del vecino. No quería perder tiempo reclamando la tranquilidad que necesitaría, por lo que entró a su casa, fue a la cocina, se preparó un sándwich de jamón y se encerró en su habitación.

A duras penas consiguió concentrarse. La música electrónica, aquella que tanto detestaba, sonaba cada vez más fuerte en la casa del vecino. Incluso los vidrios de las ventanas emitían un sonido que preocupaba a Carolina, temblaban demasiado. Pensaba seriamente en llamar a la policía para poner fin a esa maldita fiesta.

Cuando por fin se decidió y tenía el celular en la mano con el 911 en pantalla, el escándalo cesó. Miró por la ventana y vio cómo los invitados del vecino iban retirándose lentamente. Carolina dejó escapar una carcajada al ver cómo una pareja, ebria hasta el tope, caminaba arrastrando los pies, tambaleándose. La mujer, con el pezón derecho a punto de escapársele de la blusa corriente que traía puesto, el hombre, con medio trasero al descubierto, evitando las piedras del camino como si se trataran de enormes agujeros que llevaban a otro mundo. El cuadro en sí no era gracioso en absoluto. Daba lástima, pero Carolina no pudo hacer otra cosa más que reír de aquella escena tan patética donde dos individuos olvidaron la dignidad en la fiesta del vecino.

Se le ocurrió ver la hora en el reloj de pared en su habitación. Eran las dos de la mañana. Tenía el proyecto listo, sólo le quedaba dormir.

Se puso el pijama púrpura que le había regalado su madre en su cumpleaños anterior, se cepilló a detalle los dientes y orinó antes de ir a la cama para evitarse los disgustos de levantarse antes de tiempo por culpa de una vejiga molesta.

Mientras Carolina se encontraba en el baño; una rana se movía con lentitud entre las vigas del techo en el dormitorio, buscando un lugar cómodo donde pasar la noche, alejada del peligro de ser devorada por algún depredador. 

Conocía su capacidad para defenderse, sabía que ante cualquier ataque su fría piel liberaría una viscosidad asquerosa capaz de ahuyentar a cualquier animal, pero el miedo lo sentiría de todas formas.

Y ella era una rana muy especial. Era una rana que estaba harta de sentir miedo, de saberse acechada, insegura. La cadena alimentaria no la dejó sobresalir por entre todos los depredadores, la naturaleza no le permitió ser una criatura feroz, excepto para los pequeños insectos que cazaba a diario.

Pegada a la viga, observó cómo Carolina se recogía el cabello con descuido, cómo se dejaba caer en la cama y cómo el colchón se hundía placenteramente con el peso de aquella mujer.

La rana quiso dejarse caer. La plataforma blanda y rectangular que veía desde la viga, además de cómoda, parecía segura, pero la mujer estaba reposando en ella y la rana aún tenía miedo.

Se dijo a sí misma que la ahuyentaría para apoderarse de la cama.

Enredada hasta el cuello con una manta azul; Carolina entraba poco a poco al mundo de los sueños. Cuando sus pesados párpados acababan de cubrir sus ojos cansados; oyó un fuerte ruido cuyo lugar de origen no supo precisar. Se sentó en la cama, observando con detenimiento, agudizando los oídos. Aguardaba a que el sonido volviera a escucharse, pero no pasó nada. Volvió a acomodarse, dispuesta a dormir apenas su cabeza tocara la almohada.

Sin embargo, cuando reposó el cuerpo por completo, aquel sonido regresó con más fuerza. No sabía porqué, pero Carolina lo asoció con el sonido que emitiría alguna ave legendaria, como si ya hubiera escuchado una. Se sintió estúpida y asustada a la vez.

Se puso de pie, encendió las luces de su habitación, buscó debajo de la cama, detrás del armario, detrás de los cuadros, en el librero, pero no halló nada.

Al no encontrar el origen del ruido, regresó a la cama, decidida a quedarse dormida aunque el sonido volviera a oírse. Lo ignoraría sin importar cómo.

La rana emitía una y otra vez aquellos aterradores ruidos, pero la mujer no hacía caso. Dormía plácidamente, ignorando su presencia.

En un momento dado, la rana se despegó de la viga, cayendo directamente sobre la cara de Carolina. Ésta, sin saber si se trataba de un sueño, abrió los ojos. Cruzó miradas con aquel anfibio gordo y verde, sin haber despertado del todo aún, con la boca tapada por el vientre frío y húmedo de aquella rana que torpemente había caído.

Cuando despertó por completo, Carolina se vio muda a causa de una rana fea sobre su boca. Su pavor hacia aquellos animales hizo que se la sacara de encima con un manotazo, saliera corriendo de la casa mientras gritaba, aterrorizada, llorando y temblando como una gelatina, con el rostro pálido de susto. Cualquiera pensaría que había visto un fantasma.

Un poco más calmada, tomó asiento en un sillón del jardín, sin atreverse a entrar a su casa y, tras darle varias vueltas al asunto de cómo la rana se había metido a su habitación, Carolina se quedó profundamente dormida.

Esa noche, ambas consiguieron lo que buscaban de la manera más peculiar que podrían imaginar: la rana reposaba feliz y tranquila en la cama y Carolina dormía después de tantas noches de insomnio.

Dormía a la intemperie, pero ¡qué importaba! Para dormir sólo se necesita sueño en abundancia y a Carolina aquello era lo único que le sobraba.

Escrito por Sonia Rojas.

El Prófugo y la Cabra

Carlos, o Caló como lo conocían en casa, huyó de la cárcel. Aún no sabía cómo lo había logrado, sólo que ya no se encontraba encerrado, que corría por el campo y que mientras siguiera así, nadie lo volvería a violar ni tampoco lo obligarían a hacérselo a otros presos.

Haberle disparado al hijo del Coronel Ramírez durante una noche de tragos le valió una condena de 30 años de cárcel, de los cuales había cumplido tres meses. Y ahora, sin la menor idea de cómo lo había conseguido, corría velozmente entre los yuyos de aquel campo del que nadie se hacía cargo.

Caló estaba agotado. El campo era muy grande y parecía no tener fin. La cárcel quedaba muy lejos de donde se hallaba ahora. Era probable que ya hubieran salido un montón de policías en su búsqueda.

Ya no daba más. Tenía mucha sed y sus piernas temblaban. Estaba a punto de darse por vencido hasta que, a varios metros de donde se encontraba, vio muchas casas, unas al lado de otras. Sin duda, en alguna recibiría un vaso de agua y un plato de comida para recuperar energías y continuar con su huida.

Corrió y tropezó varias veces, se rasguñó con las ramas espinosas que se prendían a sus pantalones sucios y llegó hasta aquello que a lo lejos era mejor que un oasis.

Se llevó una gran decepción. Las casas eran pequeñas y aquello no era un barrio populoso.

Era un viejo cementerio.

Lo único vivo que alcanzó a ver fue a una cabra mordisqueando las hojas de guayaba que alcanzaba del árbol al cual estaba atada.

Caló intentó trepar el oxidado portón, que con cada movimiento suyo, torpe y desesperado, chirriaba. Si hubiera sido de noche, ya estaría con el corazón quieto y el cuerpo frío de terror.

Apenas se encontró dentro, lo recibió un perro enorme, gris, enseñando los dientes, ladrando como el animal más feroz que pudiera existir, amenazándolo con despedazarlo a mordidas. Caló palideció y se orinó encima. La orina se deslizaba tibia en sus piernas y los vellos que cubrían su cuerpo se erizaron.

Una voz masculina, gritó desde detrás de uno de los panteones: ¡Silvestreeeeee! y, apenas lo oyó el perro, éste se echó al suelo seco, esperando a que apareciera su amo.

Un cincuentón llegó hasta él, lo saludó y se presentó:

– Me llamo Gregorio, soy el guardia de este cementerio. ¿Acabas de huir de la cárcel?

– ¿Cómo? – preguntó a su vez Caló, sorprendido- ¿Cómo sabe que soy prófugo?

– El pueblo está muy lejos de aquí. Este cementerio recibe muertos y deudores de la justicia que han logrado huir de prisión.

– ¿Ayudas a los que huyen de la cárcel?

– Sólo a los que me ayudan a mí. A los que no me sirven, los entrego a la ley. Nadie lo ha conseguido. ¿Podrás ayudarme?

– ¿Qué necesitas?

Gregorio señaló a la cabra atada al árbol de guayaba.

– La carne de cabra está algo costosa en el mercado del pueblo. Quiero que la mates.

Caló observó al cincuentón y al perro. Luego a la cabra y quedó confundido. No se animó a preguntar algo sobre el peculiar pedido.

– ¡Eso será fácil! -dijo. Ya había matado a un hombre estando ebrio, una cabra no sería nada.

– Todos dijeron eso y mira, la cabra ya cumplió siete años y los que han fracasado regresaron a prisión. -rió el cincuentón- Tienes cuatro horas para conseguirlo.

– ¿Qué gano yo si mato a la cabra?

– Quedarás como el sepulturero de este cementerio, tendrás un techo y un plato de comida y, lo mejor de todo, no te entregaré a la policía. Aunque, podrías ir al pueblo si quieres una vez lo consigas. Será tu decisión.

Gregorio le extendió un cuchillo grande y filoso.

– Ni se te ocurra matarme. Tengo una pistola en la cintura y muy buena puntería. Iré al pueblo por algunas cosas y te encargarás de la cabra. Silvestre hará guardia en mi ausencia.

Dicho eso; el cincuentón dejó el cementerio y se encaminó al pueblo.

Caló quedó con el perro, que lo observaba con cara de pocos amigos.

Se acercó a la cabra con el cuchillo en mano y Silvestre comenzó a ladrar de nuevo. Cualquier movimiento lo alarmaba y ladraba con fuerza. Caló empezó a odiarlo.
La cabra, al ver a Caló con el cuchillo, caminando hacia ella, lamentaba su suerte. Se echó a balar. Entre sus balidos Caló creyó oír algunas palabras comprensibles, pero la que lo hizo sobrecogerse fue ¡piedaaaaad!

Caló la vio moverse de un lado a otro, llorando, pidiendo piedad y en su corazón la compasión fue creciendo.

“Si no lo hago, me entregará a la justicia. Me violarán peor que antes” pensaba Caló. No regresaría jamás a ese lugar, aunque tuviese que matar a la cabra y al perro que se volvía más odioso a cada segundo.

El perro… ¡Eso lo arreglaría todo!

Caló se abalanzó sobre él. Silvestre comenzó a retorcerse, aullaba, forcejeaba en vano intentando liberarse del abrazo mortal del prófugo.

Le abrió la garganta con el cuchillo, un tajo bastó para que la sangre saliera a borbotones y Silvestre dejara de luchar. Lamentó el hecho muy tarde, pero no pensaba con claridad y también estaba hambriento.

Como si se tratara de un carnicero de profesión; despellejó a Silvestre y lo preparó para asarlo. Fue hasta la casucha de Gregorio, que era similar a un panteón, pero más descuidado y con las puertas abiertas y sacó una olla con agua para lavar la carne y algo de sal para darle sabor. Prendió fuego y atravesó cada parte de lo que antes era un perro con algunas ramas de guayaba que cortó con un machete que sacó de la casa. Silvestre estaría listo en unos minutos, pero su amo no lo sabría.

Todo estaba listo, pero la cabra seguía allí. Fue con el cuchillo y le arrancó unos cuantos mechones de su pelambre endurecida y las esparció donde aún había rastros de sangre, para despistar a Gregorio cuando regresara y, acción seguida, juntó la piel y los restos que hacían obvio el asesinato de Silvestre.

Se llevó a la cabra al campo, la dejó libre y ésta brincaba de alegría. Cuando se estaba alejando; la cabra dio vuelta, le lanzó una mirada cómplice a Caló y desapareció entre la maleza.

– Corre cabrita, prefiero que mueras en otras circunstancias y no por mi mano. Además, me hice asesino sin querer. Maté al hijo del Coronel porque era un pedante y yo estaba ebrio. Si lo hubieras conocido en una ronda de tragos, también lo hubieras matado. -decía Caló, agachado, cavando con el cuchillo la tierra seca, sepultando las pruebas de su crimen.

Estando en esa posición, el hedor de su propia orina impregnada en sus pantalones le golpeó la nariz, obligándolo a tomar prestado un par limpio del guardia. Se lo explicaría cuando llegara el momento.

Gregorio llegó cuando el sol estaba ocultándose y el olor a carne asada le abrió el apetito. Le extrañó que Silvestre no lo hubiera recibido, pero no le dio importancia. Se sorprendió al ver que la cabra no estaba y que había carne asándose al fuego.

– ¿Fuiste capaz de matar a la cabra? -preguntó.

– No fue fácil, pero lo conseguí. -mintió, mientras preparaba la mesa descolorida y vieja poniéndole un mantel de encaje blanco.

– ¡Quita eso de ahí! -exclamó, escandalizado- Haces que mi mesa parezca uno de los altares dentro de los panteones.

Caló obedeció. Sacó el mantel y se limitó a poner los platos.

– Eres despiadado. Mataste a la cabra a pesar de que pidió piedad.

– ¿Así que sabías que era capaz de decir eso? Asesiné a un hombre, una cabra no sería la excepción. Si te sirve de consuelo, lloré cuando le corté la garganta.

– ¡Eso no es nada! Las ovejas derraman lágrimas cuando las quieren matar. Es algo que te encoge el corazón si lo piensas.

– No lo puedo negar, en verdad lloré cuando lo hice.

– ¿Cuando mataste al hombre?

– ¡No! Cuando maté a la cabra. Estaba ebrio cuando maté al hijo del Coronel, no pensé en nada, sólo lo hice. No soporté su pedantería. El alcohol, la impaciencia y las armas no son buena combinación.

Caló retiró parte del asado del fuego. Ambos lo saborearon. Sabía que se comía una porción de lo que fue un perro, pero no estaba en posición de hacerle ascos a lo que tenía en frente. Ese perro era un plato refinado en comparación a la porquería que comía en la cárcel.

– ¿Dónde está Silvestre?

– Se llevó las entrañas de la cabra al campo hace rato. Ha de estar dándose un festín.

– Me preocupa que no haya regresado.

– Regresará, y si no lo hace, lo buscas mañana temprano.

Gregorio se llevó a la boca un pedazo de carne cuyo sabor le pareció extraño.

– La carne sabe rara. También está algo dura. -se quejó.

– Dijiste que la cabra tenía siete años, estaba algo vieja. Nadie deja vivir a ese tipo de animales durante tanto tiempo.

El guardia dejó de hablar y continuó comiendo. Cuando terminó, destapó unas botellitas de cerveza que había traído del pueblo. La bebieron con gusto a pesar de estar algo tibia hasta que ambos se quedaron dormidos.

A la mañana siguiente; Gregorio preguntó a Caló si se quedaría con él como el nuevo sepulturero.

– No, iré al pueblo. Tengo amigos allí que podrán ayudarme, al menos eso espero. De no ser así, que pase conmigo lo que tenga que pasar.

Caló se despidió, agradeció a Gregorio por no haberlo entregado y por compartir con él su humilde casa. También se disculpó por haber tomado sus pantalones sin el permiso correspondiente y, en su interior, por lo que había hecho.

Silvestre no regresó, no iba a regresar jamás, pero sólo Caló lo sabía.
Escrito por Sonia Rojas.

Primer San Valentín

El sábado, al salir del supermercado, vi a dos muchachitos. Rondarían los 15 años. Uno de ellos llevaba un peluche muy lindo, miraba el chiche y reía algo nervioso. Por un momento creí que había robado el oso, hasta que recordé que el 14 está a la vuelta de la esquina nada más. Seguramente ese peluche era el primer regalo que daría por el día de los enamorados. Su primer San Valentín.

No estoy de acuerdo con el significado que le dan la mayoría a esa fecha, no estoy de acuerdo en que se coman esa ridiculez de “si no me regalas nada, no me querés”, el amor no reside en las cosas materiales, pero por supuesto, eso es lo que yo creo. Me preguntaba a mí misma, mientras veía al muchachito, si la chica para quien compró el peluche se estaba preparando de igual forma, comprando algo para él, riendo nerviosa. ¿Cuánto les duraría el amor? ¿Serían ambos cuidadosos por el sentimiento del otro?

En un momento, el muchacho le pidió a su amigo que le ayudara a meter al peluche en la mochila que traía. La mochila era más chica, pero estrujándolo, a lo bruto, a los empujones, consiguió esconder el chiche en el interior. Por fortuna era un peluche, no tenía vértebras, no estaba vivo. Bien por él.

Al ver aquello, concluí que no duraría mucho. No hay relación que dure si se le otorga el mismo cuidado que recibió el pobre oso de peluche.
Escrito por Sonia Rojas

Sueños

– ¿Qué estás haciendo? -preguntó Verónica visiblemente extrañada con lo que presenciaba- Vine a ver si te encontrabas bien. Me preocupé al notar que no me habías respondido el mensaje que te envíe hace dos días.

– ¡Oh! No debiste molestarte, me encuentro bien, mejor que nunca de hecho. -respondió Carolina al oír a su amiga, sin dejar de llenar su mochila- ¿Mi bicicleta aún está encadenada al árbol? Hay demasiados ladrones, hasta le puse doble candado. Con estos pillos una nunca sabe.

– Sí, la bici está encadenada. Pero aún no me has dicho qué estás haciendo.

– ¿Qué no es obvio? Estoy empacando. Me voy de viaje.

Verónica se asustó. Carolina nunca fue una persona que planeara viajes así nada más. Lo que más le extrañaba era que no se lo hubiera contado antes.

– ¿En verdad te encuentras bien?

– ¿Recuerdas cuando dije que soñé que Italia temblaba por un terremoto? -dijo Carolina sin dejar de moverse- Hace unos días me enteré de que una avalancha sepultó a muchas personas en una parte de Italia, avalancha que fue causada por un terremoto.

– Recuerdo eso, pero fue una coincidencia nada más.

– No creo habértelo contado, pero una vez soñé que estaba escribiendo mensajes mientras Arturo se encontraba sentado frente a mí, como un fantasma. No recuerdo qué decían los mensajes, pero sí el hecho de que Arturo me falló y de que hace meses que no le hablo. Luego de eso, me escribiste para hablar de él y de la posibilidad de que olvide lo sucedido entre nosotros y que todo volviera a ser como antes, los tres felices y contentos.

– ¿A dónde quieres llegar con esto?

Carolina dejó los preparativos y tomó asiento en su cama.

– Hace tres días, tuve dos sueños. En el primero, me dispararon. Un balazo en el estómago. Por lo que recuerdo, fue accidental. No sé quién me disparó, pero desperté en la madrugada pensando en que fue un accidente. Cuando volví a quedarme dormida; soñé que estaba con el gallo y la gallina que me había regalado mi abuela.

– Y ¿qué con eso?

– Esos dos emplumados están muertos.

Carolina cerró la mochila. Se calzó un par de zapatos deportivos.

– Suponiendo que el sueño se cumpla y muera de un disparo accidental; no me gustaría morir sabiendo que he vivido mi vida privándome de ciertas cosas pensando en que dañaría a otros o los molestaría. Siempre he querido viajar, pero nunca me animé a hacerlo por temor a que en mi familia no fuera bien visto. Viajaré por el país pedaleando, usaré mis ahorros. ¡Lo escuchaste! ¡Usaré mis ahorros! Ya no escucharé el no gastes tu dinero en cualquier cosa que siempre decían mamá y papá cada vez que planeaba comprarme libros o darme gusto yendo al cine. ¡Usaré mis ahorros como se me antoje!

Verónica no sabía qué decir ni qué pensar.

– Creo que debes tranquilizarte y pensar mejor las cosas. -añadió de pronto- ¿Acaso has perdido la razón?

– Puede ser, pero si eso fuera así, es lo mejor que me ha pasado. Nunca olvidé aquel día cuando el profesor pidió a todos en la clase que repasemos cada logro obtenido a lo largo de nuestra vida. Recuerdo que todos sonrieron y yo sólo alcancé a llorar. Vivir a la manera de los otros para no disgustar a nadie… No puedo considerar eso como un logro que me enorgullezca. Si algún día regreso sin agujeros en el estómago y me vuelven a pedir que piense en mis logros, voy a sonreír con orgullo. No te he respondido simplemente porque no se me antojó hacerlo. Tus mensajes son cortantes, es como si no tuvieras interés en continuar la conversación, siempre lo fueron. No quería clavarte el visto por temor a que te enojaras o entristecieras, pero por primera vez en la vida no me importó y lo hice, fui espontánea. Te quiero mucho, pero hoy me quiero más a mí, aunque suene egoísta.

Carolina se puso la mochila en la espalda y abrió la puerta. Verónica enmudeció.

– Pasamos buenos momentos juntos los tres. -dijo y sacó una foto de su bolsillo, la única que tenía en la que aparecían Arturo, Verónica y ella- No necesito esto, la imagen la tengo en mi mente y esos momentos los recreo una y otra vez en mi memoria. Si mis padres preguntan por mí, por favor, diles que me fui a vivir. Si no me disparan, me encargaré de comunicarme con ellos y contigo si aún te importo después de todo lo que te acabo de decir. Adiós y gracias.

Carolina bajó los ojos cargados de lágrimas a causa de la mezcla de emociones que sentía. Verónica, triste, la vio alejarse en su bicicleta, pero ya no la vería regresar.
Escrito por Sonia Rojas